jueves, 30 de octubre de 2008

Celos

Parece que mi hijo mayor, que fue el primer hijo, el primer nieto y el primer sobrino, ha superado por fin los celos. Creo. Dicen que es mejor que un niño verbalice lo que le pasa. Que así irá superando los traumas. Si eso es cierto, a él no le ha debido de quedar absolutamente ningún trauma, porque su principal problema justamente es que verbaliza demasiado bien: “Pues estábamos mucho mejor los tres solitos antes de que llegara este gordo peludo que no sabe hacer más que llorar”. O “He cambiado de idea, hubiera sido mucho mejor que hubiéramos encargado un perrito en vez de un hermanito. ¿Ya no lo podemos cambiar?”. Y es que fue él quien empezó con poco más de tres años a reclamar un hermanito, de hecho, un día en el parque hizo llorar a una de sus amigas porque se empeñó en llevarse a su hermanita pequeña, mientras gritaba ¿por qué yo no puedo tener un hermanito?. Pero ese ansia se le pasó en cuanto vio que el hermanito estaba en casa todo el día y que, a pesar de ser pequeño y completamente inútil, reclamaba atenciones continuamente y no tenía ninguna intención de irse por dónde había venido.
De verbalizar su preocupación por la pérdida de la atención exclusiva de sus padres, tíos y abuelos y por la invasión de su espacio vital, pasó a la defensa física del mismo, a bofetón limpio o lanzándole cajas llenas de juguetes a la cabeza. Ahora que su hermano ya camina y juega, se ha dado cuenta de que le puede ser útil tener un pequeño esclavito que corretea detrás haciendo todo lo que le dice y riéndole todas las gracias. No ha vuelto a pedir que lo devolvamos o lo cambiemos por un pequinés.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Que se ha puesto malo el niño

A pesar de que el enano ya va a la guardería, hemos decidido ajustarnos un poco más el cinturón y seguir teniendo chica todo el día, porque sino el cielo se desploma sobre nuestras cabezas cada día que uno de los dos amanece con fiebre, o con vómitos, o con granos rojos, o con diarrea, o con conjutivitis como hoy el mayor... o con cualquiera de los síntomas de los diversos virus que circulan a lo largo de un curso por una clase infantil. El año pasado, después de seis semanas perdí la cuenta de los días que el mayor faltó al cole porque estaba malito. Los días que además estuvo malo el pequeño, -que nunca coinciden, normalmente se pone malo cuando el otro ya se ha curado- ni me molesté en contarlos. Y como no tenemos familia en Madrid - ninguna abuela a mano haciendo méritos para la santidad como tantas miles de abuelas en este país que tanto favorece el camino al cielo a la tercera edad con esa multitud de nietos desamparados- no nos queda más remedio que seguir pagando a la chica -de ahora en adelante EME (En sus Manos Estamos) o EVP (Enviada por la Providencia)- para que venga a casa por si alguno se pone malo. El primer año de cole no tuvimos a nadie por la mañana en casa. Sólo una chica que lo recogía por la tarde del colegio. Así que por la mañana, si el niño no podía ir a clase, o si iba y luego te llamaban (horror) para decirte que se había puesto malo o se había hecho pis ( "el colegio no es una guardería y aquí no tenemos personal para cambiarlo, así que si se hace pis tiene que venir usted o su marido, o una persona que usted designe para cambiar al niño") pues se venía a pique nuestro precario equilibrio vital-laboral y nos tocaba atravesarnos media ciudad corriendo. Recuerdo con horror aquellas madrugadas en que se despertaba con fiebre y yo me lo comía a besos para ver si se me pegaba a mí también y podía quedarme en casa, o me ponía a dar indisimulados botes de alegría si su padre se despertaba también enfermo.
Las comparaciones son odiosas, pero en Noruega, todo padre-madre tiene hasta dos semanas para poderse quedar en casa con el niño. Así, sin más. Llamas, y dices, que está enfermo el enano. Y te quedas ejerciendo de enfermero, preparando zumitos y leyendo cuentos, sin que te corroa la culpabilidad, la mala conciencia y el pánico de estarte jugando el curro. Así de sencillo.

