lunes, 28 de diciembre de 2009

Complejo de Herodes

Hay personas que no soportan a los niños y que llevan muy mal lo de encontrarse en un espacio cerrado con alguno, y aunque nunca lo confiesen abiertamente basta con ver sus caras para darse cuenta de que están a favor del exterminio (o, por lo menos, de la desaparición del espacio público) de todo aquel ser humano que no supere el metro de altura. Son los descendientes de Herodes, y por eso me he decidido a hablar de ellos en este 28 de diciembre, y no hace falta rebuscar mucho para toparse con alguno. Sobre todo en nuestro país, que por desgracia no es precisamente el más apto del mundo ni el más amistoso para con los niños, más bien al contrario. Todos los padres nos hemos encontrado más de una vez en una situación de mayor o menor hostilidad hacia la infancia, encarnada coyunturalmente por uno de nuestros encantadores churumbeles. Como cuando llamas para hacer una reserva en un restaurante, y explicas que, además de los adultos, va un niño pequeño que se sentará a la mesa, pero no comerá, y que además también lleváis una silla de niño, en la que va un bebé que no es el otro niño, que sí se sentará a la mesa. Y notas cómo que la voz del que te toma la reserva se va volviendo gélida, y al llegar al restaurante ves que os han puesto al fondo del todo, junto a los lavabos, prácticamente en la zona de almacén y debajo del aparato de aire acondicionado.
O en el avión, cuando llevas a tu hijo de año y medio atado a ti (porque hasta los dos años no tiene derecho a un asiento propio y tiene que ir amarrado a ti con su propio cinturón de seguridad) y tratas de reducirlo, a ser posible sin que te rompa una costilla ni te desvíe el tabique nasal, porque a ver quién logra inmovilizar a una fierecilla similar así durante la media hora larga que dura el descenso y el aterrizaje, que nunca deseaste tanto que se apagara la lucecita que indica que hay mantener de «mantener abrochado el cinturón de seguridad». Y en medio de este combate cuerpo a cuerpo, se da la vuelta la señora de delante y te dice que por favor no le de patadas el niño en el respaldo. Tú le pides perdón, aún sabiendo que tu fierecilla no sólo no parará hasta que no la liberes, sino que su furia va a ir in crescendo, y con ganas te quedas de decirle a la señora que la próxima vez se pague un billete en primera clase para que nadie le moleste por detrás. O en otra ocasión, al final de un vuelo trasatlántico, que, si para un adulto se hace eterno, imagínate para un niño, se te acerca un señor y te dice que a ver si la próxima vez le das un tranquilizante a tu hijo «para que no sufra tanto, el pobre».
O un día que decides viajar en tren con los niños, que al fin y al cabo es el medio de transporte más adecuado para ellos, porque se pueden levantar, ir al baño, ver el paisaje y los animalitos por la ventanilla y además los asientos tienen una mesita. Para hacerlo más llevadero, te vas pertrechada con todo los entretenimientos posibles (libros, pinturas, pegatinas, coches…) para que vayan ocupados y tranquilos el mayor tiempo posible. También te llevas recompensas para poder sobornarlos y comprar su silencio cuando se hayan hartado de los diferentes entretenimientos (caramelos, piruletas, zumos con pajita y otras delicias que están vetadas en casa). Y así vas capeando el viaje, con tanto éxito que en las primeras dos horas no han levantado la voz, ni se han pegado, ni han llorado. Estás encantada, y orgullosa de ir manejando tan bien la situación. Pero claro, son niños, y tampoco se puede pretender que vayan callados como tumbas, y algo hablan, y también te preguntan, para que no hicieran preguntas tendrías que drogarlos y amordazarlos, y ni siquiera aun así lograrían estar callados. Y en la última hora pues ya se empiezan a poner un poco pesados, pero tampoco nada del otro mundo. En definitiva el viaje no está yendo mal, y tú estás bastante satisfecha. Pero, poco antes de llegar, una señora se levanta de su asiento, resoplando, y suelta al aire, como hablando para sí misma, pero con la intención de que la oiga todo el vagón: «Vaya viajecito nos están dando!» Y tú te quedas mirándola, perpleja, sin saber bien qué decirle, si: «¿A usted de verdad le parece que se han portado mal?, porque han hecho un viaje de premio», o pasar directamente a la confrontación con un: «Seguro que usted nunca fue niña, y nació ya tan gorda, tan malhumorada y con tanto bigote como ahora, ¿verdad?». Pero decides callarte y mirar para otro lado, como si no hubieras oído nada.
Quizá lo sería mejor para evitar estas situaciones sería que hubiera vagones, o salas, o zonas de vuelo especiales para los niños, como las zonas de fumadores de antaño. Aunque, igual que pasaba con el humo entonces, que hasta los fumadores más empedernidos acababan hastiados, también la excesiva concentración de niños podría llegar a ser también insoportable.
Hay agencias de viajes que han comenzado a programar viajes sólo para familias con hijos. Aún es pronto para ver si se han dado casos de abandono infantil en alguno de ellos. Por otra parte, también hay hoteles que no aceptan menores. Y me parece adecuado, porque si pagas un pastón por irte de relax a una playa perdida, lo último que quieres es que te arruinen la paz una panda de enanos tirándose en bomba en la piscina o gritando en la arena. Aunque con frecuencia ocurre suele ocurrir que en esos hoteles, donde suele funcionar el todo incluido, hay adultos que, en su intento de amortizar en la barra libre el coste de sus vacaciones, montan más escándalo que una clase entera de primero de infantil primaria en su visita al zoo. Pero es otra cuestión que aquí no viene aquí a cuento.

martes, 22 de diciembre de 2009

¡Feliz Navidad!

El sábado pasado -después de una noche en blanco y una discusión entre los dos niños que terminó con todo el colacao y cereales por las paredes y suelo de la cocina- sufrí un ataque agudo de"nosoportomasaestasfierasdaríaunbrazoypartedelotroporlibrarmedeellosunratoaunquefueramediahora". No os digo más que le dije al padre de las criaturas, que se iba de voluntario a atender un puesto en el mercadillo de navidad del cole, que probara a poner un cartel de "Se venden. Tres por el precio de dos" a los tres niños, bien peinados y vestidos con la ropa de ir a ver a los abuelos en navidad, a ver si colaba. Pero no lo hice, que hay gente con muy poco sentido del humor y a lo mejor me metía en lío, que por cosas menores se ha retirado alguna custodia. Y pensaba yo explayarme ahora en este post en las tentaciones de abandonar a los hijos que fugazmente se nos pasan a las madres (a algunas, que también hay otras que nunca han pensado esas cosas tan atroces) por la cabeza en momentos de crisis. Pero tengo que reconocer que el espíritu navideño se ha adueñado por completo de mí, sobre todo después de llevar ayer a los niños al cole haciendo bolas de nieve por la calle, y oyendo cómo el pequeño cantaba a grito pelado "Navidad, Navidad, es Blaaaaaaanca Navidad". , desde que salió de casa y pisó la nieve por primera vez hasta que entró a su clase, Y ahora estoy ya deseando pasarme todas las vacaciones haciendo galletas de navidad con los enanos. Y pintando postales de felicitación, con mucho algodón blanco y, sobre todo, con mucha muchísima purpurina de colores, de esa en polvo que se pega por todas partes y no hay manera de limpiarla. Y viendo videos de papa Noel, y luego mirando en un mapa la ruta que tiene que seguir para llegar desde Finlandia hasta nuestra casa. Y pasando a limpio la carta de los Reyes Magos, en la que el mayor ha escrito con mucho juicio "mi hermano y yo nos portamos a veces bien y a veces mal".
Pues eso, que paseis todos unas Feliciiiiiiisimas Navidades!

martes, 15 de diciembre de 2009

Cara a cara

Voy a decir algo que nunca debería decir una madre de familia numerosa: Me encanta estar con un solo hijo, dedicarle toda mi atención a uno y ser la única merecedora de sus gracias y/o trastadas. Se supone que debería disfrutar sobre todo con la tropa al completo, que también –una cosa no quita la otra- y seguro que los padres de hijos únicos me dirán, pues habértelo pensado antes. Pero imagino que es normal anhelar lo que raras veces se tiene. Me pasa con cualquiera de los tres, que me encanta tener a uno para mí sola, cara a cara, sin testigos ni interrupciones. Todo un lujo poder quedarme a solas con uno, para atesorar con egoísmo cada una de sus palabras y de sus gestos, y ser yo la única receptora de sus monólogos y sus achuchones. Con la bebé me encanta retozar como una osa con su cachorro, comérmela a besos, repasar todos y cada uno de sus pliegues, y provocar con tonterías sus carcajadas cristalinas hasta que le acaba entrando hipo de tanto reírse. Mientras que con los otros churumbeles, ya más reacios a los besos, lo que más me gusta de todo es dejarles parlotear para ver hasta dónde llega su verborrea surrealista. Sobre todo cuando vamos por la calle para que me comenten la vida en directo y descubran el mundo de mi mano. “Mira, mamá, como es otoño viene un mostuo mu´ rrrande y se lleva las hojas de los árboles. Pero no lleva capa, porque la capa la tiene Spiderman, que es muy bueno y trae chololates a los niños”, me va contando el mediano una mañana que lo llevo a él solo a clase porque ese día entra más tarde que su hermano. Y habla tanto y tan seguido, y desde tan bajito, que a veces me cuesta entenderle bien y tengo que caminar ligeramente inclinada hacia él para oírle todo, porque si me pierdo algo se enfada. “Mamá, ¿Y por que Spiderman viene sólo en otoño?”, pregunta con esa curiosidad irrefrenable de los tres años. Y yo le respondo entonces, tratando de sonar convincente y sin importarme lo más mínimo que me escuche alguien, lo primero que me viene a la cabeza, que porque en verano Superman se va de vacaciones como todo el mundo y regresa en otoño para ayudar a recoger las hojas caídas al suelo. Y que sí, naturalmente que tengo el teléfono de Superman, cómo no voy a tenerlo, y que esta misma noche le llamo después de la cena. Y le aprieto aún más fuerte su mano regordeta y generalmente sudada, como si así pudiera retener para siempre este momento. Y le coloco en los hombros la mochilita, que se le va cayendo pero que no deja nunca que se la lleve porque él ya es mu´ rrande.

sábado, 5 de diciembre de 2009

¡Y ahora, el más difícil todavía!

En estas primeras semanas tras la reincorporación laboral la gente me pregunta con frecuencia qué tal me organizo con los niños y el trabajo y yo por lo general suelo responder que ‘bastante bien’. Pero siempre, según lo estoy diciendo, acude a mi mente una imagen: ¿Recordáis aquellos acróbatas del circo que iban montados en una bicicleta enana sobre la cuerda floja y además iban haciendo malabares con bolas sin dejar de pedalear? Pues así me siento yo desde que volví al trabajo. Pedaleando en una bicicleta enana sobre la cuerda floja y sin dejar de hacer malabares con varias pelotas. Y sin poder parar nunca, nunca. No se puede dejar de pedalear. Ni de hacer girar las bolas. Que a veces se transforman en antorchas encendidas. Que hay que hacer girar sin parar porque te quemas. Y todo esto al son de la música. Que a veces va más lenta. Y a veces más deprisa. Muchísimo más deprisa. Tiroriroriroriroriro. Y puede ocurrir que se pinche una rueda de la minibicicleta y hay que cambiarla sin caerse de la cuerda floja porque no tienes red. Y sin dejar de hacer malabares. Los malabares no pueden parar nunca. Nunca. Aunque te caigas de la bici, las bolas no pueden parar. Y sigues pedaleando, adelante y atrás. Adelante y atrás. Sin parar un segundo. Y cuando por fin crees que ya lo tienes dominado, que ya está todo controlado, llega el presentador del espectáculo y grita: ¡Y ahora, más difícil todavía! Y te toca ponerte cabeza abajo, pedalear con las manos y hacer malabares con los pies. Y al principio piensas que no vas a poder, que te vas a estrellar contra el suelo. Pero sí puedes. Y la música sigue. Sigue. Y no se te cae ninguna bola. O si se cae, la recoges con tanta velocidad que casi nadie se entera. Y continúas pedaleando. Sin parar.
Pues así me siento yo. Y como yo, todas las demás acróbatas de este Circo Diario.

lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Mamá no tiene pito?'

