“Ahora ya os cortareis la coleta, ¿no?” “Os plantareis aquí, ¿verdad?”. “Ahora ya a frenarse”. “Os quedareis con tres”. “No se os ocurrirá ir a por más”, “Con la niña cerrareis el grifo”. “El cuarto ni soñarlo, verdad’”. “Ahora a poner medios”. Todos estos comentarios he tenido que escuchar en las últimas semanas. La gente te lo suelta a bocajarro, prácticamente después de darte la enhorabuena, con esa sutileza tan pero tan nuestra. Y no sólo personas con la que tienes confianza, sino también muchas con las que has hablado dos veces en tu vida, como la vecina de tus padres.
Y digo yo, ¿a qué viene toda esta preocupación por el control de mi fertilidad? ¿Por qué esta presión anticonceptiva? Yo tengo bien claro, clarísimo, que no voy a tener más hijos, pero si quisiera y hubiera decidido continuar trayendo criaturas al mundo, ¿¿a quién le importa???
Esta intromisión en mi vida reproductiva me desconcierta enormemente: parece como si la gente creyera que, ahora que me he sacado la criatura de la panza, la primera cosa que voy a hacer es correr a asaltar a mi marido. Entre toma y toma, a las tres de la mañana, por ejemplo. De verdad, que no sé si soy la única en pensar así, puede que yo tenga un problema y el resto del mundo experimente un aumento de la líbido en el posparto, pero a mí humilde y personalmente el sexo tras el parto –sobre todo tras un parto, no sé si me explico, quizás con la cesárea, que no afecta a esa zona, la situación es diferente- me parece algo de ciencia ficción. Es más, cuando oigo casos de mujeres que se quedan embarazadas poco después de dar a luz, es de las únicas veces en que pienso en la posibilidad de que exista verdaderamente el Espíritu Santo.
miércoles 6 de mayo de 2009
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