martes, 28 de octubre de 2008

Aún no se sabe

Hoy he tenido revisión y ecografía. Iba nerviosísima pensando que a lo mejor se iba a saber ya lo que era, y deseando que no se viera nada, porque a estas alturas (semana 15), si se ve algo, iba a ser un pito. Pero estaba sentado. O sentada. Con las piernas bien juntas y no se veía nada. Así que a todos los efectos sigue siendo un alien asexuado, con una cabeza enorme. De verdad que parecía uno de esas criaturas de las películas de ciencia ficción. Impresionante. Sólo cuando se llevó una manita minúscula delante del cabezón adquirió aspecto humano. Y casi hasta me emocioné al verlo. O verla.

lunes, 27 de octubre de 2008

Quiero una niña

Voy a reconocerlo de una vez por todas: quiero una niña. Y no tengo ningún reparo en admitirlo. Naturalmente quiero que venga sano, que todo esté bien y esas cosas tan políticamente correctas que se dicen. Pero también que sea una niña. Cualquiera que conozca a mis dos fieras, tan muchachotes ellos, me entendería perfectamente. Quiero una niña cursi, para ponerle coletas, lazos, comprarle muñecas y no regalarle nunca más nada que bote ni tenga ruedas, a no ser un cochecito para sus muñecas. Al traste se van todos mis principios sobre la educación igualitaria.

domingo, 26 de octubre de 2008

El día después

Hemos sobrevivido al cumpleaños, que no es poco. Y sin heridos, ni ningún daño irreparable en la casa -nada más empezar el enano lanzó un vaso de batido de chocolate contra la pared, que quedó como un cuadro de Pollock en su primera época, menos mal que la pintura es plástica y se puede lavar-. Así que casi podemos concluir que fue todo un éxito. Los niños se lo pasaron increible, el momento álgido fue cuando tuvieron que comerse una pera colgada del techo sin usar las manos. Al final, son estos juegos tontos de toda la vida los que dan mejores resultados. Varias décadas y varias generaciones de niños los avalan. Los padres (del cumpleañero) y los 'de apoyo', una de otro invitado y una amiga heroica, acabamos cansados y afónicos de tanto poner orden y dirigir a las fieras. Pero supongo que mereció la pena. El próximo año, más.
Y ahora que recapitulo sobre los hechos, debo decir que fue muy útil tener al enano que iba comiéndoselo todo (incluidos los huevos cocidos que usamos para el juego de llevar huevos con cucharas en la boca). Eso facilitó mucho el recoger luego las sobras. Casi no hubo, sólo lo que no se podía comer.

jueves, 23 de octubre de 2008

Llegó el esperado día del cumpleaños

Hoy es el día. Tenemos fiesta de cumpleaños. Después de muchas y largas negociaciones, al final hemos acordado por unanimidad (en honor a la verdad, reconoceré que ha sido una unanimidad dirigida) celebrar el cumpleaños en casa. A mí darle dinero al Burguer King no me hacía mucha gracia, y tampoco pasar la tarde en uno de esos desfogaderos para enanos llenos de bolas. Así que la única opción posible –sobre todo en estas fechas de finales de octubre con el tiempo tan inestable- era celebrarlo en casa. Hemos logrado cerrar una lista con seis invitados, que unidos a mis dos fieras, hacen ocho criaturas en estado salvaje. Ocho, en setenta metros cuadrados. No sé si estaré aún a tiempo de contratar algún seguro especial “a todo riesgo”. El padre y yo hemos previsto paliar la falta de espacio con ingenio. Mucho ingenio. Muchísimo. Tenemos preparados una serie de juegos para ir acumulando puntos. Y al final habrá un premio. Acabo de sacar del horno la tarta (porque la tarta del cumple siempre la hago yo, faltaría más, es la favorita de mi hijo, con natillas). Y anoche terminamos de preparar la piñata, que es también hecha en casa, que para algo este es una especie de cumpleaños alternativo, anti-sistema. La idea fue del propio cumpleañero, quien, después de pintar las invitaciones, me dijo muy serio “Mamá, la piñata no hace falta comprarla, podemos usar una caja de galletas vacía y llenarla con las chuches que me dieron en el cumple de la semana pasada, que no me dejaste comer y las tienes guardadas en el armario de la cocina”. Debo reconocer que me enternecí y fui corriendo al supermercado a comprar, cosa que no hago nunca, chocolatinas y huevos Kinder para rellenar la caja.