Una amiga que tiene un hijo de dos años y medio me contó hace poco que había ido a comprarse un libro en el que se explicaba cómo hablarle a los niños pequeños de las partes sexuales, los diferentes nombres que había que darles. Y me preguntaba cómo se lo habíamos nosotros explicado a los n uestros. Yo me quedé perpleja y no supe qué responderle. La verdad que me sorprendió que existiera un libro tan específico y más aún que insistiera en la necesidad de llamar a las cosas por su nombre: al pene, pene, a la vulva, vulva. Me pareció un poco exagerado, pero me guardé muy mucho de decírselo a mi amiga. Haciendo memoria creo que nunca surgió el tema con el mayor, al menos no para necesitar un libro donde me explicaran los nombres. Sí recuerdo que atravesó una etapa de mucho interés por los órganos sexuales masculinos, aprovechando esa facilidad de los niños para meterse en cualquier parte, observaba a los mayores hacer pis, y llegó incluso a coger el hábito de hacer comparaciones del tipo “el pito tuyo es más pequeño que el de…”, costumbre que cortamos de raíz por las situaciones tan embarazosas en las que iba a meternos. Pero lo que es preguntar por los nombres de los órganos sexuales, pues nunca surgió. ¿Tendrá mi hijo primogénito una laguna irreparable en su educación sexual? ¿Debería sacar yo el tema y contárselo?
El caso es que a los pocos días, cuando ya casi se me había olvidado el tema, el otro enano -tres tiernos añitos- al que había puesto a jugar con construcciones en el baño para que estuviera entretenido mientras yo me duchaba, se me quedó mirando con cara de sorpresa cuando me secaba y me preguntó: “¿Mamá no tiene pito? “¿Y qué tiene?” “¿No tiene nada? ¿Puedo ver?”. Me quedé perpleja y en cuanto tenga un segundo libre voy a llamar a mi amiga, que seguro que se ha estudiado ya todo el libro y lo ha puesto en práctica con su hijo, para que me diga qué tengo que responderle.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Prototipo de noche

Resumen de una noche cualquiera (de diario o de fin de semana, no hay distinción):
21.30 Momento de gloria: los tres cachorrillos se han quedado por fin dormidos: los niños después de varios cuentos primero contados -hoy, por su padre- y luego, ante su insaciable voracidad por las historias, leidos por ellos mismos - bien es cierto que leer leer sólo lee el mayor, pero el otro lo imita estupendamente- y la niña tras un biberón bien relleno de cereales -con la esperanza de que los hidratos de carbono le produzcan un sopor prolongado-. El padre y la madre de las criaturas -servidora- se disponen a ver un capítulo de su serie favorita. Hace tanto que vieron el anterior que ni se acuerdan qué era lo último que había ocurrido.
21.50. El mediano, que en realidad no estaba dormido todavía, irrumpe en el salón golpeando la pared con su chupete y preguntando si sale Pocoyo en la tele. El padre interrumpe la serie, le explica que Pocoyo se ha ido a dormir hace mucho rato y le lleva a su cama a la fuerza. Para lograr que se duerma tiene que volverle a contar la historia del mapache que se fue a recorre mundo.
22.10. La niña se pone a gritar como si de repente su cuna (cómoda, acogedora, con un edredón ligero y amoroso de nubes y estrellitas rosas, que no da mucho calor pero tampoco deja que se enfríe) se hubiera convertido en la cama de pinchos de un fakir. La madre se levanta presurosa, mientras el padre, que aún no ha logrado meterse en la serie, vuelve a oprimir el botón de pausa. Como ve que la cosa va para rato, agarra el periódico.
22. 45 Los agotados padres de las adorables criaturas dormidas logran terminar de ver el capítulo pero no se han enterado muy bien de lo sucedido -las tramas de las series son sin duda cada vez más complejas y enrevesadas- y deciden el próximo día ver de nuevo el anterior, o quizá sería mejor empezar desde el inicio de la temporada. Se lavan los dientes a toda prisa, la madre se desmaquilla mal y sin ganas, pasa de nuevo de embadurnarse con crema antiarrugas y se va a la cama corriendo para dormirse aprovechando la calma chicha.
23. 57. El sueño profundo y pesado de los padres se ve roto -justamente en esa fase crucial en la que el cuerpo se repone del desgaste del día y el cerebro acumula el conocimiento y organiza la memoria- por el alarido de la niña. Sin saber quién es, ni qué ocurre ni dónde está la madre enciende la luz, tirando la lámpara al suelo de un manotazo, y se abalanza hacia la cuna. No logra que se calme, así que la coge en brazos, aunque como está tan dormida a punto está de darle un golpe contra los barrotes de la cuna. Se la pasa al padre, que tampoco recuerda quién es y casi ni reconoce a esa criatura desconsolada, para que pruebe suerte. Sin éxito. La madre realiza las comprobaciones de rutina: no tiene fiebre, no le está saliendo -al menos visiblemente- todavía ningun diente, no le ha picado ningún bicho, no se ha dado ningún golpe. Ante la imposibilidad de calmarla, como no usa chupete, la madre se la enchufa a la teta y al cabo de pocos minutos la niña se queda dormida.
02.41. El mayor llama ansioso a su mamá (¿por qué será que por lo general la primera palabra que les viene a la boca siempre es 'mamá' y no 'papá'?). Tiene miedo de caerse por un precipicio. La madre, que se siente como si verdaderamente se hubiera caido de un precipicio, se levanta sigilosamente para no despertar a la niña que seguía empotrada contra su teta y le convence de que no hay ningún precipicio cercano, menos aún a estas horas.
02.45. Como no se le pasa el miedo la madre le deja encendida la luz del baño para ver si se calma. Al regresar a la cama y tratar de agazaparse en el espacio minúsculo que le han dejado el padre y la criaturilla lactante casi se cae de espaldas al suelo. Ese era el precipicio.
04.23. El mediano llora porque ha perdido el chupete. El padre se levanta maldiciendo y jurando que va a atar de una vez por todas el dichoso artefacto a la pata de la cama con un candado para no pasarse medio día y media noche buscándolo. Por fin lo encuentra encajado en el radiador.
04.28. Los gritos de su hermano han despertado a la niña, que tiene el sueño muy ligero. El despertarse a estas horas se ve que le da hambre y la madre -convertida en un chupete de carne- sin dudarlo se la enchufa de nuevo al pecho.
06.03 El mayor pregunta a voz en grito si falta mucho para que se haga de día. La madre, pensando que quizá sería mejor que los niños durmieran al otro lado de la casa en vez de al lado de su dormitorio, le responde que mucho.
06.07. El mediano, que desde que empezó el cole tiene terrores nocturnos, chilla en sueños que no quiere aprender a nadar.
06.15 El mayor aprovecha el barullo para decir que quiere ir a hacer pis, que por favor le acompañe alguien porque el pasillo esta muy oscuro, y que quiere desayunar porque tiene muchíiiiisima hambre.
06.20 Ante la imposibilidad de volver a dormirse, el padre se levanta y comienza a afeitarse, con el riesgo de rebanarse la yugular. La madre, con la niña enchufada de nuevo a la teta, se pone a hacer mentalmente la lista de la compra y de las comidas y cenas de los próximos días.
07.00 Afeitados y con la lista de la compra hecha, los padres de las adorables criaturas se disponen a afrontar un nuevo día con el mejor humor posible, con el cuerpo sin haberse repuesto del desgaste del día anterior y sin que el cerebro haya asimilado nuevos conocimientos ni fijado la memoria. Pero ya están acostumbrados. ¿O no?

lunes, 16 de noviembre de 2009

El poder adictivo de los bebés

Por mucho que lloren o poco que duerman hay que reconocer que los bebés tienen algo que los hace completamente adictivos, algo que te hace perder la cabeza de tal manera que en cuanto tu bebé deja de serlo (algo que va ocurriendo gradualmente) te hace desear otro y otro… Y hasta incluso en algún momento se te pasa por la cabeza, y así se lo comentas incluso a tu pareja, que sería maravilloso tener siempre un bebé en casa. Aunque no te deje dormir, ni comer, ni vivir... (y tu pareja te mirará probablemente como si te hubieras demenciado).
Y mientras miras a esa bolita que por fin ha dejado de llorar y que por una vez duerme enroscada en su cuna respirando plácidamente ajena al mundo, te pones a pensar ¿Qué tienen los bebés para que los adoremos tanto? Puede que sean esos deditos de los pies, diminutos como bolitas de carnes pero completamente perfectos, con todas y cada una de sus falanges, con sus uñitas tan minúsculas que casi es imposible cortárselas. O esa pelusilla que les recubre las orejitas, los hombros y hasta la frente. O la manera en que se restriegan los ojos con el puño, o en que se enroscan como si estuvieran todavía en el útero, o en que se meten las dos manos en la boca. O su respiración entrecortada. O ese olor dulzón a leche, qué decir que no se haya dicho ya del olor de los bebés. O la piel aterciopelada. O la mueca que hacen dormidos, que parece una sonrisa pero no lo es, y que más da que no lo sea si es tan lindo que sonrían cuando sueñan, que tú siempre piensas que quizá esté soñando contigo. O el cuello doblado al dormirse en la sillita. O el instinto puramente animal con el que buscan el pezón de la madre, y la forma en que se aplastan la cara contra el pecho, que parece que se fueran a asfixiar. O la sonrisa desdentada. O los pliegues en las piernas. O ese sentarse como un tentetieso, cayéndose hacia los lados. O la indefensión absoluta con la que se enfrentan al mundo. O su vulnerabilidad. No sé bien qué. Pero algo tienen que tener para que se deseen tanto.
P.S. (Y sí, luego piensas también que sin duda ha llegado el momento de recordarle al padre de las criaturas que pida cita con su urólogo para que le explique las ventajas de la vasectomía).

martes, 10 de noviembre de 2009

Qué viajecito

Llevábamos varias semanas, incluso meses, sin salir de casa. Pero este fin de semana, como era un poco más largo, decidimos vencer la pereza que nos produce el movilizarnos con la prole y marcharnos de puente. Para descansar un poco. Relajarnos y olvidarnos por un par de días del trajín diario. Ja. Para resumir diré que de las dos horas y media que duró el viaje en coche, la niña, que estaba recién comida, recién cambiada, con ropa cómoda, y sin frio ni calor, lloró dos. No, mejor dicho, no fueron lloros exactamente, no, ojalá, sino unos gritos recién estrenados que me hicieron concebir vanas ilusiones de haber traido al mundo una cantante de ópera. O de heavy metal.
Y no hubo ni chupete, ni juguete, ni cántico, ni gracia que le hiciera calmarse. Y para colmo este concierto se produjo cuando estábamos atravesando un páramo en el que no hay ningún sólo lugar donde pararse en 80 kilómetros de autopista (aprovecho desde aquí para lanzar un llamamiento a Iberpistas, la empresa concesionaria, para que estudie la posibilidad de hacer algo al respecto, se trata concretamente de un tramo entre Villacastín hasta unos 40 kilómetros antes de Salamanca. Si alguno de sus responsables tiene dudas sobre la necesidad de habilitar un lugar donde pararse, les invito a acompañarnos en uno de nuestros 'entretenidos' desplazamientos familiares). En varias ocasiones traté de convencer al padre de la criatura para que parara en el arcen, pero era noche cerrada y no parecía una idea muy sensata. Cuando por fin encontramos un lugar señalizado para parar, con la niña ya congestionada y la respiración entrecortada, el padre de las criaturas salió del coche y se echó a andar entre los camiones con una furia tal que por un momento pensé que era la última vez que íbamos a verle y ya imaginé y todo cómo les iba a explicar a sus hijos el día de mañana el momento aquel en que vimos a su padre por última vez en un área de servicio de Ávila en una noche oscura con mucho viento.
De tan agitada que estaba la niña, no había manera humana de calmarla, ni siquiera enchufándola a la teta. Si hubiera habido un motel de carretera de verdad que me habría quedado allí a dormir con toda la proles. Pero no lo había, como tampoco una cafetería donde ir a tomar algo a esperar que la niña se calmara. Nada. Sólo un banco en medio de la estepa. Con el viento gélido que soplaba huracanado no me atreví a salir del coche. Y dentro del coche la niña no lograba calmarse. Así que cuando, contra todo pronóstico, regresó el padre de las criaturas de tomar un poco el aire, continuamos camino jurándonos cada uno que Nunca más. No os digo más que lo primero que hice al llegar a nuestro destino fue ir a la estación de tren a comprar un billete para regresar con la niña. Y ayer nos volvimos ella y yo en tren, estupendamente. Ni se la oyó en todo el trayecto, se dedicó a repartir sonrisas. Sobre todo a los chicos.

martes, 3 de noviembre de 2009

Las cuentas de la maternidad

Durante el permiso de maternidad se hacen muchas cuentas. Muchísimas. Las primeras, para calcular el tiempo que podrás estar con tu criatura recién estrenada. Así empiezas a calcular hasta cuándo puedes estirar esas 16 semanas que nos pagan en este país a las trabajadoras por cuenta ajena para que estemos con nuestros churumbeles. 16, que aunque suene mucho, no corresponde ni a cuatro meses. Si trabajas en una empresa generosa, quizá te den alguna más a partir del tercer hijo. Luego puedes acumular los días de lactancia, que suelen ser unos veintipico, dependiendo de si luego sumas vacaciones o excedencia (en cuyo caso te restarán días de los veintipico de lactancia). Calendario en mano sumas esos días de lactancia, primero sin vacaciones, luego con vacaciones. Decides añadirle todas las vacaciones, pero aún te sigue pareciendo poco y aquí es donde aparece la angustia ante la eventual separación de tu bebé. Y empiezas a darle vueltas a la idea de pedirte algún tiempo de excedencia. Tiemblas por tu trabajo –“con lo mal que está todo, la de gente que están echando, ¿estás segura de que es buena idea?”; te pregunta una amiga- pero más terror te produce la separación de tu bebé. Y no sabes qué te está pasando porque con tu anterior hijo no te produjo tanta angustia el volver a trabajar, que casi lo viviste como una liberación el salir de casa y dejar de escuchar llantos. Pero ahora no. No soportas la idea de dejarlo. Y sigues haciendo cuentas. De estudiarte el calendario, que te sabes de memoria en qué cae cada semana del año, pasas a memorizar el estado de tu cuenta bancaria para saber con exactitud cuáles son tus gastos y el dinero exacto que necesitas para sobrevivir y alimentar a la prole. En función de esto te pedirás algún mes de excedencia. Y fantaseas incluso con la reducción de jornada. Hasta con dejar el trabajo. No te lo puedes permitir, pero aún así echas cuentas. Calculas por cuanto te va a salir el cuidado de la criatura (no tienes familia cerca así que necesitas un presupuesto importante para cuidadora en casa o escuela infantil, en cualquier caso, una pasta). Y no acabas de encontrar la solución. Vuelves a hacer cuentas. Desde el principio. Y no te acaban de cuadrar. Piensas que debería haber otras formas para solucionar este trago, pero no sabes bien cuáles.

