Estoy seriamente preocupada por las secuelas que va a dejar en mí esta mala vida insomne. Dos años (y tres meses y diez días) sin dormir bien no pueden pasar indiferentes. Ayer me decía asustado el padre de las criaturas que tenía serias lagunas de memoria. A mí también me ha pasado que he hecho algo y luego lo he olvidado por completo y vuelvo a hacerlo. Quiero creer que, como decía Margaret Atwood, el cerebro se recupera de esta y vuelve a ser el mismo al cabo del tiempo, pero cada día que pasa estoy más convencida de lo contrario. Acabo de ver en Internet el anuncio de un test para averiguar tu edad cerebral, y por un momento me ha tentado la idea, pero luego he decidido que mejor paso de hacerlo porque probablemente me saldrá que es de 93 –con todos mis respetos para los muchísimos nonagenarios que seguro que están mucho más lúcidos y frescos que una-.
Y lo que tengo clarísimo es que las ojeras y las patas de gallo que me han salido en estos últimos dos años no se me van a quitar ya nunca, por mucho que siga dejándome mis dineros en costosas cremas de contorno de ojos –que luego día sí, día no, se me olvida aplicar, todo sea dicho de paso-.
jueves 22 de enero de 2009
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