La niña – que aún no tiene nombre - está ya en la pole position con la cabeza completamente encajada en la pelvis. Mi pelvis. Como pesa ya tres kilos y doscientos gramos, no tiene mucho espacio para moverse, así que empuja con las piernas contra mis costillas. Mis costillas. Y mi esternón. No voy a entrar en detalles sobre las molestias que esta situación me origina (ni sobre las noches insomnes ni los problemas digestivos, ni otras dolencias varias ocasionadas por esta peculiar situación fisiológica) porque no quiero convertirme en una plañidera y porque habrá quien me diga –siempre hay alguien que lo dice- que “sarna con gusto no pica” o que me lo hubiera pensado antes, o que ya sabía dónde me metía. Sí lo sabía. Efectivamente lo sabía, pero eso no quita para que ahora, en este preciso momento en que un talón acaba de doblarme una costilla, esté hartísima del bombo. Sólo diré que prácticamente no puedo caminar por el dolor– estoy ya de baja en casa- y que el otro día que se me ocurrió acercarme a la farmacia, a 50 metros de mi portal, me quedé paralizada por el dolor en medio de la calle y en serio que pensé que la niña iba a nacer ahí mismo. Así que estoy en casa. Inmovilizada. Esperando. Y aún estoy de 36 semanas, así que me podrían faltar todavía tres o cuatro hasta mediados de abril cuando en teoría salgo de cuentas. De verdad que quien diga que el embarazo es una situación maravillosa tendría que ser ingresada en un psiquiátrico y yo hasta sugeriría quitarle la custodia del recién nacido.
Tener a una criatura de más de tres kilos de peso encajada entre la pelvis y las costillas es antinatural. Entiendo que el útero materno es el mejor lugar para que la criatura termine de formarse y blablabla, pero sinceramente, con tres kilos y doscientos gramos ya estaría estupendamente fuera. Esto es un anacronismo. Por Dios, que inventen algo. Aunque eso sí, a mí ya no me pillan otra vez en estas.
domingo 22 de marzo de 2009
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