P.S. Servidora, después de hacer todas estas cuentas una y otra vez y de acumular todos los días acumulables, se reincorporó ayer al trabajo. Con una pena muy grande, para qué negarlo.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Nos salió llorona

A los hijos hay que aceptarlos como son. Así que no me queda más remedio que asumir que nuestra deseadísima hija es una llorona. Llora a todas horas. Con un volumen desproporcionado para su cuerpecillo y su corta edad. Probablemente ha tenido cólicos –pero en teoría se pasan a los tres meses, ¿no? - , si no acaba de encontrarse bien en este mundo nuevo al que ha llegado, si hay algo que le molesta o si más bien tiene una imperiosa necesidad de llamar la atención o de comunicarse y entablar contacto humano. Pero llora mucho. Mucho más de lo que un ser humano puede soportar sin desesperarse. Ya la conocen todos los vecinos del edificio donde vivimos, y esto ha proporcionado un nuevo tema de conversación para el ascensor (“hoy parecía que lloraba con menos ganas que ayer”, o “esta madrugada se puso muy nerviosa la pobrecita”, e incluso “le está cambiando el tono al llorar, ahora lo hace como con más sentimiento”) y para el descansillo, porque más de una vez cuando salgo con ella se asoma alguna vecina a ver qué le pasa.
Confieso que a mí pocas cosas me desquician más que el lloro de un bebé. Me pongo nerviosísima. Para tratar de contrarrestarlo –y realizar un mínimo de actividades diarias imprescindibles como vestirme o lavarme los dientes- estoy tratando de desarrollar una técnica de concentración mental para que al menos no me afecten tanto sus berridos. Eso sí, una vez que he comprobado –porque una no es una madre insensible- que la niña está bien, recién comida, recién cambiada, recién echado el airecito, sin frio ni calor y que por lo tanto no tiene ninguna causa objetiva para llorar tanto. Entonces, grite lo que grite, respiro hondo y me repito a mí misma una y otra vez un mantra salvador: “No oigo nada. No oigo nada. No oigo nada..”. Si me concentro mucho a veces logro incluso ignorar su llanto durante unos segundos e ir al baño, e incluso si hago un esfuerzo enorme de concentración y abstracción de mi entorno hasta lavarme los dientes. Pero aún tengo que perfeccionar mucho la técnica, porque por lo general cuando se pone a llorar me ofusco de tal manera al oírla que no logro ni pensar ni hacer nada a derechas. Y es que ni siquiera se calma cuando la cojo en brazos, o si milagrosamente consigo que se me duerma –del agotamiento- se despierta en cuando trato de ponerla en el coche- para, por ejemplo, ir a hacer pis, porque el día menos pensando se me va a perforar la vejiga del tiempo que aguanto sin hacerlo-. Parece que tiene un sensor especial que detecta cuando se la pone en la coche, y segundos antes de que su cabecita apoye sobre el mullido colchón de la sillita ya estalla a llorar como si le estuviéramos cortando una pierna.Si estoy yo sola en casa, no me queda más remedio que vestirla a toda prisa (sin poder ni mirar por la ventana a ver qué tiempo hace y así luego me van diciendo de todo en la calle: “La lleva usted demasiado vestida”. “Se le están quedando los pies fríos”. “Va toda sudada la pobre”), dejarla llorando en su coche unos segundos, lo que se dice unos segundos, y vestirme yo más deprisa todavía. A toooooooda prisa porque a estas alturas la criatura berrea como si la mataran. Si no estás duchada –que por lo general, no lo estás porque aún no te ha dado tiempo-, olvídate de hacerlo, también de pintarte el ojo y de peinarte, como mucho atinas a recogerte el pelo con una goma- si la encuentras a la primera, sino sales con las greñas al natural- y ponerte lo primero que encuentras al abrir el armario, con lo cual lo mismo te calzas unas sandalias y está lloviendo. El otro día salí de casa tan atolondrada que al llegar a la esquina de la calle noté algo suelto que hacía ruido en la cintura: El cinturón y los pantalones que se iban cayendo, y cuando quise agarrarlos los tenía ya por debajo del culo. El día menos pensando salgo a la calle en pijama o con una teta fuera. Aún no me ha ocurrido, pero cuando tuve a a mi primer hijo por la noche me asaltaba una pesadilla recurrente: Que me echaba a las calles medio desnuda. Por algo sería.
Y lo peor es que, cosa insólita en un bebé, con frecuencia ni siquiera se calla en la calle. Sigue llorando, y entonces yo no sé cómo actuar, si como una madre preocupada y responsable que va tratando de calmarla, o hacer como que no pasa nada, que todo está bajo control y pararme incluso a ver escaparates, como si nada turbara mi paz interior. En ambos casos, la gente se me queda mirando, con lástima, o con extrañeza, según el caso. Así que por lo general me hago la esquizofrénica y voy alternando con naturalidad los dos comportamientos, un ratito angustiada y un rato como si nada. Y así voy por la calle, despertado la solidaridad de madres y abuelas, que se me acercan a ofrecerme consejo, porque todo el mundo tiene algo que decir y aconsejar cuando llora un bebé. “Tendrá hambre”. “Tiene calor, destápala un poco”. “Nota la corriente, cúbrela con la mantita”. “Se ve que tiene sueño”. “Tendrá sed, con este calor”… Y yo la cubro, la destapo, la vuelvo a cubrir. La cojo, la tumbo, le pongo el chupete, se lo quito, le ofrezco el biberón con un poquito de infusión, le doy el pecho, le saco el aire, la vuelvo a tumbar, a coger, a ponerle el chupete. Hasta que se duerme agotada. Y vuelvo a casa con la esperanza de que aguante al menos cinco minutos dormida para poder preparar algo de cena. Pero nada más entrar en el portal, cuando aún ni he pulsado el botón para llamar el ascensor, su sensor se activa y recomienza de nuevo con un Guaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa que hace temblar el edificio.

martes, 13 de octubre de 2009

El primer porrazo

No hay padre o madre al que no le haya ocurrido que el bebé se caiga de la cama y se dé un cosco en la cabeza contra el suelo. Suele ocurrir en el momento más tonto, cuando quizás has bajado la guardia para alcanzar un libro, o para terminar de ponerte el pijama, y el enano, al que has dejado en el centro de la cama a casi un metro del borde, aprovecha para catapultarse al vacío. No logras entender cómo lo ha hecho, porque no tiene ni seis meses, y no gatea, prácticamente ni siquiera repta. Pero ha subido las piernas hacia arriba y con el impulso se ha propulsado fuera del colchón. Y el golpe seco de su cabeza contra el suelo te congela la sangre en las venas. Le coges en una fracción de segundo y tratas de calmarlo, pero llora desesperadamente. Al rato aún sigue llorando, a ti te corroe el remordimiento por tu distracción, y te pasan por la cabeza todo tipo de pensamientos atroces sobre las posibles consecuencias de un golpe tan fuerte en la cabeza de un bebé, que aún debe de tener el cráneo blandito, que seguro que aún no se ha acabado de formarse bien, que lo mismo con el golpe hasta se le ha abierto el agujero ese que tienen en la cabeza los recién nacidos y que nunca te acuerdas de cómo se llama. Para tranquilizarte decides llevarlo a urgencias, aunque casi temes que te denuncien por malos tratos. El médico de guardia, con cara de ‘aquí tenemos a otra madre primeriza atacada de los nervios porque en un descuido se le ha caído el niño’, te dice, con una crueldad completamente innecesaria con la que sin duda quiere hacerte pagar el que le hayan levantado de la cama, que le observes con mucha atención y que si notas algún comportamiento extraño o convulsiones (a ti te entran sudores fríos de sólo oír la palabra) lo traigas de nuevo al hospital. Sales de allí torturada por la culpa. Cuando llegas a casa el niño se ha dormido ya, no sabes si de agotamiento o por las secuelas del golpe. No logras pegar ojo, cada cinco minutos te levantas y te acercas a la cuna a ver si respira, que para algo te ha dicho el médico que le observes con atención. Estás tentada de despertarlo para ver si reacciona, no sea que en vez de dormido esté inconsciente, pero te contienes. Le tocas, compruebas que todo está bien, que su respiración es normal, y ni aún así logras dormir. Cuando por fin, de madrugada, el sueño finalmente te vence tienes pesadillas. Por la mañana nada más despertarte corres a comprobar si sigue vivo. Tardarás casi una semana en quitarte el susto del cuerpo y no le volverás a dejar suelto un segundo.

lunes, 5 de octubre de 2009

Engañando al Ratoncito Pérez

La familia entera llevaba varios días vigilando la evolución del diente. Un incisivo central inferior. El primero que se le movía. A casi todos sus amigos se les había caído ya algún diente, incluso a algunos ya varios, mientras que los suyos seguían fijos como si les hubieran puesto cemento. Y no paraba de preguntar cuando se le iban a caer a él, temeroso de que no fuera a ocurrir nunca. Hasta que por fin uno de abajo empezó a moverse un buen día y así estuvo durante casi dos semanas hasta que estuvo ya pendiente de un hilo. Y de repente, su padre durante un paseo por el campo se fijó en que ya el diente no estaba en su lugar.
“Se te ha caído el diente”.
“Noooo”, chilló él, comprobando con la lengua y después con los dedos sucios de tierra que efectivamente el incisivo había desaparecido dejando un hermoso hueco en su lugar, ante lo cual se puso a llorar desconsolado. “Ahora ya no va a venir el Ratoncito Perez, ya no viene!!!!!!!!!!!!!!! “
“Te lo has debido de tragar al comer la manzana”, explicó prosaicamente su padre, logrando sólo que se agudizaran los llantos y los gritos de desesperación.
Ante tal situación, se hizo necesaria una reacción de urgencia. Ahí es cuando se pone a prueba a los padres. “Le podemos escribir una carta al Ratoncito Perez explicándole lo que ha pasado”, dijo la madre sin mucha convicción . “No, eso no va a funcionar, porque a lo mejor el Ratoncito no sabe leer, es mejor buscar una piedra que parezca un diente y ponerla bajo la almohada”, replicó el padre con inaudita rapidez. Al oírlo el desdentado paró de llorar por un segundo y miró a su padre con expectación. La madre pensó si sería acertado enseñar a su hijo a hacer trampas, pero decidió que era una situación especial que requería de medidas especiales, y se puso ella misma a buscar piedras. El desdentado, limpiándose las lágrimas y sorbiendo los mocos, enseguida se unió a la búsqueda, hasta que dieron con un par de ellas que podrían pasar por colmillos. “Como es de noche, el ratoncito no se va a dar cuenta de que es una piedra”, asegúró ya sin ningún remordimiento la madre, que con mucha previsión tenía preparado un flamante album de pegatinas desde que el diente empezó a moverse.
Al llegar a casa eligieron una de las dos y la limpiaron con un cepillo de uñas hasta que quedó reluciente, y procedieron a meterla con cuidado bajo la almohada. Al desdentado le costó aceptar que no hacía falta dejar abierta la ventana de la habitación, porque al fin y al cabo un ratón puede entrar por cualquier parte. Y finalmente logró dormirse, sin meter las manos debajo de la almohada como hace habitualmente, no se fuera a perder el falso diente.
No había salido el sol todavía cuando el desdentado se despertó y lo primero que hizo fue deslizar la mano bajo la almohada para encontrar el anhelado álbum de pegatinas, que enseño a su hermano después de despertarlo sin conmiseración, y luego a sus padres, que sin duda ardían en deseos de saber si el Ratoncito Pérez se había tragado lo de la piedra. “Mirad, el ratoncito se lo creyó!!! Me ha traído un álbum. Mirad que bonito”. A los padres medio dormidos les costó un poco al principio mostrar sorpresa y entusiasmo, pero enseguida concordaron que el album era francamente bonito y que era un suerte que el Ratoncito no se hubiera dado cuenta del eñgaño.
A medida que pasaba el día, la sombra de la duda fue sin embargo apareciendo en la cabeza del desdentado. ¿Y por donde habrá entrado el ratón? ¿Y cómo sabía que se me había caído un diente?¿Y si al hacerse de día se da cuenta de que era una piedra y no un diente? ¿Qué hace con los dientes de los niños el Ratoncito Pérez? ¿Mama, no me habras comprado tú el álbum?
Pero todas las dudas desaparecieron por la noche al comprobar que ya se estaba moviendo otro diente! Y que dentro de poco volvería a venir el Ratoncito Perez, o quien fuera.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Hoy toca fruta

