domingo, 30 de noviembre de 2008

Mi vida sin hijos -por una vez-

Imaginaos: dormir hasta las diez de la mañana, remoloneando en la cama. Levantarse con calma, desayunar plácidamente, sin ponerle mantequilla a nadie, ni servir zumos, ni limpiar colacaos derramados, y volver a la cama a leer un rato. Sí, a leer en la cama. Ir a un museo y pasarse dos horas leyendo y releyendo todas las explicaciones y hojeando catálogos en la librería, sin temor a que nadie se rescuelgue de una vitrina y te toque fundirte los ahorros guardados para la entrada del piso en una obra de arte abstracto que ni te va ni te viene. Comer en un restaurante de varios tenedores y varias copas de cristal encima de la mesa, servida con mantel de lino y donde suena música clásica. Volver al hotel para seguir leyendo delante de la chimenea, sin vigilar que nadie se precipite dentro del fuego y se incinere. Cenar, de nuevo con varias copas sobre la mesa, sin tener que estar agarrando el mantel, aunque yo lo sigo agarrando porque ya he cogido la costumbre de agarrar siempre el mantel y las copas mientras como. Y hablar, hablar en voz normal, incluso baja, tan baja que casi ni me oye el camarero, sólo por el placer de hacerlo. Y contarse cosas, es decir, yo te cuento, tú me oyes y me respondes algo relacionado con lo que te he contado, que al principio casi hasta me cuesta hilar una conversación normal sin interrupciones.
¿A qué suena a ciencia ficción? Así ha sido nuestra vida SIN hijos este fin de semana -gentileza de los abuelos, ¡vivan los abuelos de mis hijos y de todos los hijos del mundo!-.
Todo un deleite para los sentidos.

viernes, 28 de noviembre de 2008

¡Duermete, niño!

No sé si será algo que les trasmito durante el embarazo, alguna sustancia que atraviesa la placenta, pero tengo que asumir que mis hijos me salen prácticamente insomnes durante los tres primeros años de vida. Se despiertan continuamente. El mayor tardó dos años y medio en dormir una noche entera (cuando lo hizo, me levanté asustada pensando que le había dado un síncope) y el pequeño va por el mismo camino. Se despierta llorando hasta diez veces por noche.
Como la mayoría de las madres de este país me he leido, estudiado, memorizado, el libro Duermete niño. Con poco éxito, debo confesar. Pero no por ello pierdo fe en el método, que ahora estoy poniendo de nuevo en práctica.
Doctor Estivill, por si alguna vez leyera esto, aprovecho para darle la enhorabuena por el bestseller (todo un filón ha descubierto usted en el insomnio infantil), y con todos mis respetos ¿no ha pensado nunca usted, que tanto se ha preocupado por el bienestar y la armonía de la familia, en abrir una línea de teléfono 24 horas para que le hagamos consultas de emergencia y ya de paso nos desahoguemos y nos acordemos, sólo un poquito y con muy buena educación, de su santa y querida familia?.

martes, 25 de noviembre de 2008

¿Hermanito o hermanita?

Mi hijo mayor no ha asumido todavía lo de que vamos a ampliar la familia -el pequeño ni se entera todavía del tema-. Es como que se resiste a aceptarlo. De hecho, no quiere ni hablar del tema (él, que habla tanto, y de todo). El otro día, por eso de irle familiarizando con la nueva familia, y valga la redundancia, le pregunté si le haría ilusión tener otro hermanito. “Pues no, con uno ya me basta”, fue su categórica respuesta. Entonces le pregunté si preferiría una hermanita. “Pues tampoco, porque entonces habría que comprar todo nuevo, los juguetes, la ropa, así que mejor que no”.
Y no sé qué pensar, si que me ha salido muy austero, o que el ambiente este de pánico por la crisis económica es tal que está calando hasta en los niños...

lunes, 24 de noviembre de 2008

Lunes 'horribilis'

