Supongo que lo de las palabrotas es una etapa que atraviesan todos los niños. Decirlas todas una tras otra, sin que vengan a cuento, o sí, en el momento adecuado, cuando se les cae un juguete o se pillan un dedo con el cajón de la mesa. Mi hijo mayor pasó una etapa muy intensa cuando tenía tres años, nos desafiaba haciendo alarde de su dominio del tema, y más de una vez nos hizo sacar los colores en público, como cuando llamó gilipollas a su padre de un extremo a otro del supermercado. Nosotros hemos hecho siempre un esfuerzo enorme para no decir ningún taco delante suyo, pero aún así alguna vez se nos escapa alguno. Y de todas maneras, los enanos son esponjas especializadas en absorber de su entorno todo lo que no deben.
Desde que empezó con el tema instauramos una norma en casa: el que diga una palabrota, sea quien sea, se gana un buen bofetón. Y nada le gusta más que propinar su castigo al infractor: se remanga el brazo, coge carrerilla y pone la cara del revés a su padre y a mí. Y nosotros, a aguantar, a ver qué remedio. Y desde luego el método ha funcionado, él por lo menos no ha vuelto a decir una palabrota. Y nosotros, casi tampoco. Pero ahora ha descubierto otro campo sin explorar: su hermano pequeño. Como el gordo aún no sabe hablar -le está costando lo suyo- le hace repetir cosas para que se equivoque. Le dice, por ejemplo, "Di fruta". El pobre gordo con su media lengua se esmera en decir algo similar, pero claro, el resultado es el esperado. Y su hermano todo orgulloso viene corriendo a contármelo "mamá, que ha dicho una palabrotaaaaaaaaaa".
martes 17 de febrero de 2009
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