Los niños crean fricciones en el seno de la pareja. Esto es un hecho innegable, empíricamente comprobado, que debería incluirse en el temario de las clases de preparación al parto (desde aquí hago un llamamiento a las instituciones). Lástima me da a mí cuando veo a todas esas parejas emocionadas por la llegada de su primer hijo, convencidas de que esa pequeña criatura llenará sus vidas de armonía y felicidad. Ja!. Que se preparen. Es lo único que voy a decirles, que tampoco quiero yo que me acusen de agorera.
Las noches en vela y el ritmo demencial de biberones y cuidados varios hacen mella hasta en la pareja más enamorada y compenetrada, que nadie lo niegue. Día tras día la tensión va in crescendo como en una olla a presión. Y, como avisan todos los expertos en catástrofes, hay que saber leer los síntomas. Uno muy alarmante es cuando empiezas a discutir sobre las veces que te has levantado por la noche, o los pañales que llevas cambiados en las últimas horas. Cuando empiezas a echar cuentas, y a decir pues yo ya he cambiado siete hoy, y yo me levanté cinco veces, mientras que tú sólo cuatro, es momento de parar y tomar distancias. El otro día, en medio de una escalada de este estilo, propuse al padre de las criaturas que colocaramos una hoja a la puerta de la habitación del enano para que apuntáramos cada vez que nos levantábamos y así no hubiera dudas al día siguiente. Y de verdad que en ese momento me parecía una idea genial.
Para que no digan que soy una pesimista, voy a dar una razón para el optimismo: lo bueno del agotamiento que te produce un hijo pequeño es que estás demasiado cansado como para ir al abogado a solicitar el divorcio.
martes 13 de enero de 2009
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