Llegó la hora de la fruta. A los cinco meses y medio, casi seis. Había dejado pasar dos semanas después de los recomendados cinco meses por pereza
(supongo que inconscientemente también había algo de resistencia a aceptar que mi bebé crece, se hace mayor, deja de depender exclusivamente de mí para su alimentación, comienza ya a emanciparse y todas esas tonterías que tenemos las madres en la cabeza). La verdad que he estado bastante liada ya con la vuelta al cole como para encima afrontar cambios alimenticios y emocionales (siempre me pasa igual: me horroriza empezar a dar el pecho cuando nace el bebé, y luego no soy capaz de dejarlo…¿Quién nos entiende a las madres?) Como soy consciente de mis limitaciones, me he hecho firme promesa de encarar los retos de uno en uno, en la medida de lo posible, naturalmente. Así que fui dejando la fruta hasta que la pediatra en la revisión de los cinco meses (a la que también he ido con retraso) me dijo con tono recriminatorio: “Mami, hoy empiezas a darle fruta en la merienda” y me puso delante un folio con la receta de la papilla. La mami soy yo y como tengo inculcadísimo el sentido de respeto a la autoridad, nada más llegar a casa me puse a preparar la componenda frutal. La niña estaba ya muerta de hambre, y cuando la cogí en brazos se me lanzó desesperadamente a la teta. Esquivé su embestida y logré meterle la cucharita en la boca con un poco de papilla. Se quedó perpleja. Saboreó incrédula, y me miró con cara de “Mami, ¿pero qué haces? Te has equivocado. ¿Qué me estás dando?”, y siguió relamiéndose. Imaginaos lo que debe de ser probar por primera vez el gusto de la naranja, del plátano, de la pera… Después de toda una vida (aunque sea una vida de cinco meses y medio) alimentándose exclusivamente de leche, es el equivalente a una explosión de protones. Un estallido gustativo en la boca. Un descubrimiento similar al de la pólvora, como poco. Con calma pero sin pausa, en total silencio como si se tratara de un momento solemne, se comió medio plato de papilla, sin escupir nada. A todo esto, yo casi con la lágrima en el ojo de la emoción de pensar que mi hija va a dejar ya de ser un bebé, que ya no depende sólo de mí para comer, que ahora hay que vigilarla mucho para que no se atragante… Hasta que al cabo de un rato apretó los labios y puso cara de que ya había sido suficiente. Debía de estar cansada de relamerse y de hacer el esfuerzo de tragar alimento sólido, creo yo, porque con los bebés todo son especulaciones.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El stress de la vuelta al cole

Yo había pensado siempre que el agobio por la vuelta al cole era un invento de unos grandes almacenes para fomentar el consumo postvacacional. Y estaba convencida de que yo, con mi capacidad de organización y mi soltura , lograría superarlo sin mayores problemas. Sin estress y sin complicaciones, y sin desestabilizar el presupuesto familiar. Pues bien, ahora que acabo de afrontar mi segunda vuelta al cole doble (es decir, con dos escolares) me trago todas mis palabra y casi clamo Socorro!.
Mi hijo mayor lleva varios días persiguiéndome para que le compre material escolar suficiente como para cursar toda la carrera de arquitectura. Cometí el error de ir la primera vez a comprarlo sin él y me ha tocado devolver la mitad y comprarlo de nuevo. Llevo varias tardes también preparando la mochila del otro con todo lo que nos han pedido, que parece más bien que se fuera a la mili.
A esto se añade el cambio de rutina diaria, harían falta domadores para hacer coger el ritmo a dos fieras que llevan todo el verano en estado semisalvaje al aire libre. Ya sé que la teoría dice que los días antes al Día D hay que irlos acostando antes, hacerlos madrugar y comer en un tiempo razonable. Pues por más severos que nos hemos puesto, no lo hemos logrado. Eso sí el primer día de cole, a pesar de que se habían ido a la cama tardísimo, a las siete menos cuarto los tenía en mi habitación, sin vestir, el mediano con el culo al aire, pero con la mochila puesta cada uno. Ese madrugón no ha ayudado tampoco a coger el ritmo porque por la tarde se caían del sueño.
Yo este año tengo suerte porque sigo de permiso de maternidad, y me puedo dedicar a estas labores a tiempo completo. Pero desde luego en el trabajo deberían dar días libres, o sino que alguien me explique cómo se hace para llevar a un niño al cole de 9 a 11, o de 10 a 12, según el caso durante una o dos semanas.
Y no quiero generalizar, nada más lejos de mis intenciones, pero mucho me temo que gran parte del peso de la vuelta al cole recae sobre las madres, que lo vivimos como si volviéramos nosotras mismas a llevar mochilas y babis. Esta es una conversación real mantenida en una casa con dos niños en edad escolar la noche antes del día D:
- "¿Qué haces?", pregunta el padre distraído, periódico en mano, a la madre, que se afana con la aguja.
- "Marcando la ropa con una cinta con su nombre, porque no le cabe el nombre con rotulador", responde la madre, con voz de agobio, pensando en cómo va a ponerle el nombre a los calcetines, porque en el mensaje del cole especifican que TODAS las prendas de recambio han de ir marcadas.
- "Ah, ¿tiene que llevar ya toda la ropa marcada el primer día?"

Y la madre no se molesta siquiera en responder, levanta la mirada sólo un segundo y sigue a toda prisa para terminar antes de que sea muy tarde.

P.S. Prometo tragarme mis palabras y enviar un diploma si algún padre me ofrece pruebas de que ha marcado él mismo con sus propias manitas (aunque sea a rotulador) la ropa de sus hijos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

El drama del primer día

Reconozco que no estaba preparada para esto. El año pasado al entrar en la guardería (perdón, escuela infantil) lloró muchísimo, desconsolada y desesperadamente durante más de un mes. Nos dejamos todos el corazón en aquellas despedidas desgarradoras. Y yo, pobre ingenua, pensaba que con eso ya estaba inmunizado para esta vuelta al cole. Que es además, con sus tres años recién cumplidos, la primera vez en “el cole de los mayores”, es decir, el de su hermano. Y por eso llevaba todo el verano emocionado hablando de que iba a ir al de mayores a jugar al “macesto” (su propia versión del baloncesto, no me preguntéis por qué lo llama así). Así que no tuvimos que hacer mucho para que se entusiasmara con la idea. Más difícil ha sido la preparación física, para que no se haga pis en el calzoncillo, porque este verano ha vuelto a hacérselo encima (algo que no ocurría desde hace meses). Y ya nos lo advirtieron bien a los padres en la reunión: si no controla esfínteres perfectamente, lo mandan a casa. Esa es la obsesión de todos los padres con niños de tres años: el control de los esfínteres. Y ya sé que tienen ya tres años, y que no se les debería escapar, pero por Dios, ¡¡¡tres años!!!, si hace nada que eran bebés… Pero bueno, a ver qué remedio, es el precio de la bendita escolarización. También nos ha tocado insistir en el entrenamiento alimenticio, porque ha empezado a tardar una eternidad en acabarse la comida (sí, él, que devoraba en pocos instantes todo lo que se le ponía delante)y como no espabile nos va a tocar levantarnos a las seis de la mañana para que vaya desayunado. Seguro que todo esto tiene una explicación psicológica, que si siente celos de la hermana, del hermano, que si está sufriendo una regresión, que si echa de menos el espacio perdido, que si experimenta un rechazo a hacerse mayor…. Su razón tendrá, que no lo niego, pero yo sólo sé que hoy me he encontrado el primer día de cole con una fiera que se hace el pis de nuevo encima y que tarda una media de 45 minutos en terminar la comida y que casi se deshidrata llorando a la entrada del cole. Me lo ha tenido que quitar de encima la profesora porque se aferraba a mí como un koala desesperado. Y entonces entendí que sí, él tenía muchas ganas de ir al cole de mayores, pero eso suponía ir a la clase de su hermano, no a una con enanos llorones como él.
Y cuando le fui a buscar a las dos horas (porque durante toda esta semana sólo irá dos horitas) me recibió con el castigo de su indeferencia. Yo pensaba que se echaría a mis brazos llorando, pero se limitó a contemplarme sin pestañear, como si no me reconociera. Dos veces tuvo que preguntar la maestra "¿De quién es esta mamá?" para ver si reaccionaba.
La que necesitaría ahora apoyo psicológico soy yo. Aunque la verdad que este año me ha afectado menos que el pasado. Me estoy volviendo una tipa dura.

martes, 18 de agosto de 2009

Colicos del lactante

En los primeros meses de vida del recién nacido pocas cosas tememos más los padres que los cólicos del lactante. Nadie tiene una explicación científica sobre su origen ni sobre su remedio. Que si el sistema digestivo no se ha terminado de formar, que si toman aire al mamar… No se sabe a ciencia cierta cuál es la causa. Pero existir, existen. Y cómo sufren los pequeñines, que da una angustia horrible verles cómo chillan encogiendo las piernecitas. Con los dos niños nos libramos, pero esta vez nos ha tocado enterarnos con la niña. Empezó como a la tercera o cuarta semana y la pobre lloraba varias horas desesperada, sin que pudiéramos hacer nada por calmarla. En un par de ocasiones estuvimos incluso a punto de llevarla a urgencias por miedo a que fuera algo más serio y estuviéramos ahí nosotros tan panchos convencidos de que eran cólicos. Pero la pediatra nos tranquilizó, nada importante, hay que esperar a que se pasen.
Todo el mundo tiene su propio remedio, y no pierde la oportunidad de compartirlo. Yo he probado a hacer todo lo que me han dicho. Que si agarrar a la niña en vertical y moverla hacia arriba y abajo, colocarla en horizontal con una mano en la tripa y balancearla, moverla hacia los lados, tumbarla boca arriba y hacerle un masaje en la tripita en el sentido contrario a las agujas del reloj, y también en el mismo sentido, por si acaso. He probado incluso a darle infusiones de manzanilla, de hinojo, de anís estrellado, de anís sin estrellar…. Sin ningún éxito.
Una amiga me dijo que la leche que bebe la madre es lo que produce los cólicos, que en cuanto ella dejó de beberla a su hija se le pasaron. Así que en mi desesperación dejé de beber leche –creo que habría hecho cualquier cosa que me hubieran dicho, en casos desesperados como estos mi credulidad no tiene límites, si me hubieran asegurado que caminar hacia atrás a la pata coja entonando cantos mormones con la niña en brazos vestida de morado era la solución, no habría dudado- . Se acabó el tomar mi cafetito con leche matutino –mi único vicio-, o la leche con galletas, o con cereales. En una segunda fase, al ver que la niña seguía igual, abandoné incluso los quesos y hasta los yogures, que son el alimento básico de mi dieta. Mi vida diaria empeoró notablemente, sin que la niña experimentara ninguna mejoría; seguía llorando desesperadamente una media de nueve horas diarias, con episodios agudos vespertinos. Hasta que un día a las tres de la mañana, cuando llevaba casi cuatro horas sin parar de llorar y yo estaba muerta no sólo de sueño sino también de hambre, decidí claudicar y fui a la cocina y me tomé un paquete entero de galletas untado en un litro de leche. Y por lo menos yo me sentí mucho mejor, que para eso dicen también todos los libros que el estado psicológico de la madre influye mucho sobre el lactante.
Y así seguimos hasta que cuando cumplió tres meses desaparecieron los cólicos. Así como habían venido, se fueron, siguiendo al pie de la letra una de las pocas instrucciones con las que vienen los bebés (que los cólicos duran hasta el tercer mes. Por lo general).