Los lunes no son nunca un buen día. No lo son en circunstancias normales, menos aún cuando anuncian súbito cambio de tiempo, con entrada de frio polar y temporal invernal. Y si a eso le añades que además no has dormido nada en todo el fin de semana, pues ya ni te digo. Porque dormir, lo que se dice dormir, en el sentido de descansar, recuperar fuerzas y enlazar una hora tras hora roncando a pierna suelta, pues no hemos dormido nada. Ni el viernes. Ni el sábado. Y menos todavía el domingo, porque nuestro angelito de dos años, dos meses y 17 kilos se ha empeñado, por alguna extraña razón, en someternos a la tortura –porque esto está clasificado como tal por todos los tratados y convenios internacionales- de despertarnos cada media hora con alaridos, llorando desconsolado como si le fuera la vida en ello. Cada media hora. A las 11. A las 11 y media. A las 11 y cuarentaycinco. A la una. A la una y media, y a las dos.... y así hasta las cinco, cuando el angelito, extenuado, ha cogido por fin el sueño. “Esto no se lo hacen ni a los presos de Guantánamo”, se quejaba su padre esta mañana, hecho un trapo, mientras se afeitaba. Y hecha otro trapo, sólo que con más barriga, me encaminé yo a mi trabajo, en este lunes horribilis, de viento frio y rastro de nieve en el horizonte. Y claro, cuando el lunes empieza así, tan lunes, pues no puede terminarse todo ahí. Y en plena reunión semanal se me ha desplomado la tensión, que hasta estrellitas he empezado a ver mientras hablaban mis compañeras. “No sé cómo te tienes de pie”, me ha dicho la enfermera de la empresa, alucinada al ver que tenía la mínima por el suelo. Y eso digo yo, que no sé cómo me tengo de pie. Pero me tengo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Tiranía nocturna

Ahora mi hijo pequeño ha descubierto que se orienta perfectamente en la oscuridad (debe de tener visión nocturna, como los buhos, porque sino no lo entiendo) y todas las noches, a eso de las tres o las cuatro de la mañana, repta panza abajo por su cama para esquivar el protector, se tira el suelo y atraviesa TODA la casa a oscuras, aporreando las paredes con el chupete hasta que llega a nuestra habitación. El primer día me dio un vuelco el corazón al oir ruido y ver cómo se abría sola la puerta (a él, como es bajito, no le vi), ahora ya me he acostumbrado a su procesión nocturna y cuando oigo sus pasos, ya enciendo la luz para esperarle. Y claro, aquí no hay Duérmete niño que valga, ni otro método de persuasión. Sólo queda plegarse a sus condiciones (como si de un secuestro en alta mar se tratara) para lograr que nos libere y nos deje volver a dormir. Así que, sumisos y avergonzados de nuestra poca autoridad y nuestro escaso éxito, le preparamos con las orejas gachas y el cerebro desconectado un biberón y su padre –a esto yo me he negado por principios- le lee un cuento, ¡escenificando hasta los sonidos de los animales!. ¿Y ante esto, qué podemos hacer? ¿Alguien conoce la manera de inmovilizar a un menor en su cama?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Castigado en el cole

La verdad que no hemos empezado muy bien el cole con el mayor. Ya va a primero de primaria, un año importante, se acabó el cole de los niños pequeños, ahora ya es el cole de los grandes. Así se lo repetimos todo el verano, haciendo una nada sutil labor de operación de cerebro. Empezó las clases con muchas ganas, feliz con su mochila nueva, todos sus libros bien forrados, con su nombre puesto. Y con muchas ganas también ha debido de estar montándola en clase, hasta que un día la profesora nos lo sacó de la mano a la salida para quejarse de que no atiende nada en clase, que revoluciona a todos, y que cuando le castigó poniéndolo de pie en una esquina, se había puesto a tirar las cosas por los aires. Me entró tal ira que tuve que contar hasta diez para lograr hablar con el pequeño rebelde y explicarle que había caído sobre él el Castigo Total: se acaba el parque, el chocolate, la tele y los cuentos hasta nuevo aviso. Hubo lloros y pataletas durante un buen rato. Más lloros y más pataletas (al final, el castigo es, en realidad, para toda la familia) al día siguiente, hasta que empezó a asumir su suerte.
A los tres días de clase, le vi más tranquilo y le pregunté qué tal había ido:
- Mucho mejor
- ¿Ah, sí? ¿Mejor? ¿No te han vuelto a castigar?
- Sí, pero durante el castigo me he portado muy bien, he estado calladito, como hay que estar cuando te castigan.
Y me sonrió muy contento, con cara de no haber roto nunca un plato y, de verdad, que me dejó tan desarmada que no supe ni qué contestarle.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Afonía