El cerebro de Margaret Atwood

Ahora que acaba de llegar a España Margaret Atwood para recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras recuerdo algo que le escuché decir una vez en una entrevista. Contaba con su gracia habitual que cuando nació su hija le costó muchísimo escribir durante dos o tres años. "Tenía la sensación de que mi cerebro no funcionaba, aunque con el tiempo volvió, le costó, pero funcionó de nuevo". Cualquiera que tenga un hijo pequeño que no duerma sentirá un consuelo enorme al leer esta confesión, hecha por una mujer que ha llegado tan lejos como Atwood. Yo aún estoy esperando que mi cerebro vuelva a funcionar, pero tengo fe en que, como le pasó a Atwood, volverá a hacerlo.

Diez razones para tener un tercer hijo

1- Fe ciega y profunda convicción de que Dios, algún dios, sabe perfectamente los hijos que cada persona debe/puede tener.
2- Preocupación por la financiación de la Seguridad Social y las pensiones de los que ahora están trabajando.
3- Tendencia inconfensable al sadomasoquismo.
4- Amor a la infancia, a su inocencia y su pureza.
5- Horror vacui, o en otras palabras, cuantos más, mejor.
6- Miedo a la soledad.
7- Los 2.500 euros de Zapatero.
8- Síndrome del flautista de Hamelin (te encanta hacerte seguir por seres inferiores).
9- Te sobra el dinero, el espacio y el tiempo.
10- Transtorno mental transitorio causado por una descompensación hormonal o un problema de riego cerebral.

No se me ocurren más razones, llevo un rato dándole vueltas y de verdad que no se me ocurren más. Y en mi caso, sólo podría alegar la décima.

miércoles, 22 de octubre de 2008

¿Lo habeis pensado bien?

Ahora que ya hemos empezado a divulgar la noticia del embarazo la gente nos pregunta, con un tono entre estupor y extrañeza, si lo hemos pensado bien. Claro que no, ni bien ni mal. No lo hemos pensado, porque si lo piensas más de un minuto seguido, naturalmente no te metes en esto. También mucha gente me dice que qué valiente soy, y, de verdad, que casi me dan ganas de llorar cuando lo oigo, porque yo, de todo, menos valiente. Quizás una temeraria y una insensata.

martes, 21 de octubre de 2008

¿Dónde celebramos el cumple?

