Hemos decidido quitarle el pañal a mi hijo pequeño (2 años y medio, 17 kilos). Ante la inminente llegada de un recién nacido a nuestro nucleo familiar, necesito ir reduciendo el consumo de pañales, por cuestiones logísticas (dónde encontrarles acomodo en nuestros concurridos 70 metros cuadrados), prácticas (acarreo desde el super) y, económicas (importante desembolso mensual. Esto me hace recordar una vieja reivindicación: ¿cuándo se va a reducir el IVA del 16% con que están gravados los pañales? Puede que en otra época fueran un objeto de lujo, pero por Dios, ahora son un bien imprescindible, ¿o alguien pretende que nos pongamos a lavar gasas?). No me siento capaz de comprar pañales de tres tallas diferentes, algo así como toda la gama de pañales infantiles (que quede entre nosotros, el mayor se sigue meando por las noches).
Así que hemos decidido acelerar por nuestra cuenta y riesgo el proceso de control de esfínteres, como lo llaman en su guarde (perdón, escuela infantil, no me acostumbraré nunca, lo siento). A cambio me ha tocado invertir en calzoncillos y pantalones para afrontar todos los despistes y percances. Y nuestras vidas están ahora vidas pendientes del reloj. “¿Quieres hacer pis?”. ¿Pis, mi amor?”. Cada hora, como mucho, lo llevamos al wáter para que por lo menos se contemple el pito. Cada vez que va, aunque no haga nada, tira de la cadena, con lo cual este proceso también es una inversión en agua, pero me consuelo pensando que compenso el daño ecológico con la celulosa de los pañales que hemos dejado de usar. Por el momento no va mal, pero el proceso promete ser lento, y no voy a entrar en detalles escatológicos.
lunes 30 de marzo de 2009
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