Llevo cuatro meses afónica. Me lo dice toda la gente, sobre todo al teléfono: “Uy, qué voz tienes, ¿qué te pasa?”. Al principio, en verano, pensé que se debía al aire acondicionado tan fuerte que hay en mi oficina. Luego lo atribuí a los cambios de temperatura propios del inicio del otoño. Últimamente, a los primeros fríos y los virus que traen inevitablemente. Pero hoy, que hace buenísimo, que no hace frío, que no tengo catarro, y que estoy más ronca que nunca, estoy empezando a pensar que me estoy quedando afónica de tanto gritar en casa. Y no sólo eso, se me está quedando también un cierto tono castrense a la hora de hablar. Es lo que tiene el ejercer la autoridad: “Que te quites el pantalón, que te he dicho que te quites el pantalón que está la bañera lista, que te quites ya el pantalóooooooooooooooooooooooooonnnnnnnnnnnnnnnnnnnn y vengas corriendo!”. “Como vuelvas a pegar a tu hermano te quedas sin postreeeeeeeeeeeeeee!!”. Esta tendencia se incrementa sobre todo por la noche, cuando mis habilidades negociadoras y mi paciencia se están ya agotando: “A lavarse los dientes, hacer un pis, recoger las pinturas y a la cama!. He dicho que ya mismooooooooooooo!”.
Tengo un amigo que trabaja en el ejército; quizás debería preguntarle por un foniatra castrense para que me indique algunos ejercicios porque a este paso me voy a quedar sin voz.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

¿Cuánto puede comer un niño?

Después de dar pena el otro día con nuestros avatares nocturnos, ahora voy a dar envidia con las comidas (sobre todo a ese lector anónimo que me quiere regalar a sus hijos a la hora de comer, quizá podríamos hacer un intercambio: que duerman todos en su casa, donde parece ser que se duerme de un tirón, y que coman todos en la mia, donde se rebaña el plato). A lo que iba: Mis hijos -ya va siendo hora de limpiar un poco el buen nombre de los pobres*- se comen TODO lo que se les pone delante a una velocidad de vértigo. El mayor siempre comió bien, pero el pequeño lo ha superado. En sus 26 meses de vida, nunca ha escupido nada. NADA, ni las medicinas. Se lo traga todo, sin miramientos. Sea lo que sea. Pasó directamente de comer papillas a meterse cebolletas en vinagre en la boca. Hay que tener cuidado con él porque nos quita la comida del plato, ya sean sardinas en escabeche o alcachofas picantes. El otro día les puse delante un plato de pescado delante, me di la vuelta un minuto para responder el teléfono y cuando volví ya estaban sus platos relucientes. Hasta miré debajo de la mesa para ver si los habían vaciado ahí.
Pero esta voracidad troglodita tiene también, aunque cueste creerlo, sus inconvenientes: no se sacian nunca. Siempre quieren comer más. A todas horas. el pequeño se pasaría el día entero ingiriendo alimentos. El año pasado llegué a preocuparme cuando le quitaron la custodia a los abuelos de un niño (en Asturias, creo) porque comía demasiado y estaba obeso. El mio, obeso lo que se dice obeso no está, pero nadie diría que está flaquito. Y claro, a una le surgen dudas: ¿cuánto puede comer un niño? ¿cual es el límite de su estómago?

