Entras en el vagón abarrotado, abriéndote paso entre la gente, tratando de que por lo menos no te den un codazo en la panza, y te aferras, resoplando como morsa fuera del agua, a una columna. Para no perder el equilibrio. Con la esperanza de que alguien vea tu tripa, ya ostentosamente prominente, y te ceda gentil y discretamente su sitio. En realidad te da una vergüenza horrible que te dejen sentar, e incluso muchas veces te has tapado la panza con el abrigo para que no se viera, pero a estas alturas del embarazo estás ya que no te tienes, más hoy que la ciática te está matando, que hasta te sentarías en las rodillas de un señor.
Pero hoy está todo el mundo concentradísimo en su lectura, no levantan la vista un instante, como si les fuera la vida en ello (o quizás la levantaron un segundo, te vieron y entonces sí que les va el sitio en ello). Y te aferras con más fuerza a la columna. Y resoplas, resignada, total, son sólo dos estaciones.
Y si no haces ningún movimiento, y no piensas en ello, la ciática casi ni te duele así quietecita. Y entonces ahí aparece un alma caritativa, deseosa de hacer la buena acción del día, que grita: "¿Pero es que nadie le va a dejar el sitio a esta señora embarazada?". Toda la gente levanta la mirada y busca a la señora embarazada. Y tú te quieres morir, porque eres tú, la señora embarazada.
Podía haber dicho la embarazada, sin más, pero no, te has convertido en una señora embarazada. Y quieres decir que no, que no estás embarazada, que tienes problemas de digestión. O que eres una experta en levitación y estás practicando un método de evasión del cuerpo. Que no hace falta que te dejen el sitio, que no sientes la gravedad, que en realidad, casi flotas. Que estás haciendo penitencia, que es una promesa que has hecho, recorrerte la red de metro de Madrid de pie, sin sentarte.
Pero todo el vagón te mira, como un tribunal de la inquisición, hasta que un señor con cara de 'maldita sea la gracia' se levanta y tú, en el fondo, estás deseando sentarte porque no te tienes de pie y la ciática te está matando y además el metro se acaba de parar entre dos estaciones. Y vas y te sientas con cara de 'tierra trágame'. Y le das las gracias a la señora caritativa, que sonríe ufana, y al señor que se levanta, aunque ganas te dan de pedirle perdón por haberte embarazado, vaya ocurrencia.
miércoles 11 de febrero de 2009
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