viernes, 24 de julio de 2009

De compras con los niños

Si puedo evitarlo, no voy de compras con los niños. Como mucho, hago alguna compra rápida, en la droguería, o en sitios así poco atractivos para la infancia. Desde luego, a no ser que tengamos la nevera completamente vacía evito entrar en el supermercado con ellos, porque se les va antojando todo a su paso y me van metiendo de todo en el carrito o en la cesta, especialmente al llegar frente a las cajas donde está expuesto todo un muestrario de chucherías, que es algo que tendría que estar prohibido por alguna ley europea. Voy a escribir ya mismo al Parlamento Europeo para que hagan algo al respecto y se pueda ir con niños a hacer la compra. A menos de un metro de altura sólo debería haber productos aburridos y que carezcan de interés para la infancia como compresas, latas de conserva y congelados de verduras.
Y lo que absolutamente nunca hago es irme a comprar ropa con ellos, porque eso requiere un estado mental de total concentración en una misma, absoluto ensimismamiento y egocentrismo, y eso es muy difícil de lograr con varias criaturas chillando, pegándose o arrancando etiquetas a diestro y siniestro. Pero hay veces que simplemente no te queda más remedio, porque necesitas algo urgentemente, o porque, camino o regreso del parque (siempre del parque, ese destino diario), pasas casualmente delante de una tienda nueva o con un escaparate atractivo o con unas rebajas irresistibles y te apetece echarle un vistazo. Y como probablemente no tendrás un momento libre en los próximos días, pues decides entrar un momento, diciéndoles a los niños que es sólo un segundo y que si se portan bien tendrán un premio. Ese error cometí el otro día porque necesitaba una camiseta un poco larga que me permitiera dar el pecho a la niña. Al franquear la puerta de Zara le tuve que prometer a mi hijo mayor que sería cuestión de segundos, agarré casi la primera camiseta que vi y corrí hacia la caja comprobando la talla mientras empujaba el carrito y arrastraba al mediano sin perder de vista al mayor (esto es algo que las madres desarrollamos extraordinariamente a partir del segundo hijo: la visión lateral). Y cuando estábamos ahí parados, este se puso a gritar: “¿Pero para qué te compras esa si tienes ya una igual?". Me miró media tienda como si fuera una compradora compulsiva y descerebrada. Igual que el día que decidí entrar rápidamente a mirar unos zapatos, porque se me habían roto los que tenía cómodos para todos los días, y decidí aprovechar que pasábamos delante de una zapatería con todo al 50%. Pero una vez dentro, pobre infeliz, cometí la torpeza de pararme un segundo a mirar un bolso y el mismo energúmeno, que parece un miembro infantil de una asociación anticonsumo, chilló: “Dijiste que ibas a mirar sólo unos zapatos y esto es un bolso!!!!. Se hizo el silencio en la tienda y me miraron clientas y dependientas como si estuviera gastándome el dinero para el comedor de mis hijos o la beca de libros. No hace falta decir que no me compré los zapatos. Menos aún el bolso. Los hijos son el mejor antídoto contra el consumo. Al final va a resultar que te hacen ahorrar.

martes, 7 de julio de 2009

De paseo con los niños

Hoy me he levantado con ganas de retos y he quedado en ir con los tres niños a casa de una amiga que vive en el otro extremo de la ciudad. Ya desde por la mañana me he puesto a estudiar la manera de llegar hasta su casa. El metro no es una opción, porque es completamente inviable bajar sola cuatro tramos de escalera, y subir luego otros tantos al llegar. Eso sin contar los trasbordos. Por cada tramo de escalera mecánica que hay en el metro, como poco te toca otro sin ella. Eso si funcionan todas, porque con frecuencia hay alguna estropeada, sobre todo de bajada, y cualquiera se pone a bajar por las escaleras normales con la sillita del niño, que una vez lo intenté y casi me arrollan. Es cierto que alguna vez, sólo alguna vez, aparece un alma caritativa que te echa una mano y te ayuda a llevarla, pero sólo de vez en cuando, porque normalmente la gente se limita a mirarte mientras cargas con la silla y se deben de pensar que te estás entrenando para alguna disciplina olímpica, desplazamiento de peso con obstáculos o algo así. Así que no me queda más que el autobús. Ahora por lo menos se puede subir a un autobús con el niño montado en la silla, que hasta el año pasado la regulación vigente decía que tenías que plegar la silla y subir con el niño en brazos. Una vez que me dijo eso un conductor malhumorado le pregunté que si quería también que le hiciera el pino puente o le bailara algo. A mí me parece muy bien que se tenga una opinión muy alta de las madres, pero una cosa es eso y otra, pensar que están (estamos) dotadas para realizar tareas sobrehumanas, porque es físicamente imposible cerrar una sillita de paseo sosteniendo al niño en brazos. Reto a cualquiera a intentarlo. Menos aún si además llevas a otro de la mano. La razón que estaba detrás de esto era que es más seguro para el niño, y para los demás viajeros, que el pequeño vaya en brazos de la madre y el carro plegado. Claro, eso si la madre tuviera cuatro brazos, porque sino a ver cómo iba a evitar que la silla, plegada eso sí, saliera rodando por el pasillo al menor frenazo. Menos mal que ahora, gracias a la magnanimidad de la Empresa Municipal de Transportes (desde aquí le envío mi agradecimiento por su comprensión), ya podemos subir. Eso sí, siempre que no haya ya otra sillita dentro, que un niño por autobús es el máximo legal, y siempre que no vaya muy lleno porque sino la gente te mira como si estuvieras subiendo con un bidón cargado de residuos radioactivos o con una caja de gallinas. Así que si logras subir, ya tienes casi superada la mitad de la prueba. Porque aún queda otro pequeño obstáculo que superar: el descenso del autobús. A pesar de que muchos de los autobuses que circulan en Madrid están dotados de un mecanismo que les permite inclinarse lateralmente e incluso sacar una rampa para facilitar el descenso de las sillas de minusválidos (que para algo es una ciudad moderna, europea, sensible y con aspiraciones olímpicas), aún estoy por ver el momento en que un autobús se incline gentilmente o saque la rampa para hacerme bajar con mi descendencia. El día que un conductor lo haga juro, y aquí adquiero un compromiso por escrito, que le enviaré un chorizo ibérico de mi tierra. Y no sólo eso: por algún extraño mecanismo de la circulación urbana de autobuses, que alguna explicación tiene que haber, estos siempre se paran frente a la parada como a medio metro de la acera. No al lado, ni tampoco un poco más lejos. A medio metro. Es decir, a una distancia insalvable que no permite ni apoyar directamente la silla sobre la acera ni tampoco bajarla directamente a la carretera para después subirla, porque una vez lo hice y se me quedó literalmente encajada entre el autobús y el bordillo. Así que vez tras vez, me toca cargar la silla en brazos y saltar con ella, rezando para que los dos niños sean capaces de bajarse solos sin tropezarse. Lo dicho, que esto debería de ser una disciplina olímpica. A ver si en Madrid 2016 nos reconocen el mérito a las madres.

miércoles, 1 de julio de 2009

Gugu Gaga

Hay un día mágico con cualquier bebé, de esos que marcan un antes y un después: es el momento en que dice su primer gugu o gagá, acontecimiento que ocurre normalmente en torno a los dos o tres meses de vida. Hasta entonces la criatura sólo se ha comunicado llorando (y mucho) pero de repente un buen día, sin previo aviso y como por azar, descubre otra forma de expresarse y en el momento en que le vas a cambiar de lado para darle el otro pecho, te mira fijamente a los ojos y suelta algo parecido a “Gueeee”. Y tú te quedas perpleja, esto te ha pillado totalmente por sorpresa, y le respondes atónita “Guegue”. Y ella .-o él-, como si te entendiera y estuviera explorando un nuevo lenguaje, repite: “Gueeeeee”, aunque esta vez suena más como “Gaaaa”. Y todo esto mirándote muy fijamente, y tú no tienes ninguna duda de que está tratando de decirte algo, naturalmente que te quiere decir algo. Y repites – con la lágrima en el ojo, de la emoción, sobre todo si además al mismo tiempo te regala una de sus primeras sonrisas- “Guegue” para que se sienta comprendida (mejor que este momento no ocurra en un lugar público). Y en ese instante tu hija, o tu hijo, pasa de ser meramente un lindo y diminuto animalito peludo (deliciosamente peludo, estaréis de acuerdo en que no hay nada más maravilloso y más tierno que besar que una frente minúscula recubierta de suave pelusilla, o rozar con la mejilla unos hombros con pelito mientras aspiras ese olor inigualable de los bebés) a convertirse en una personita, diminuta, pero personita, que está tratando, sin ninguna duda, de decirte algo. Y da igual que tengas más hijos que hayan dicho sus guegues y sus gagas hace varios años. Este momento es único e irrepetible. Y cuando estás inmersa en esa conversación, todo cobra sentido y todo se justifica, las noches en blanco, el agotamiento, las ojeras, el dolor de espalda... Todo merece la pena con tal de poder mantener esta charla con una personita diminuta y peluda.

domingo, 21 de junio de 2009

Coro de llantos

Por fortuna no ocurre con mucha frecuencia, pero tampoco es inusual que lloren los tres al mismo tiempo y el escándalo que se monta entonces es tan atronador que la comunicación se vuelve completamente imposible; ya no es que no oiga lo que me dicen, o el teléfono, es que no oiría ni la sirena de los bomberos si vinieran a desalojar la casa. A veces pienso que no nos vendría mal al padre de las criaturas y a mí aprender unos rudimentos en lenguaje de signos para podernos decir lo básico: "¿Dónde está el chupete de la niña?" "Ponle el pañal a tal o a cual". o "¿Quién me mandaría a mí?”.
Ya digo que afortunadamente no ocurre a todas horas que coincidan en los lloros los tres angelitos, pero sí una vez al día, por lo general después de las ocho, en ese tramo horario que los padres tememos más que a la peste porcina. Y cuando pasa me quedo desarmada, no sé por dónde empezar, ni a quien calmar ni qué hacer, me quedo paralizada,y más de una vez, de los nervios me entra una incontrolable risa floja. Como el otro día cuando cogimos un taxi la familia numerosa al completo (aún nos cogen a los cinco porque la bebé va en brazos, imagino que cuando sea un poco mayor ya se negarán a meternos en un solo vehículo). Y nada más sentarnos (después de cinco minutos largos que se me hicieron eternos colocando niños y mochila y doblando el cochecito, que siempre se atasca y se niega a plegarse en los momentos más inconvenientes. Debo decir que nunca nunca he logrado plegarlo con la agilidad y gracia que lo hacía la chica de la tienda) se pusieron a llorar los tres. La niña con cólicos, hambre, calor, frio, o vete tú a saber por qué llora un bebé. El del medio, de edad y de de sitio, porque se quería poner en la ventanilla donde estaba el mayor. Y este, naturalmente porque no quería ceder su sitio ni muerto. Si la situación hubiera sido la contraria, habrían discutido igual, siempre quiere uno lo que tiene el otro, sea lo que sea, indistintamente. Yo iba en el asiento de delante y mi marido en el de atrás intentando, sin ningún éxito, calmar a la jauría. Y ante la impotencia de no poder hacer nada sin arriesgarnos a tener un accidente, pues me dio una risa floja tan inoportuna como incontrolable. Por un momento pensé que el taxista iba a parar al borde de la calle y desembarcarnos a todos diciéndome "Ni por todo el oro del mundo le termino yo esta carrera, señora". No lo hizo y desde aquí se lo agradezco, pero con ganas se quedó, de eso no hay duda. Menos mal que con la crisis no están los taxistas para rechazar clientes, pero en cuanto la cosa mejore un poco seguro que van a empezar a pisar el acelerador al ver a una tropa de niños similar parada en la acera esperando un taxi.

lunes, 15 de junio de 2009

Apología del colecho

Tengo que confesar algo: he sucumbido al colecho. Y no, no es una práctica sexual novedosa (más quisiera yo) sino el hábito de dormir en la misma cama con el bebé, o el bebé en la misma cama que lo que queda de sus padres. Práctica denostada por unos como el inicio de la ‘malcrianza’ y elogiada por otros como la forma más natural de sobrevivir a la lactancia nocturna. Yo, la verdad, no tengo una opinión muy formada al respecto (en mi estado actual de enajenación mental, en realidad, no tengo opinión sobre casi nada, pero eso es otra historia), no sé si es bueno para la criatura, si la estaré malcriando para siempre, si eso marcará sus relaciones, o las nuestras, en el futuro; lo único que tengo claro es que es más cómodo. Con mis otros dos hijos me había resistido, y tras cada toma su padre y yo, por riguroso turno, llevábamos a cabo, resignados a pasar media noche en vela, como androides preprogramados todo el protocolo de sacarle el aire, cambiarle el pañal si había lugar, y proceder a dormirle, lo cual podía durar un buen rato porque con todo el ajetreo anterior la criatura estaba ya completamente despierta y encantada de estar de juerga a esas horas. Pero ahora, será porque estamos más agotados, más pasotas, menos ortodoxos y mucho menos primerizos, hemos decidido dejar a la niña en nuestra cama y reducir al mínimo imprescindible la actividad nocturna. A la menor de cambio colocamos a la niña en la cama y yo me la voy pasando, medio dormida, de un lado a otro para proceder al amamantamiento. Y tengo que reconocer que dormimos mejor. Sobre todo el padre.