La celebración del cumpleaños de cada niño es una fecha temida que inexorablemente llega cada año. Ya desde varios meses antes, la misma pregunta comienza a rondarte la cabeza, sobre todo de madrugada cuando ataca el insomnio: ¿dónde lo vamos a celebrar?. ¿Dónde?. Y panza arriba mirando al techo, normalmente mientras tu pareja ronca armoniosamente, comienzas a barajar las distintas opciones. Y por tu mente van pasando imágenes a cual más atroz, de niños chillando en inmensas piscinas de bolas, de las que no hay manera de sacarlos cuando llega la hora de marcharse y de donde salen en un estado tal de hiperexcitación que una vez casi tengo que llevarlo a urgencias a que le inyectaran un tranquilizante. O de los sótanos de algún Burger King convertido en improvisado campo de batalla o de entrenamiento de fierecillas. O, peor aún, de aquella fiesta que se te ocurrió celebrar en casa y que casi acaba en tragedia cuando uno de los encantadores amigos de tu hijo, en el momento en que ibais a soplar las velas, cámara en mano, encendió una cerilla, aprovechando la oscuridad, y la tiró, asustado, a la alfombra, justo cuando otro encantador amiguito se precipitaba del aparador al que nadie le había visto subir y al que nadie pensó nunca que se pudiera subir un niño y menos aún tirarse de cabeza cuando íbamos a soplar las velas. Que cuando por fin despediste a todo el mundo, comprobando uno por uno que no hubiera ningún lesionado, te temblaban todavía las piernas todavía del susto.
Y todos estos recuerdos se intensifican a medida que se acerca la fecha temida. En nuestro caso, concretamente el 24 de octubre, cuando el mayor cumplirá seis años. Y ahí estamos negociando a varias bandas las diferentes posibilidades. En mi fuero interno confieso que casi estoy deseando que monte alguna en casa o en el cole para poder castigarlo anulando la fiesta del cumple.

Todavía no habla

Mi hijo pequeño, que tiene ya 25 meses y medio, sigue sin hablar. Sólo pronuncia palabras bisílabas de una sola consonante. Ese es su límite. Manzana es ana. Yogur es ul. Tata mí significa galletas para mí. Y poco más. Pero por el momento no me preocupa, la verdad. Casi hasta agradezco que empiece a hablar un poco más tarde. Su hermano empezó a hacerlo como un señor, con frases completas, al año y medio, y desde entonces se ha convertido en la banda sonora permanente de mi vida. No calla un segundo y yo no he vuelto a poner la radio. Así que no me preocupo por el otro. Una de sus palabras favoritas es ulo. Se pasa el día señalando el idem de sus peluches, de los dibujos, de las fotos, de la tele, de las estatuas en los parques y de las señoras por la calle. Pero tampoco me voy a preocupar por su fijación por esta parte de la anatomía.

lunes, 20 de octubre de 2008

¿Para qué sirve esto?

Los niños, como todo el mundo sabe, tienen obsesión por las explicaciones. Para ordenar su mundo necesitan saber por qué ocurre TODO y para qué sirve TODO. Cuando tu hijo te pregunta algo que no tienes ni la menor idea de cómo responder (algo que ocurre con inusitada frecuencia, como poco varias veces al día), como "para qué sirven estos picos que tiene en el medio esta tijera tan grande", tienes dos opciones. La primera, salir por la tangente y replicarle, sin inmutarte, la primera demencia que te viene a la cabeza, como "para descuartizar partículas emergentes" o "para desescamar tiburones blancos cuando los tienen de oferta en la pescadería del mercado". Claro, con que esta opción corres el riesgo de desencadenar una secuencia infinito de preguntas: "¿Y cómo las descuartizas?" ?Y cuanto pesa un tiburón blanco?" "¿Lo venden con dientes o sin dientes?". Así que hay que sopesarlo bien antes de lanzarse por esa vía. Pero claro, la otra opción también tiene sus riesgos. Puedes decirle directamente "No lo sé", con cara de sinceridad. Pero ni aún así habrás zanjado el tema. Eso pensé yo el otro día cuando, agotada y sin ganas de iniciar una conversación, lo confieso, le aseguré que no tenía la menor idea de para qué servían esos DICHOSOS picos en la tijera, pensando, pobre ingenua que así zanjaría el tema. Y mi hijo mayor replicó con tono de reproche y desilusión: "Pues deberías saberlo, porque tú eres ya mayor y deberías de saber TODAS las cosas, no como yo, que todavía soy pequeño". Ahí sí que no supe qué contestarle.