*Prometo que esta será la primera y última entrada del estilo "Pero qué bien me come mi niño". Con esto doy por cerrado el tema.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Biberones nocturnos

No podemos seguir así. Nuestra situación nocturna lejos de mejorar, empeora. El pequeño ha retomado la costumbre de pedir un biberón a la una o las dos de la mañana, con lo cual, entre el que se toma después de cenar y el que pedirá a las seis o las siete de la mañana, se mete tres biberones, más de 600 ml., en diez horas. Y con sus dos años y sus 17 kilos pues bien podría aguantar un poco más. Así que anoche decidí que hasta aquí habíamos llegado. Esto no se lo conté al padre de las criaturas, que se fue a dormir muy tranquilo, pobre inocente, ajeno a lo que le/nos esperaba. A la una y media, exactamente, y 35 empezó la fiesta. "¡Mamá. Mamáaaa –aaaa. Mamá!". A los pocos gritos, tras cerciorarme de que no era un grito aislado en sueños, me levanté a tranquilizarle, y a explicarle muy calmada y pedagógicamente que era muy pronto para el biberón del desayuno y que tenía que seguir durmiendo. Mi explicación, lejos de convencerle, le provocó un ataque de rabia y retomó sus gritos. "¡Mamáaaa. Mamá. MAMAAAAAAAA!". Y así en todas las variantes, modalidades y tonos que un niño que aún no habla es capaz de lograr. A la media hora, ininterrumpida, volví a explicárselo de nuevo, ya un poco menos calmada y menos pedagógica. Aumentó su rabia y retomó sus gritos aún más altos. Así nos dieron las dos y media. Y las tres. Y las tres y media. Yo trataba de explicarle al padre que todo esto lo estaba haciendo por nuestro bien, que era cuestión de un par de días, tres a lo sumo, el quitarle la costumbre. A las tres y media, con el niño ya casi afónico, mi marido furioso mascullando y un sospechoso ruido de pasos, luces y de cisternas en las casas de mis vecinos, me levanté (normalmente hacemos turnos el padre y yo, pero hoy me sentía yo responsable de la situación), me tragué mis principios, mi pedagogía y mis buenos propósitos con un vaso de leche con galletas y le llevé el biberón a la fiera.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mi reino por un 'gimlet'

Hoy por fin he amanecido sin nauseas. ¡Aleluya! Pensaba ya que mi vida iba a ser un mareo continuo y crónico, eternamente subida a un carrusel de feria. Y hoy, por fin me siento normal. Estoy tan feliz que casi ni me importa tener tripa. Y ahora, para celebrarlo, el cuerpo me pediría tomarme una copa, un gimlet para ser exactos (mi cocktail favorito, quién no lo conozca ya tiene algo que hacer esta noche). Pero que no cunda el pánico que no voy a hacerlo, hasta ahí llega mi responsabilidad de madre. Me tendré que conformar con una cervecita o una copita de vino con la cena, porque eso sí, confieso - aún a riesgo de quedar como una total irresponsable y de perder lectores escandalizados- que durante los embarazos no me he privado nunca de tomarme media cervecita o media copita de buen vino con la comida (menos mal que este blog es completamente anónimo y es imposible rastrear a su autora, porque sino seguro que habría alguien que me denunciaría para que me quitaran la custodia del bebé en camino y hasta de mis otros dos hijos!!).

viernes, 7 de noviembre de 2008

Reunión del cole

Ayer tuvimos reunión en la escuela del mayor. Era la primera reunión del trimestre y era importante, porque nos iban a explicar cómo están funcionando ahora que son ya niños mayores y van a primaria, y tienen libros y hasta deberes. Estábamos 35 progenitores. 35, de los cuales 33 eramos madres y tres, padres. O sea, una proporción inferior a uno a diez (mejor aún que en la de guardería, a la que asistimos sólo 14 madres). De las que estábamos allí, había madres de todas las modalidades: unas que no trabajan fuera de casa, otras que tienen un trabajo a tiempo parcial y que les deja más tiempo para estar con los niños (elección que nunca toman los hombres, por cierto), y otras que trabajamos a tiempo completo, como nuestros maridos, y nos pasamos el día corriendo con la lengua fuera para tratar de estar en todas partes. Pero el caso es que eramos casi todas madres haciendo un esfuerzo para estar al tanto la vida escolar de nuestros hijos.. ¿Y los padres? Supongo que su trabajo sigue siendo más importante que el nuestro, o eso les parece a ellos, o les resulta más difícil escaparse para ir a la reunión o lo que sea, pero el caso es que sigue recayendo sobre nuestras espaldas de madres el seguimiento diario de los hijos. Y me imagino que lo mismo ocurre en tantas otras reuniones de colegios. A ver, quién haya asistido a una reunión con mayoría de padres, por favor, que me lo cuente ya mismo que necesito recuperar la fe en la implicación masculina.
Anda que no nos queda camino por recorrer hasta alcanzar esa pregonada corresponsabilidad en el hogar y en la familia.... Ay, qué seria me pongo cuando hablo de estos temas, pero es que no puedo evitarlo...

