Lo bueno de tener varios hijos es que puedes empezar a establecer patrones de comportamiento: los flacos y morenos, como el mayor, me salen llorones, mientras que los gorditos y rubios, como el segundo, son más tranquilos. En mi caso se repite esta secuencia: flaco y moreno llorón-rubiogordotranquilo-flacamorenallorona. Una pena que justo el repetido sea el llorón… Y es que mucho me temo que la niña, con su mes y una semana, ya no es la que era en las primeras semanas; su verdadera personalidad se ha descubierto, clavadita a la de su hermano mayor, y llora como si estuviera entrenando para un campeonato. Las primeras semanas, cuando aún me tenía engañada pensando que era buena y tranquila me resistí a ponerle chupete porque ese artefacto es un arma de doble filo: les calma momentáneamente pero luego se enrrabietan cuando en medio de la noche se les sale de la boca. Así que pensaba que iba a poder prescindir de él, hasta ayer, cuando, después de dos horas llorando, en la que ni comer, ni salir a la calle, ni bailar en brazos, logró calmarla, entré en una farmacia a comprarlo. Y de verdad que me sentí como si estuviera capitulando.
Para aliviar mi sentimiento de culpa por la dependencia del chupete convencí a su hermano mediano, aún chupeteadicto, para que tirara su chupete a la basura en un acto de renuncia voluntario, eso sí, a cambio de dejarle una raqueta de tenis de niño supermayor. Así que la noche ha sido movida, por un lado la niña lloraba porque se le caía su chupete nuevo, y por otro, el gordo lloraba porque echaba de menos el suyo viejo… no sé si no he cometido una doble equivocación. A punto he estado de meterle al enano el chupete de su hermana…
miércoles 13 de mayo de 2009
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