jueves, 4 de junio de 2009

De viaje con un bebé

Antes de nada quiero decir que estoy completamente a favor de las campañas de la Dirección General de Tráfico para mejorar la seguridad vial y de todos sus esfuerzos y desvelos para que todos y cada uno de nosotros lleguemos sanos y salvos a nuestro destino.
Las reglamentarias sillas de niño me parece un invento estupendo (es más, yo sugeriría que se aconsejara también su uso en el hogar, o el de cualquier otro artefacto similar que permitiera inmovilizar y neutralizar a las fieras durante un periodo razonable de tiempo) que sin duda salva vidas a diario. Y como tal las tengo de todos los tamaños. Pero dicho esto, de verdad, que hay momentos en que añoro aquella época en la que los niños iban sueltos (incluso pegando saltos) y los bebes en los amorosos brazos de sus madres, quienes hasta podían incluso sacarse la teta en marcha (siempre y cuando no estuvieran al volante, naturalmente) para calmar a la criatura. Porque de verdad que no hay nada más desesperante (y en esto todo el mundo coincidirá unánimemente conmigo) que ir en el coche con un bebé bien amarrado en su sillita berreando. Ya no te digo si estás en medio de un atasco y no puedes ni parar, ni bajarte del coche, ni hacer otra cosa que enchufarle el chupete o un biberón de manzanilla, o de leche, si es el caso, pero que con toda probabilidad no logrará tomar del cuajo que se tiene y en ese momento lo único que funciona es enchufarle la teta, pero claro, como no te pongas un alargador de esos de las centrales lecheras, no hay manera de hacerlo. Una amiga me contó que, sentada en un asiento de atrás, era capaz de darle el pecho a su bebé sin sacarlo de su sillita reglamentaria. Me parece toda una proeza. Voy a buscar un curso de contorsionismo circense para ver si yo también lo logro.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Agujeros mentales

Me pasó ya cuando nacieron los otros dos niños: empecé a tener agujeros en el cerebro, que progresivamente se fueron convirtiendo en socavones. Todo empieza un día cuando no recuerdas una palabra, la tienes en la punta de la lengua pero no logras decirla, se te ha ido, y cada vez van siendo más las que se te escapan de la cabeza. Y no hablo de términos complicadísimos, porque tampoco se puede decir que entable yo ahora conversaciones de gran calado intelectual, sino palabras cotidianas que desaparecen como por arte de magia. Y así vas viendo como tu conversación se empobrece y se reduce, y supongo que eso es sólo un síntoma, el más obvio, de tu deterioro mental y de la reducción progresiva e inexorable de tu coeficiente intelectual. Ese empobrecimiento del vocabulario va unido naturalmente al de los temas de conversación, que nadie me pregunte mi opinión sobre el nuevo gobierno vasco, o las medidas necesarias para atajar la crisis, o sobre el uso de energías renovables porque corro el riesgo de sufrir un cortocircuito neuronal.
A esto se unen unos lapsos de memoria descomunales, hasta el punto de que se me llega a olvidar si acabo de darle el pecho o no a la niña.
Aprovecho ya mismo para pedir disculpas y pedir comprensión y paciencia si alguien se ha dado ya cuenta leyendo este blog de que me patinan las neuronas (la neurona, en el mejor de los casos) al ver que confundo unas palabras con otras o que repito incongruencias. Con mi segundo hijo llegué incluso a preocuparme por nivel de “entontamiento”, porque llegué incluso a tener problemas para expresarme, que se agudizaban sospechosamente al final del día, cuando ya me costaba hasta expresarme con claridad. Y es que el pequeño –ahora mediano- nos tuvo más de dos años sin dormir una noche de un tirón, en realidad empezó a dormir la noche entera un mes antes de que naciera su hermana, con lo cual casi ni hemos notado el cambio con la llegada de un bebé. Estábamos ya programados para dormir en tandas de dos o tres horas. Pero claro, ¿a qué precio?
He contado muchas veces, no me canso de repetirlo, es más me aferro a sus palabras como a un clavo ardiendo porque no hay mucho más escrito sobre el tema, que Margaret Atwood ha contado que cuando nació su hija temió haberse quedado sin cerebro, pero que lo recuperó al cabo de tres años. Eso quiere decir que yo no lo había recuperado todavía después del nacimiento de mi segundo hijo, y ahora ese deterioro se va a agudizar aún más. Oh Dios Mio, quién sabe si no me quedarán secuelas de esto….

miércoles, 20 de mayo de 2009

El pacificador

Al final no ha hecho falta que le metiera yo el chupete de su hermana pequeña (y confieso que tentada he estado de hacerlo más de una vez durante las noches que ha estado llorando desesperando extrañando este artefacto que no por nada en inglés se llama "pacificador"). Se lo ha puesto él solito. El otro día me sorprendió que estuviera tan callado, fui a ver qué estaba tramando y ahí estaba sentando muy satisfecho con el chupete de su hermana bien encajado. "Quiero ormir con tete", me dijo. "Muy bien", le respondí yo, casi aliviada de que hubiera tomado él la iniciativa porque así no me siento yo culpable de haber instigado esta regresión. Y es que de verdad no me siento capaz de tener tantos frentes abiertos. Además, ya dejará el chupete cuando se eche novia.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Chupeteadicción

Lo bueno de tener varios hijos es que puedes empezar a establecer patrones de comportamiento: los flacos y morenos, como el mayor, me salen llorones, mientras que los gorditos y rubios, como el segundo, son más tranquilos. En mi caso se repite esta secuencia: flaco y moreno llorón-rubiogordotranquilo-flacamorenallorona. Una pena que justo el repetido sea el llorón… Y es que mucho me temo que la niña, con su mes y una semana, ya no es la que era en las primeras semanas; su verdadera personalidad se ha descubierto, clavadita a la de su hermano mayor, y llora como si estuviera entrenando para un campeonato. Las primeras semanas, cuando aún me tenía engañada pensando que era buena y tranquila me resistí a ponerle chupete porque ese artefacto es un arma de doble filo: les calma momentáneamente pero luego se enrrabietan cuando en medio de la noche se les sale de la boca. Así que pensaba que iba a poder prescindir de él, hasta ayer, cuando, después de dos horas llorando, en la que ni comer, ni salir a la calle, ni bailar en brazos, logró calmarla, entré en una farmacia a comprarlo. Y de verdad que me sentí como si estuviera capitulando.
Para aliviar mi sentimiento de culpa por la dependencia del chupete convencí a su hermano mediano, aún chupeteadicto, para que tirara su chupete a la basura en un acto de renuncia voluntario, eso sí, a cambio de dejarle una raqueta de tenis de niño supermayor. Así que la noche ha sido movida, por un lado la niña lloraba porque se le caía su chupete nuevo, y por otro, el gordo lloraba porque echaba de menos el suyo viejo… no sé si no he cometido una doble equivocación. A punto he estado de meterle al enano el chupete de su hermana…

miércoles, 6 de mayo de 2009

Control de la natalidad

“Ahora ya os cortareis la coleta, ¿no?” “Os plantareis aquí, ¿verdad?”. “Ahora ya a frenarse”. “Os quedareis con tres”. “No se os ocurrirá ir a por más”, “Con la niña cerrareis el grifo”. “El cuarto ni soñarlo, verdad’”. “Ahora a poner medios”. Todos estos comentarios he tenido que escuchar en las últimas semanas. La gente te lo suelta a bocajarro, prácticamente después de darte la enhorabuena, con esa sutileza tan pero tan nuestra. Y no sólo personas con la que tienes confianza, sino también muchas con las que has hablado dos veces en tu vida, como la vecina de tus padres.
Y digo yo, ¿a qué viene toda esta preocupación por el control de mi fertilidad? ¿Por qué esta presión anticonceptiva? Yo tengo bien claro, clarísimo, que no voy a tener más hijos, pero si quisiera y hubiera decidido continuar trayendo criaturas al mundo, ¿¿a quién le importa???
Esta intromisión en mi vida reproductiva me desconcierta enormemente: parece como si la gente creyera que, ahora que me he sacado la criatura de la panza, la primera cosa que voy a hacer es correr a asaltar a mi marido. Entre toma y toma, a las tres de la mañana, por ejemplo. De verdad, que no sé si soy la única en pensar así, puede que yo tenga un problema y el resto del mundo experimente un aumento de la líbido en el posparto, pero a mí humilde y personalmente el sexo tras el parto –sobre todo tras un parto, no sé si me explico, quizás con la cesárea, que no afecta a esa zona, la situación es diferente- me parece algo de ciencia ficción. Es más, cuando oigo casos de mujeres que se quedan embarazadas poco después de dar a luz, es de las únicas veces en que pienso en la posibilidad de que exista verdaderamente el Espíritu Santo.

lunes, 27 de abril de 2009

Los hermanos de 'la tita'

Contra todo pronóstico, los dos muchachotes de la casa, que hasta el mismo día del parto no querían ni oír hablar de la inminente ampliación de la familia, han acogido con verdadero entusiasmo a su hermanita. Casi diría yo que hasta con demasiado, sobre todo el pequeño, al que para evitar que se sintiera destronado y sufriera celos durante los días que estuvimos en el hospital le convencieron tías y abuelos de que la hermanita era sólo suya, exclusivamente suya.
La estrategia funcionó: el tío está como loco con su 'tita' (como la llama con su lengua de trapo, la palabra hermanita es todo un trabalenguas para él) pero el método –advierto por si alguien tiene la tentación de copiárnoslo- tiene efectos colaterales: a su hermano mayor no le deja que se acerque a la niña, es más, le empuja y, en su exceso de celo, hasta le da patadas para evitar que se ponga cerca de ella.
Su grito de guerra es: 'la tita e mia!', y la defiende cual guardia pretoriana. Y por el momento, por más que hemos tratado de razonar, explicarle y hasta tratar de comprarle con chocolate, no hemos podido convencerle de lo contrario. Y como también le hemos explicado muy bien que con la niña hay que ser muy cuidadosos y que sólo se le pueden dar besitos y caricias, ahora cada vez que quiere conseguir algo alardea de sus nuevos méritos: 'No pego a la tita, sólo beso'. Y cualquiera se lo rebate...
Así que, para evitar que el mayor se sienta marginado, me encierro con él y la niña, sin guardaespaldas, en otra habitación para que me ayude a cambiarla, porque él también está entusiasmado con la hermanita, a pesar de que antes no le hacía ninguna ilusión su llegada ("mejor que no fuera niña, mamá, porque va a tocar comprarle todo nuevo, la ropa y los juguetes, y va a costar mucho", me soltó cuando le dije que iba a ser una nena, este discurso de la crisis está calando hasta en los peques, bien está frenar el consumismo, pero esta preocupación por el gasto me parece ya excesiva).
Así que, por el momento, hemos superado la primera prueba con los hermanos. Eso sí, habrá que ver qué pasa el primer día que nos montemos todos en el coche, porque la niña va a tener que ir encajonada en el asiento del medio (único lugar en el que cabe en nuestro coche, que no está pensado para una familia numerosa), a merced de sus dos hermanos. Nos vendría bien una mampara protectora, algo así como una capota de lluvia blindada, ¿alguien sabe si se comercializa algo parecido?

miércoles, 22 de abril de 2009

La ubre móvil

Es curioso cómo cambian las tendencias/creencias/teorías y prácticas en torno al cuidado de los hijos. Con cada una de mis criaturas he tenido que actualizarme sobre si tocaba ponerlo a dormir panza arriba o panza abajo, porque cada cierto tiempo se piensa que es mejor lo contrario. Y lo mismo me ha pasado con el tema de darle el pecho (opción que me parece la mejor para alimentar a la criatura pero durante un periodo muy concreto: desde el nacimiento hasta que el primer diente asoma la punta. En esos meses, verse convertida en una ubre móvil es muy práctico para todos: el niño se evita infecciones, la madre adelgaza y tiene la comida lista y calentita en cualquier lugar y a cualquier hora).
Cuando nació mi primer hijo se imponía la lactancia materna cronometrada, exactamente cada tres horas, de tal manera que el niño no debía hacer más de siete u ocho tomas al día, y eso ya era mucho. Así que ahí estuve yo madre primeriza, reloj en mano, viéndomelas y deseándomelas para que el enano, que era tragonísimo, aguantara tres horas sin ingerir alimento. Me pasé sus primeros meses echada a la calle, de día y casi de noche, hiciera bueno, lloviera o tronara, para tratar de retrasar las tomas. Y aún así no lograba bajar de diez al día, lo cual para los pediatras era toda una barbaridad y me miraban como si fuera una madre irresponsable que empachaba a su hijo. Con el segundo traté de continuar con ese mismo ritmo y no sé si fue porque el niño era más tranquilo o porque yo tenía ya más experiencia, pero se hizo más llevadero y se acomodó muy bien a las ocho tomas. Pero ahora la niña ha nacido en una época donde lo que se estila es, de nuevo, la lactancia a demanda. Y como una en el fondo es conformista y se pliega a las tendencias de su época, pues ahí que la pongo a comer cada vez que tiene hambre. Tan pronto come cada hora como aguanta cinco, con lo cual ni os cuento lo que varía mi contorno de pecho a lo largo de un día… Más de una vez no me ha quedado más remedio para no reventar que sacarme la leche con uno de esos artilugios que deberían incluirse, sino lo están ya, en la Convención de Ginebra contra la Tortura. Desde luego, pocas situaciones hay tan humillantes como ordeñarse con uno de esos chismes (y ya ni os cuento si te da por hacerlo sentada en un baño público). Ahora me han prestado uno eléctrico que sí, es muy rápido y eficaz (con los artefactos manuales llegué a hacerme un callo en un dedo con mi primer hijo) pero yo no puedo evitar sentirme como una vaca de granja lechera cada vez que me lo enchufo y se pone en marchaf con ese ruidito tan irritante…

