martes 27 de enero de 2009
Sola en casa
Los niños salen al parque. Con la chica, de ahora en adelante, EVP (Enviada Por la Providencia) o EME (En sus Manos Estamos). El dinero mejor pagado del mundo, repetía siempre mi madre cuando yo era pequeña y éramos tres hermanos muy seguidos y mis padres trabajaban los dos y teníamos chica interna en casa. El dinero mejor pagado del mundo, repito yo ahora que soy mayor y tengo dos hijos no tan seguidos y trabajamos los dos todo el día y si no tenemos interna es porque no nos cabe. Si le sigues subiendo el sueldo, avísame que me quedo yo en casa, me dice mi marido, medio en broma medio en serio. Si le sigo subiendo el sueldo, voy a tener que cambiar la cuenta en la que me pagan mi nómina y dar la suya para que se la paguen a ella directamente. Pero se lo pagaría, aunque tuviera que comer arroz blanco todos los días. Para esto. Para quedarme media hora sola en casa. Vuelve en media hora le he dicho a EVP, que parece que va a llover. Lo que significa que tengo media hora por delante en una casa recogida, con todos los juguetes en su sitio, sin una sola pelota ni un solo coche por el pasillo. Sin restos de comida bajo la mesa. Puedo ir al baño sin mirar al suelo y sin jugarme la vida. Y me puedo sentar yo sola en el sofá. Podría escuchar música (¡¡¡¡¡escuchar música!!!!!), ver en la tele algo que no sea el Disney Channel, llamar a una amiga y charlar con calma, sin que nadie me cuelgue a mitad de la conversación, sin tener que pasarle el teléfono a ninguna personita para que diga uauau, o chille. O podría pintarme las uñas, para dejarlas secar sin tener que agarrar a nadie que practique el doble salto mortal o la caída libre desde la mesa envuelto en el mantel. O comenzar una novela de esa pila de libros sin empezar que tengo esperando en mi mesilla y que no para de crecer, que el día menos pensado se me caen encima y me aplastan. O darme un baño relajante sin tener que dar conversación a dos cabecitas que se inclinan sobre mí y se empeñan en lavarme el pelo con la pasta de dientes. Pero no lo hago. No hago nada. Me quedo tumbada, echada a lo largo, ¡¡todo el sofá para mí!!!, y escucho el silencio. Silencio. No se oye nada. Sólo el zumbido lejano del tráfico y la radio de una vecina. Y hasta el motor del frigorífico se oye. Y, de repente, también una voz aguda que, tras un portazo, chilla “Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, que nos hemos vuelto ya porque está empezando a llover”. Y otra, por detrás, que repite mientras golpea la pared con algo que suena como un martillo,“bober, bober, bober”.
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