jueves, 6 de noviembre de 2008

Fuimos al cine. Sí, al cine.

Con tanto hablar de penalidades y desvelos se me pasó por alto reseñar el mes pasado un hecho destacadísimo: El padre de las criaturas y yo fuimos al cine con unos amigos. Sí, al cine, esa sala oscura donde, previo pago de una entrada, se proyecta una película mientras todo el mundo mira en silencio y, a veces, come palomitas (se lo recuerdo a quienes, como casi me ocurre a mí, se hayan olvidado de lo que era), y donde la película no se puede parar para preparar un biberón ni para colocar un chupete ni para chillar "¡que te duermas ya, que es más que hora de estar dormido”.
Fue todo un acontecimiento. Reconozco que se me hizo raro ver toda la película de un tirón, sin pausas, he perdido la costumbre de hacerlo así. Llevábamos exactamente año y ocho meses sin ir. Lo recuerdo perfectamente porque no me había incorporado yo todavía a trabajar tras el permiso de maternidad. Así que ha llovido bastante desde entonces y por eso tenía mucha importancia la elección de la película, ya que para una vez que vas, por lo menos ver algo que merezca la pena (la última fue Little Miss Sunshine, un fiasco). Tras muchas dudas, nos decidimos por El Che. Y nos gustó muchísimo, pero creo que mi estado de ánimo era de tal euforia que hasta habría disfrutado con un promocional de Marina d´Or. Y desde ese día aprovecho cualquier oportunidad para comentar, venga al caso o no, la excelente actuación de Benicio del Toro, las fantásticas localizaciones y el buen guión. Y la verdad que me siento como que vuelvo a formar parte de esta sociedad. Simple que es una, que con poquita cosa se conforma.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Nauseas tardías

Llevo cinco días con nauseas. De la mañana a la noche. Me acuesto con arcadas y me despierto igual de madrugada. No debería quejarme porque nunca antes me había ocurrido, sí, ya sé que hay gente que se pasa así meses e incluso hasta todo el embarazo. Pero a mí nunca me había pasado y no logro entender por qué me pongo así ahora en el cuarto mes. Me dice la gente -ya se sabe que hay mucha sabiduría popular al respecto- que será que va a ser niña, porque dan peores embarazos. Ya, ¿pero por qué sólo ahora? ¿Será que el feto ha decidido cambiar de sexo a estas alturas?
Y la verdad que entra nausea y nausea no puedo parar de pensar que quién me mandará a mí meterme, de nuevo, en este lío...

lunes, 3 de noviembre de 2008

Embarazada en el metro

Hoy me han dejado sitio en el metro. Ha sido la primera vez en este embarazo. Y es que para estar sólo de cuatro meses tengo una barriga bastante llamativa –esta todo ya muy usado y dado de sí-. Hoy una chica se levantó y me dejó sentar. Se lo agradecí en el alma porque lo paso fatal de pié. Así que ya soy a todos los efectos una “embarazada a la que hay que dejar sitio en el metro” y eso te coloca en una situación que para mí resulta bastante incómoda porque me siento como si fuera con la tripa por delante exigiendo que los demás viajeros se levanten. Y la verdad que la gente no es que se precipita precisamente al ver una embarazada ni se pega por dejarla sentar. La mayoría se enfrascan en sus periódicos y les puedes golpear la cara con la panza que no se dan por aludidos. Y a mí la verdad que la situación me incomoda tanto que para evitar sentir una vergüenza absurda porque no me dejen sitio me cubro la panza con la bufanda y los periódicos y trato de pasar inadvertida.

Compártelo