miércoles, 15 de abril de 2009

El parto fue mío

Esta entrada tenía que haberse llamado Oda a la epidural y haberse publicado la semana pasada para rendir homenaje a ese gran descubrimiento que yo confiaba, pobre ingenua, volvería a regalarme un tercer parto indoloro y feliz. Pero no me dio tiempo porque me puse de parto doce días antes de lo previsto, y una hora después de tomar un fármaco que es incompatible con la epidural durante medio día. Así que acudí al hospital con el mismo ánimo que un condenado a muerte, plenamente consciente de que mi plan de parto (parir sin sufrir) no iba a poder cumplirse en esta ocasión. Estaba yo muy mal acostumbrada: en mis dos partos anteriores me pusieron la epidural (o en el segundo concretamente una raquis de más corta duración) en cuanto empecé a sentir las contracciones fuertes y prácticamente ni me enteré de la dilatación, es más, estaba tan relajada y tan ricamente, como flotando entre nubes de algodón, que ni siquiera quería que me llevaran al paritorio. Y en el parto estuve plenamente consciente de todo, y, al no estar sufriendo, pude disfrutar la experiencia de ver nacer a mis hijos (e incluso pude cogerlos y verlos tras el parto, no como ahora que no me quedaron fuerzas ni para respirar, y casi hasta me costaba enfocar la vista del esfuerzo).
Esta vez me tocó enterarme de lo que es parir de verdad. Y vaya que sí me enteré, me sentí digna heredera de Eva y de su maldición bíblica de parir con dolor, además en plena Semana Santa, una época muy adecuada para atravesar este calvario. Al no poderme poner epidural, tampoco me dejé meter oxitocina, así que fue todo al ritmo que la naturaleza dispuso. Y en el parto, al ser el tercero y estar ya “el camino abierto” (gráfica descripción de una matrona) no hizo falta utilizar instrumental, así que me lo hice yo todo solita (pero muy monitorizada, eso sí, para controlar que la niña estaba bien). El parto fue mío, completamente mío. Pero de verdad, hubiera preferido que no lo hubiera sido tanto. Confieso que hasta una cesárea hubiera preferido para que me la sacaran sin enterarme. Y de verdad que si en medio de ese trance hubiera caído en mis manos el periodista, o mejor aún el investigador (hombres, sin duda, ambos dos porque una mujer nunca diría absurdo parecido), que hace pocos días difundió la teoría de que en ciertos partos la mujer experimenta un placer parecido al orgasmo, juro que le haría cocer a fuego lento para ver si él también experimentaba algo similar. Qué queréis que os diga, podéis llamarme cobarde, pero la diferencia entre un parto con epidural y otro a pelo es como la que habría entre una sesión de gimnasia un poco dura y una tanda de tortura medieval. No entro en detalles para no espeluznar a aquellas que estén pensando estrenarse en este negocio, pero desde aquí os digo: ¡exigid la epidural, no os dejéis engañar! No puedo entender que todavía haya gente que dice que no merece la pena o que prefieren un parto sin intervenciones. De verdad, que el inventor de esta anestesia se merece un homenaje mundial, un premio Nobel, una plaza en su pueblo o un día fijo en el calendario. Y una cosa tengo clara, y podeis volverme a llamar cobarde o floja, si llega a ser este mi primer parto, se queda de hija única.

P.S. Y la niña, pues está divina, qué os voy a decir yo que soy su madre y además estoy completamente trastornada por las hormonas.

jueves, 2 de abril de 2009

Familias numerosas

Ante mi inminente transformación en madre de familia numerosa (repetirme esto forma parte de mi peculiar terapia para asumirlo), me he puesto a investigar las ventajas (ja, qué risa me da) que tienen esos núcleos familiares en este país nuestro tan apegado a la familia. Después de una concienzuda labor de periodismo de investigación he recopilado esto:
- Rebaja del 7 al 4% el impuesto de trasmisiones patrimoniales si por fin decidiéramos comprarnos una casa mayor (lo cual no estaría mal porque con la nueva criatura vamos a entrar en un nivel de hacinamiento tercermundista).
- Pequeño descuento en el Impuesto de bienes Inmuebles. En mi caso, sería un 20%. Tampoco es para hacer una fiesta.
- Descuento en la factura del agua, no creo sea mucho.
- Ahorro del 45% de la cotización a la Seguridad Social de EVP (la chica que nos ayuda en casa, Enviada por la Providencia).
- Descuento, de un 50% en los polideportivos municipales. Vamos a hacer deporte compulsivamente para aprovecharlo.
- Gracias a la batalla dada por la infatigable Federación de Familias Numerosas (http://www.familiasnumerosas.org/ Renfe ha aceptado que al comprar un billete de tren se pueda acumular el descuento de familia numerosa (un 20%) al de ida y vuelta (otro 20%). Hasta hace muy poco, había que elegir entre uno u otro, como si las familias numerosas no regresaran nunca de sus destinos.
- El permiso de paternidad se amplía de 15 a 20 días, para que el padre se pueda dedicar un día y medio más a cada churumbel.
- Además, hay otras ayudas y desgravaciones, pero son para rentas tan bajas que hay que estar al borde de la indigencia para poder optar a ellas. De verdad que no sé qué pensar, si a los que se ponen a tener hijos con esos ingresos habría que penalizarlos, por inconscientes, o darles un galardón y una renta de por vida.

Y pare usted de contar, a lo mejor se me escapa algo, pero esto es básicamente lo que hay. Al año debe suponer un ahorro de algunos cientos de euros, como mucho. Un poco más, quizás, si te apuntas con toda la familia a todos los cursillos de natación, tenis y aerobic del polideportivo más cercano, o si viajas en AVE cada fin de semana. Nada de ayudas universales por hijo, ni ampliaciones del permiso de maternidad, ni excedencias remuneradas como en otros países europeos que piensan la excentricidad esa de que fomentar la natalidad es garantizarse su futuro. Aquí, quien quiera tener tantos hijos, que se los financie, y si no, que se lo hubiera pensado antes. O que se hubiera dedicado a criar periquitos, que gastan menos.
Ayer se me ocurrió, pobre ilusa, preguntar en el metro si hacían descuento en los abonos de transportes a las familias numerosas y tuve que repetir tres veces la pregunta porque el empleado no la entendía. Cuando comprendió por fin de qué le hablaba, puso la misma cara que si le hubiera pedido un billete para Marte y me dio la misma respuesta, que no, que naturalmente que no.

P.S. Por cierto, mi enhorabuena a Arantza Quiroga, madre de familia numerosa y próxima presidenta del Parlamento Vasco. ¡Con nombramientos así se le van haciendo boquetes al famoso techo de cristal! Y desde luego, dominar a los parlamentarios le va a resultar pan comido con la que debe de tener en casa (cuatro hijos varones).

lunes, 30 de marzo de 2009

Control de esfínteres

Hemos decidido quitarle el pañal a mi hijo pequeño (2 años y medio, 17 kilos). Ante la inminente llegada de un recién nacido a nuestro nucleo familiar, necesito ir reduciendo el consumo de pañales, por cuestiones logísticas (dónde encontrarles acomodo en nuestros concurridos 70 metros cuadrados), prácticas (acarreo desde el super) y, económicas (importante desembolso mensual. Esto me hace recordar una vieja reivindicación: ¿cuándo se va a reducir el IVA del 16% con que están gravados los pañales? Puede que en otra época fueran un objeto de lujo, pero por Dios, ahora son un bien imprescindible, ¿o alguien pretende que nos pongamos a lavar gasas?). No me siento capaz de comprar pañales de tres tallas diferentes, algo así como toda la gama de pañales infantiles (que quede entre nosotros, el mayor se sigue meando por las noches).
Así que hemos decidido acelerar por nuestra cuenta y riesgo el proceso de control de esfínteres, como lo llaman en su guarde (perdón, escuela infantil, no me acostumbraré nunca, lo siento). A cambio me ha tocado invertir en calzoncillos y pantalones para afrontar todos los despistes y percances. Y nuestras vidas están ahora vidas pendientes del reloj. “¿Quieres hacer pis?”. ¿Pis, mi amor?”. Cada hora, como mucho, lo llevamos al wáter para que por lo menos se contemple el pito. Cada vez que va, aunque no haga nada, tira de la cadena, con lo cual este proceso también es una inversión en agua, pero me consuelo pensando que compenso el daño ecológico con la celulosa de los pañales que hemos dejado de usar. Por el momento no va mal, pero el proceso promete ser lento, y no voy a entrar en detalles escatológicos.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Toca comprar cochecito

A pesar de mi condición de multípara (odio las palabras con los que los ginecólogos nos califican a las embarazadas-parturientas. Primero fui una primípara añosa y ahora soy una multípara, ambos nombres me suenan a ave rapaz en extinción), no tengo coche para la niña. Con mis dos hijos anteriores usé el mismo, que acabó completamente destrozado. Luego compré una silla de paseo, de esas ultraligeras, pero claro, necesito un coche para el primer año de la nena (que sigue sin nombre, voy notando cómo la tensión y la impaciencia aumenta en mi entorno. Se multiplican las insinuaciones del tipo: “No recuerdo cómo me habías dicho que se iba a llamar”.). Ya me puedo dar prisa en comprarlo porque como se me adelante, me pilla sin él (y sin canastilla ni nada preparado). Así que llevo unos días concentrada en realizar un estudio de mercado sobre las diferentes opciones. Hay dos puntos que me parecen determinantes: no quiero un coche con un capazo de esos rígidos, como el que usé con los otros dos niños, porque siempre me dio la impresión de estar paseando un ataúd o una balsa. Y también me gustaría que la silla de paseo tuviera la posibilidad de ir de cara a la madre, para así irle haciendo tonterías por la calle. Un estudio hecho en Inglaterra que cayó una vez en mis manos aseguraba que ir mirando a la madre, aunque vayan poniéndoles caras de payasa, cuando van de paseo estimula el desarrollo psicológico y que los niños que crecen de esta manera tienen un coeficiente intelectual superior. Naturalmente no quiero privar a mi niña de tantas ventajas, aunque ahora que lo pienso, esto supondría un agravio comparativo para sus hermanos, que fueron siempre mirando hacia adelante, privados de los enormes beneficios que les habría reportado irme viendo la cara de payasa.
Así que las opciones se me reducen mucho, de manera inversamente proporcional al aumento del presupuesto para comprar uno de esos cochecitos ultramodernos de los que no que no diré el nombre porque no quiero hacerles publicidad (al menos no gratuita, se entiende).

domingo, 22 de marzo de 2009

Harta del bombo

La niña – que aún no tiene nombre - está ya en la pole position con la cabeza completamente encajada en la pelvis. Mi pelvis. Como pesa ya tres kilos y doscientos gramos, no tiene mucho espacio para moverse, así que empuja con las piernas contra mis costillas. Mis costillas. Y mi esternón. No voy a entrar en detalles sobre las molestias que esta situación me origina (ni sobre las noches insomnes ni los problemas digestivos, ni otras dolencias varias ocasionadas por esta peculiar situación fisiológica) porque no quiero convertirme en una plañidera y porque habrá quien me diga –siempre hay alguien que lo dice- que “sarna con gusto no pica” o que me lo hubiera pensado antes, o que ya sabía dónde me metía. Sí lo sabía. Efectivamente lo sabía, pero eso no quita para que ahora, en este preciso momento en que un talón acaba de doblarme una costilla, esté hartísima del bombo. Sólo diré que prácticamente no puedo caminar por el dolor– estoy ya de baja en casa- y que el otro día que se me ocurrió acercarme a la farmacia, a 50 metros de mi portal, me quedé paralizada por el dolor en medio de la calle y en serio que pensé que la niña iba a nacer ahí mismo. Así que estoy en casa. Inmovilizada. Esperando. Y aún estoy de 36 semanas, así que me podrían faltar todavía tres o cuatro hasta mediados de abril cuando en teoría salgo de cuentas. De verdad que quien diga que el embarazo es una situación maravillosa tendría que ser ingresada en un psiquiátrico y yo hasta sugeriría quitarle la custodia del recién nacido.
Tener a una criatura de más de tres kilos de peso encajada entre la pelvis y las costillas es antinatural. Entiendo que el útero materno es el mejor lugar para que la criatura termine de formarse y blablabla, pero sinceramente, con tres kilos y doscientos gramos ya estaría estupendamente fuera. Esto es un anacronismo. Por Dios, que inventen algo. Aunque eso sí, a mí ya no me pillan otra vez en estas.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Homenaje a los padres

El otro día un amigo me dijo que cuando leía mi blog se sentía como “el enemigo”. Nada más lejos de la realidad ni de mis intenciones que meterme con los sufridos padres de nuestras criaturas, con los que compartimos desvelos, insomnios, fiebres, discusiones e incluso planes de divorcio a altas horas de la madrugada. Papás y mamás estamos en la misma trinchera. Frente a las fieras. Así que aprovechando el 19 de marzo, quiero rendir mi particular homenaje a los padres, sobre todo a los que:
- Se levantan como autómatas una y otra vez –como si carecieran de memoria reciente- en medio de la noche al oír el lloro de uno de sus retoños.
- Ceden su sitio en la cama a una criatura llorosa y se van a dormir al sofá. E incluso ceden el sofá, y se preparan un café a las seis de la mañana, si criatura tras criatura se han ido meando en sus camas y ya no hay dónde acostarse.
- Preparan biberones de madrugada, aunque muchos días no sepan ni qué le están echando.
- Sacan a los niños de paseo el domingo por la mañana para que la madre de las criaturas pueda quedarse un rato tranquila en casa.
- Han hecho un máster en aprovechamiento del espacio físico para que en el maletero del coche quepan todas las bolsas, todas las neveras de comida y bebida, las sombrillas de playa, todos los juguetes, los balones de futbol, los patinetes y hasta los triciclos y los cubos y las palas.
- Cambian pañales con tal destreza que ganarían cualquier contrarreloj de limpieza de culitos.
- Llevan a los niños al cole por la mañana y van repasando la lección, la poesía o los deberes que corrigieron juntos la noche anterior.
- Cuentan cuentos noche tras noche, tras noche tras noche, tras noche tras noche.
- Nos aguantan con paciencia, e incluso algunos días hasta con buen humor, a las madres embarazadas.