domingo, 19 de octubre de 2008

El ataque del virus mutante

Lo siento por T.S. Elliot, pero el mes más cruel no es abril. Es octubre. Y tengo pruebas contundentes para respaldar esta afirmación. Desde que tengo hijos, he pasado todos los festivos del 12 de octubre en la cama, atacada por la última generación de virus mutantes.
Todo empieza siempre de la manera más tonta. Un día un niño tose, parece algo inofensivo y no le das más importancia. Pero al día siguiente el otro tiene diarrea, y a mí me empieza a doler la garganta. Cuando se me están empezando a quitar las placas gracias a los antibióticos, el pequeño ha dejado de devolver, y el mayor ya no tiene otitis, entonces empiezo yo con diarrea, el enano amanece con 40 de fiebre, y el padre de las criaturas se queja de dolor de estómago. Así solemos pasar dos o tres semanas. Muy entretenidos, limpiando vómitos, cambiando pañales cada cinco minutos, buscando el termómetro, que siempre se pierde, contando las horas que pasaron desde el último chute de apiretal, cocinando arroz blanco y preparando leche caliente con miel y limón, que ya tomamos todos por precaución y porque está muy rica.Así que lo siento, poeta, pero es octubre.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Lo normal

El libro que falta por comprar, de inglés. Lo que ha comido uno en el cole. Lo que ha comido el otro en la guarde (perdón, la escuela infantil). Lo que pueden cenar. Si cenan tortilla, uno hoy repite huevo, pero no tengo otra cosa y tampoco pasa nada. Cenarán huevo y luego hacemos abstinencia ovícola durante unos días. La camiseta grande que tiene que llevar mañana el pequeño a la guarde (perdón, a la escuela infantil) para la pintura con dedos. Y los pañales, que se le han acabado. Sobre todo que no se me olviden los pañales que tiene diarrea. El cinturón nuevo de karate. Que ya ha pasado al amarillo-blanco y si sigue llevando el blanco un solo día más le va a dar algo. El adelanto que me ha pedido la chica. La transferencia para la cuenta de los gastos, que está en números rojos. Los garbanzos que tengo que poner en remojo para mañana. La goma para el chándal de uno, que lo pierde. Y la cinta para marcar el abrigo nuevo del otro, que sino se lo extravían. El permiso para la excursión de mañana. El regalo para el cumpleaños de un amiguito, que es también mañana por la tarde. Y las hojas caídas, menos mal que ha hecho viento y hay muchas hojas por la calle, y así las podrá llevar a la guarde.
Todo esto tengo ahora en la cabeza, cuando son las ocho de la tarde y las tiendas están a punto de cerrar y acabo de terminar de volver a casa tras el trabajo. Porque además, está el lío que tenemos estos días en el trabajo, pero eso, visto ahora con dos fieras que se me tiran encima gritando sus exigencias al mismo tiempo, me parece casi hasta un hobby. Y luego me extraño de que me duela tanto la cabeza. “¿Tiene usted muchas tensiones?”, me preguntó el otro día el médico cuando fui a la consulta por lo de las migrañas. “Pues, lo normal”, le respondí, tras dudar unos segundos.

martes, 14 de octubre de 2008

Volumen creciente

Este es mi tercer embarazo y, aún así, a pesar de la experiencia acumulada en estos trances, no logro acostumbrarme a los volúmenes crecientes. No soporto los reportajes del tipo “Disfruta tu embarazo”. El título en sí es ya una contradicción conceptual. ¿Cómo se puede disfrutar esto? Me parece una experiencia horripilante ir viendo cómo tu cuerpo se deforma. En el primer embarazo me sentía como Sigourney Weaver en Alien: poseída por un ser extraño. Quise incluso ponerme una faja, menos mal que una amiga logró evitarlo. Nunca he logrado emocionarme, como les pasa algunas amigas mías, al ver que “vas engordando porque eso significa que tu hijo va creciendo”. No, lo siento mucho, pero yo lo único que siento es que mi cuerpo se deforma de manera imparable y lo único que puedo hacer es aceptarlo lo más resignadamente posible. No comparto en absoluto la visión lírico-poética del embarazo, para mí esto es un trance que preferiría evitar (sí, la adopción hubiera sido una opción, lo sé, quizá la única factible, porque lo de las madres de alquiler son ilegales en nuestro país y la gestación extrauterina aún no se ha desarrollado. ¿En qué piensa la ciencia???).

