Me pasó ya cuando nacieron los otros dos niños: empecé a tener agujeros en el cerebro, que progresivamente se fueron convirtiendo en socavones. Todo empieza un día cuando no recuerdas una palabra, la tienes en la punta de la lengua pero no logras decirla, se te ha ido, y cada vez van siendo más las que se te escapan de la cabeza. Y no hablo de términos complicadísimos, porque tampoco se puede decir que entable yo ahora conversaciones de gran calado intelectual, sino palabras cotidianas que desaparecen como por arte de magia. Y así vas viendo como tu conversación se empobrece y se reduce, y supongo que eso es sólo un síntoma, el más obvio, de tu deterioro mental y de la reducción progresiva e inexorable de tu coeficiente intelectual. Ese empobrecimiento del vocabulario va unido naturalmente al de los temas de conversación, que nadie me pregunte mi opinión sobre el nuevo gobierno vasco, o las medidas necesarias para atajar la crisis, o sobre el uso de energías renovables porque corro el riesgo de sufrir un cortocircuito neuronal.
A esto se unen unos lapsos de memoria descomunales, hasta el punto de que se me llega a olvidar si acabo de darle el pecho o no a la niña.
Aprovecho ya mismo para pedir disculpas y pedir comprensión y paciencia si alguien se ha dado ya cuenta leyendo este blog de que me patinan las neuronas (la neurona, en el mejor de los casos) al ver que confundo unas palabras con otras o que repito incongruencias. Con mi segundo hijo llegué incluso a preocuparme por nivel de “entontamiento”, porque llegué incluso a tener problemas para expresarme, que se agudizaban sospechosamente al final del día, cuando ya me costaba hasta expresarme con claridad. Y es que el pequeño –ahora mediano- nos tuvo más de dos años sin dormir una noche de un tirón, en realidad empezó a dormir la noche entera un mes antes de que naciera su hermana, con lo cual casi ni hemos notado el cambio con la llegada de un bebé. Estábamos ya programados para dormir en tandas de dos o tres horas. Pero claro, ¿a qué precio?
He contado muchas veces, no me canso de repetirlo, es más me aferro a sus palabras como a un clavo ardiendo porque no hay mucho más escrito sobre el tema, que Margaret Atwood ha contado que cuando nació su hija temió haberse quedado sin cerebro, pero que lo recuperó al cabo de tres años. Eso quiere decir que yo no lo había recuperado todavía después del nacimiento de mi segundo hijo, y ahora ese deterioro se va a agudizar aún más. Oh Dios Mio, quién sabe si no me quedarán secuelas de esto….
miércoles 27 de mayo de 2009
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