¡Feliz día del padre!

lunes, 16 de marzo de 2009

Un despertar cualquiera

En otra vida anterior que recuerdo vagamente haber vivido me gustaba levantarme con calma y en silencio, poner el despertador diez minutos antes de la hora para desperezarme sin prisa, irme despertando poco a poco y luego poner la cafetera para prepararme ese café negro que necesito desesperadamente tomar nada más levantarme, y beberlo lentamente en silencio, siempre en silencio. De hecho prácticamente ni hablaba con nadie, y ni siquiera ponía la radio para disfrutar de la calma de esos primeros minutos del día, todavía inmersa en las brumas del sueño. Y de esa paz matutina sacaba yo las fuerzas para enfrentarme al nuevo día con serenidad. Casi igual que ahora, que el día menos pensando me va a dar un infarto al minuto de haber abierto un ojo. Este es uno de mis despertares prototípicos a dos bandas:
- Mamá, que me dibujes a Bob esponja. (chilla mi hijo mayor levantándome la persiana, arráncandome el edredón y tirándome encima una libreta y dos pinturas).
- Biberón tate (apunta el pequeño en su media lengua troglodita para pedir un biberón con colacao).
- Pero amarillo, tienes que pintarlo amarillo, que Bob esponja es amarillo.
- Biberón taaaaaaaaaaaaaate.
- Las manos, te faltan las manos.
- Biberoooooooooooooooon TAAAAAAAAAAAAAAATE.
- Los ojos están torcidos, parece que está enfadado y no lo está.
- TAAAAAAAAAAAAATE.
- Pero en la mano tiene el dedo hacia arriba, no así, que parece que está saludando.

A todo esto ya me he levantado con el bloc en la mano y corro a poner el biberón en el microondas para calmar por lo menos a uno.
- No así, no está haciendo el gesto de la victoria, sigue pareciendo que va a saludar.

Le cambio la mano, mientras echo el colacao el biberón del otro.
-
- Ay. TEEEEEEEEMA (palabra en troglodita para indicar que quema, es decir, que la leche está medio grado por encima de lo que a él le gusta).

Pongo el biberón bajo el grifo y se me salpica el bloc de dibujos del otro.
- Que me has mojado a Bob!!!!!!!!!!!!!!. Ahora lo tienes que repetir. Mejor, porque te había quedado muy feo. No se parecía en nada.
- Maaaaaaaaaaaaaaaa TAAAAAAAAAAAAATE (que tiene poco colacao el biberón, este hijo me ha salido un gourmet).

Echo más colacao al biberón, me siento para dibujar de nuevo a Bob Esponja y pienso que aún no he puesto la cafetera y que necesitaría desesperadamente tomarme un café. En silencio. Pero eso era en otra vida.

jueves, 12 de marzo de 2009

De mala educación

Hace mucho que nos impusimos la norma de no ver el Telediario de las nueve para evitar que el mayor viera noticias violentas (o sea, la mayoría), pero aún así, hay días que no puedo evitar encenderlo unos minutos para echarle un vistazo mientras él se pone el pijama y se lava los dientes antes de irse a la cama. Y más de una vez le he pillado acechando a la entrada del salón para ver la tele furtivamente. Y esto le hace sacar las conclusiones más sorprendentes, como esta última: "Mamá, ¿verdad que llevar una escopeta es de muy mala educación?'".

lunes, 9 de marzo de 2009

El techo de cristal

Como todos los años en el Día de la Mujer Trabajadora, medios y políticos nos recuerdan el trecho que aún falta por recorrer para alcanzar la plena igualdad. Yo soy plenamente consciente de que tener un tercer hijo va a complicar mi desarrollo profesional. Las estadísticas no son nada halagüeñas: el impacto del tercer hijo sobre el trabajo de la madre es demoledor. Tengo dos amigas embarazadas también de su tercer hijo, ambas excelentes y exitosas profesionales, y no sé cómo decirles que sus perspectivas de promoción profesional van a caer en picado. Siempre según las estadísticas, es muy probable que alguna piense en dejar de trabajar por un tiempo o reduzca jornada. Yo pretendo seguir trabajando a tiempo completo, entre otras razones, para seguir dando de comer a toda la prole. Mis amigas también. Pero con tanto hijo, me remito de nuevo a las estadísticas, se reducen las posibilidades de hacer algo importante.
Vamos, que ya es prácticamente imposible que una de nosotras llegue a ser presidenta del gobierno, o tener cualquier otro cargo vistoso, como mucho nos tendremos que conformar con el de presidenta de la comunidad de vecinos. A no ser que la ministra de Defensa, Carme Chacón, que ya rompió moldes y se hizo famosa en todo el mundo por pasar revista a las tropas embarazadas, siga teniendo hijos y llegue a La Moncloa. Desde aquí la emplazo, y le mando todo mi apoyo, a que se convierta en la primera madre de familia numerosa que llega a ser presidenta de gobierno. Pero mientras eso ocurre, creo que el techo de cristal va a descender unos centímetros, y eso que ya lo tengo bien encima de mi cabeza. En pleno permiso de maternidad de mi segundo hijo me llamaron para hacerme una buena oferta profesional. La rechacé sin dudarlo, porque hubiera supuesto muchas mas responsabilidades y me hubiera exigido mucho más tiempo, algo que no me apetecía con el pequeño de cuatro meses. Pero cuando estaba agradeciendo el ofrecimiento, notaba como yo misma me agarraba con las dos manos al techo de cristal y me golpeaba con él la cabeza. Clon, clon clon estuve escuchando durante varias semanas.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El café del Dr. Estivill

Alguien que firma como Tripadre, que deduzco que será padre por triplicado, me manda este comentario descacharrante sobre la entrada ¡Duermete, niño! (publicada en noviembre. Ver Archivo). Lo reproduzco íntegro porque es fantástico. Perdón de nuevo, Dr. Estivill.

El Dr. Estivill es un ser peligroso, enemigo público nº 1 lo llamaría yo, responsable que que nosécuántos cientos de padres torturen a sus hijos asomándose a su habitación diciendo "no te preocupes, ahí tienes tu almohada y tu entorno seguro, dice el Dr. Estivill que te duermas"; y eso cronómetro en mano. Si yo fuera camarero del bar donde el Dr. Estivill se toma el café por las mañanas pasaría esto: -
Buenos días
- Por la mañana
- ¿Me pone un café con leche?
- Miiiira, bonito, un café con leche no es lo que necesitas a estas horas. Anda, yo estoy aquí contigo al otro lado de la barra ¿no te basta?
- ¡Que si me pone un café con leche!
- Que siii, bonito, relájate, tienes aquí tu entorno conocido, el bar de todas las mañanas, y yo estoy aquí, donde siempre, al otro lado de la barra, tú relájate, pero un café con leche, no.
- ¡Que me ponga un café con leche, leches!
- Mira: voy a marcharme ahora a atender a esos señores, y voy a volver dentro de un ratito a ver si ya se te ha pasado lo del café con leche ¿vale, bonito?
- ¡QUIERO UN CAFÉ CON LECHE AHORA!
(Pasan 2 minutos)
- Ya estoy aquiiiii. A ver, que quieres un café con leche, pero ya te he dicho, bonito, que te puedes pasar la mañana sin café, que no pasa nada, que estamos todos aquí contigo, te queremos, te apoyamos.
- ¡UN CAFÉ CON LECHE! ¡UN CAFÉ CON LECHE! ¡UN CAFÉ CON LECHE!
(Pasan 3 minutos)
- Hala, vayan recogiendo que vamos a cerrar el bar.

martes, 3 de marzo de 2009

En el coche, radiomamá

Estamos ya llegando, un poquito más y llegamos. No falta nada, pero si te duermes se te hace más corto. No, no te vas a perder nada si te duermes. Toma galletas. No, chocolate, no, galletas, riquísimas. Mira, una vaca, cómo hace la vaca, Muuuuuuu!!!!!!!! Anda, un pajarito volando. Mira cómo vuela, ¡qué altooooo! ¿y cómo va cantando mientras vuelta? pirripipipi. No, los pajaritos no se chocan si cantan mientras vuelan. Mira un toro. Pues porque tiene pito, si fuera una vaca no tendría ese pito. ¿no lo has visto que grande? No, no damos la vuelta, vete mirando que seguro que ahora pronto vemos otro, por aquí hay muchos toros. Pero claro, tienes que ir mirando sin llorar, porque si vas chillando y llorando ahí es cuando no ves nada y se te pasa todo. Toma, otra galleta, no chocolate no tengo. No, no la escupas que no te voy a dar otra. Toma agua, bebe solito pero no te la tires encima. Sí, toma, te paso la botella, esta todavía fresquita, pero la han llenado de migas, no te importa, ¿no? Que ya llegamos, no falta nada, nada, ya casi veo la catedral. Vamos a cantar todos un poquito, el señor conductor no se ríe, no se ríe. También tú te podías reír un poco, que a los niños les disgusta verte tan serio. ¿Hace falta echar gasolina o tú crees que llegamos? Es que me he olvidado la tarjeta de crédito y sólo llevo 20 euros para todo el día, ¿has cogido tú tu tarjeta?. ¡Un conejo! Cómo corría con las orejitas hacia atrás. ¿Lo habéis visto? Claro, porque vas llorando, así no ves nada. Pero si se ha ido ya, no lo vamos a encontrar nunca. No, papá no va a dar la vuelta para buscar al conejo. A ver, vamos a mirar todos y quién vea un conejo tiene un premio sorpresa. No te puedo decir qué es, porque es sorpresa, sino no sería sorpresa. No, el conejo no hace guauau, eso es el perro. Pues no sé cómo hace el conejo. ¿Tú lo sabes? Será que no hablan ni hacen ruido, son animales silenciosos. Se comunican moviendo las orejas. A la derecha, no, a la derecha, que te he dicho tuerzas a la derechaaa. Ah, vale, era la izquierda, ya sabes que siempre me lío, debías haber entendido que si digo derecha en realidad es la izquierda. Bueno, no importa, seguro que dentro de poco podrás dar la vuelta y entonces ya coges bien a la izquierda. ¿Quieres otra galletita? No, chocolate no tengo, sólo galletitas, mira qué rica. ¿Dónde has tirado el chupete? mira tú a ver si encuentras el chupete de tu hermano. Claro que tienes que ayudarme, que yo no llego hasta ahí abajo, anda pónselo tú. !ala, que chupetazo me ha dado! que barbaridad. Y tú, ¿de dónde has sacado ese bastón? Vuelve a meterlo en el maletero ahora mismo que en el coche no se puede jugar con bastones que molestáis a papá que va conduciendo y podemos tener un accidente. Claro, si nos chocamos contra un camión nos aplasta. Mira, un camión lleno de cerditos. ¡Qué gordos! No, no los van a matar, los llevan de excursión. Que no, que no los van a matar, sólo los matan cuando ya son mayores. Sí, el jamón lo hace con cerditos, pero no de estos, estos van de paseo. Espera que no te oigo con este chillando, pero ¿quieres dejar de gritar un poco? No te sueltes, que no te sueltes, que no puedes ir levantado que nos pone una multa la policía. No, a la cárcel no nos llevarían, pero sí nos pondrían una multa. Pero ¿cómo has logrado saltarte? Para, para, que se ha puesto de pie.

Hora y media más tarde, llegamos por fin a nuestro destino. Mi marido dice que está machacado de conducir en esas condiciones, que le duele la cabeza, y que salga yo un poco de paseo con los niños, que para eso vengo más descansada sin conducir.

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