jueves, 9 de octubre de 2008

Permiso de maternidad europeo

La Comisión Europea quiere ampliar el permiso de maternidad en toda Europa. Se han dado cuenta de que no están naciendo suficientes niños y les ha entrado pavor. Así que proponen unificar un permiso de maternidad de, al menos, 18 semanas. O sea, dos más de las que tenemos en España. Tampoco cambia tanto. Y no han dicho una palabra de ampliar el permiso de paternidad, así que seguimos las mujeres asumiendo todo el peso de traer los niños al mundo. Es como si nos pusieran un cartel fosforecente que dijera "Ten cuidado conmigo, que me puedo coger 18 semanas de baja a la menor de cambio". ¿Y los padres? ¿No pintan nada en todo esto? ¿No puede ser lo de los niños un negocio compartido por los dos sexos? Está claro que hay determinadas funciones (biología obliga) que sólo podemos hacer nosotras, pero ¿y el resto? Y de todas semanas, a las 18 semanas, ¿qué? Por el momento hace falta mucho más que quince días extras para quedarse con el bebé para que la gente se anime a procrear alegremente. ¿Necesitan ideas? Escuelas infantiles, fórmulas de trabajo flexible, días para cuidar a los niños enfermos... Pero no voy a seguir que me estoy poniendo muy seria.

viernes, 3 de octubre de 2008

La crisis y los hijos

Leo en una revista francesa que es curioso cómo, a pesar de la crisis y de la falta de optimismo generalizada, los franceses se han lanzado a tener hijos y han superado incluso la barrera esa de los dos hijos por mujer, que es la que garantiza la renovación de la población y de la que estamos aún tan lejos en España con nuestro modesto 1,37. El autor lo justifica diciendo que, en época de crisis y de desánimo social, la gente busca consuelo y refugio en el ámbito privado. Lo llama concretamente, -cómo son los franceses para filosofar sobre todo- “la individualización de la felicidad”, vamos, que se montan la fiesta en casa.
Y mira tú que una, sin saberlo ni sospecharlo, forma parte de esa corriente existencial que individualiza la felicidad para hacer frente a la crisis. Mientras todo el país se preocupa del Euribor, de la subida del IPC, del paro, de la congelación de la venta de casas, de la crisis financiera mundial y de los depósitos bancarios, una se dedica a aumentar el número de compañeros de juegos para sus hijos y para ella misma. Total, que he recortado el artículo y desde que lo he leído ya estoy mas animada. Simple que es una. Claro que lo mío, aunque está mal que yo lo diga, tiene mucho más mérito que lo de los franceses porque yo, quitando los 2.500 euros que me darán cuando nazca la criatura -gracias de todas maneras, Zapatero-y los 100 que cobraré al mes durante tres años, no voy a ver tener ninguna otra ayuda, mientras que en Francia las ayudas fiscales y familiares suponen el 3% del PIB. Ahí es nada, así cualquiera. Vive la grandeur.

miércoles, 1 de octubre de 2008

He confesado

Ya he cantado en el trabajo. Se acabó el fingir y el meter tripa. Llevaba varias semanas llevando ropa holgada, paseándome siempre con periódicos o fotocopias delante, o metiendo tripa, que luego por la noche llegaba a casa con unos dolores tremendos y un sentimiento de culpa horrible. El otro día casi me provoco un aborto con unos vaqueros demasiado apretados. Así que ayer me armé de valor, respiré hondo y entré en el despacho de mi jefa a soltarle la noticia. Por lo menos hizo como que se alegraba. Y yo salí ya más tranquila, sacando tripa y respirando más relajada.

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