Es cierto que cuando una tiene hijos, al asumir ese nuevo papel, se desdibuja la personalidad, como si pasaras a formar una nueva entidad junto con tu bebé. Pero por mucho que el embarazo, esa peculiar situación fisiológica, obligue durante nueve meses a la madre a estar fusionada a su bebé, situación que luego se prolonga con la lactancia, ambos siguen siendo, y así serán de nuevo tras el parto, o tras el destete, dos seres humanos completamente independientes, dotados cada uno de su propia entidad. Por eso hay dos cosas que yo siempre he tratado de dejar bien claras a mi pareja y a mi entorno para evitar equívocos y malentendidos:
1- Regalarle algo a mi hijo no es hacerme un regalo a mí. Y me enfureceré si por mi cumpleaños, o por Reyes, o por algún aniversario de algo, me ‘sorprenden’ con algo para la criatura.
2- A mí sólo me llaman mamá mis hijos, es decir las criaturas paridas por mí. Nadie más. En algunas familias, supongo que por eso de la economía lingüística o para simplificar los roles, los padres llaman mamá a sus parejas y éstas, papá a sus hombres. Lo respeto, pero me horroriza. Ya bastante se resiente la relación de pareja con esto de la procreación como para encima irte a la cama con alguien que te llama mamá.
viernes 13 de febrero de 2009
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