Es curioso cómo cambian las tendencias/creencias/teorías y prácticas en torno al cuidado de los hijos. Con cada una de mis criaturas he tenido que actualizarme sobre si tocaba ponerlo a dormir panza arriba o panza abajo, porque cada cierto tiempo se piensa que es mejor lo contrario. Y lo mismo me ha pasado con el tema de darle el pecho (opción que me parece la mejor para alimentar a la criatura pero durante un periodo muy concreto: desde el nacimiento hasta que el primer diente asoma la punta. En esos meses, verse convertida en una ubre móvil es muy práctico para todos: el niño se evita infecciones, la madre adelgaza y tiene la comida lista y calentita en cualquier lugar y a cualquier hora).
Cuando nació mi primer hijo se imponía la lactancia materna cronometrada, exactamente cada tres horas, de tal manera que el niño no debía hacer más de siete u ocho tomas al día, y eso ya era mucho. Así que ahí estuve yo madre primeriza, reloj en mano, viéndomelas y deseándomelas para que el enano, que era tragonísimo, aguantara tres horas sin ingerir alimento. Me pasé sus primeros meses echada a la calle, de día y casi de noche, hiciera bueno, lloviera o tronara, para tratar de retrasar las tomas. Y aún así no lograba bajar de diez al día, lo cual para los pediatras era toda una barbaridad y me miraban como si fuera una madre irresponsable que empachaba a su hijo. Con el segundo traté de continuar con ese mismo ritmo y no sé si fue porque el niño era más tranquilo o porque yo tenía ya más experiencia, pero se hizo más llevadero y se acomodó muy bien a las ocho tomas. Pero ahora la niña ha nacido en una época donde lo que se estila es, de nuevo, la lactancia a demanda. Y como una en el fondo es conformista y se pliega a las tendencias de su época, pues ahí que la pongo a comer cada vez que tiene hambre. Tan pronto come cada hora como aguanta cinco, con lo cual ni os cuento lo que varía mi contorno de pecho a lo largo de un día… Más de una vez no me ha quedado más remedio para no reventar que sacarme la leche con uno de esos artilugios que deberían incluirse, sino lo están ya, en la Convención de Ginebra contra la Tortura. Desde luego, pocas situaciones hay tan humillantes como ordeñarse con uno de esos chismes (y ya ni os cuento si te da por hacerlo sentada en un baño público). Ahora me han prestado uno eléctrico que sí, es muy rápido y eficaz (con los artefactos manuales llegué a hacerme un callo en un dedo con mi primer hijo) pero yo no puedo evitar sentirme como una vaca de granja lechera cada vez que me lo enchufo y se pone en marchaf con ese ruidito tan irritante…
miércoles 22 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)






5 comentarios: