Esta entrada tenía que haberse llamado Oda a la epidural y haberse publicado la semana pasada para rendir homenaje a ese gran descubrimiento que yo confiaba, pobre ingenua, volvería a regalarme un tercer parto indoloro y feliz. Pero no me dio tiempo porque me puse de parto doce días antes de lo previsto, y una hora después de tomar un fármaco que es incompatible con la epidural durante medio día. Así que acudí al hospital con el mismo ánimo que un condenado a muerte, plenamente consciente de que mi plan de parto (parir sin sufrir) no iba a poder cumplirse en esta ocasión. Estaba yo muy mal acostumbrada: en mis dos partos anteriores me pusieron la epidural (o en el segundo concretamente una raquis de más corta duración) en cuanto empecé a sentir las contracciones fuertes y prácticamente ni me enteré de la dilatación, es más, estaba tan relajada y tan ricamente, como flotando entre nubes de algodón, que ni siquiera quería que me llevaran al paritorio. Y en el parto estuve plenamente consciente de todo, y, al no estar sufriendo, pude disfrutar la experiencia de ver nacer a mis hijos (e incluso pude cogerlos y verlos tras el parto, no como ahora que no me quedaron fuerzas ni para respirar, y casi hasta me costaba enfocar la vista del esfuerzo).
Esta vez me tocó enterarme de lo que es parir de verdad. Y vaya que sí me enteré, me sentí digna heredera de Eva y de su maldición bíblica de parir con dolor, además en plena Semana Santa, una época muy adecuada para atravesar este calvario. Al no poderme poner epidural, tampoco me dejé meter oxitocina, así que fue todo al ritmo que la naturaleza dispuso. Y en el parto, al ser el tercero y estar ya “el camino abierto” (gráfica descripción de una matrona) no hizo falta utilizar instrumental, así que me lo hice yo todo solita (pero muy monitorizada, eso sí, para controlar que la niña estaba bien). El parto fue mío, completamente mío. Pero de verdad, hubiera preferido que no lo hubiera sido tanto. Confieso que hasta una cesárea hubiera preferido para que me la sacaran sin enterarme. Y de verdad que si en medio de ese trance hubiera caído en mis manos el periodista, o mejor aún el investigador (hombres, sin duda, ambos dos porque una mujer nunca diría absurdo parecido), que hace pocos días difundió la teoría de que en ciertos partos la mujer experimenta un placer parecido al orgasmo, juro que le haría cocer a fuego lento para ver si él también experimentaba algo similar. Qué queréis que os diga, podéis llamarme cobarde, pero la diferencia entre un parto con epidural y otro a pelo es como la que habría entre una sesión de gimnasia un poco dura y una tanda de tortura medieval. No entro en detalles para no espeluznar a aquellas que estén pensando estrenarse en este negocio, pero desde aquí os digo: ¡exigid la epidural, no os dejéis engañar! No puedo entender que todavía haya gente que dice que no merece la pena o que prefieren un parto sin intervenciones. De verdad, que el inventor de esta anestesia se merece un homenaje mundial, un premio Nobel, una plaza en su pueblo o un día fijo en el calendario. Y una cosa tengo clara, y podeis volverme a llamar cobarde o floja, si llega a ser este mi primer parto, se queda de hija única.
P.S. Y la niña, pues está divina, qué os voy a decir yo que soy su madre y además estoy completamente trastornada por las hormonas.
miércoles 15 de abril de 2009
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