jueves, 25 de septiembre de 2008

Biberón vacío

Una cosa es que el enano me llame a las dos o las tres de la mañana porque ha perdido el chupete, de tanto dar vueltas en la cama, y no lo encuentra, se pone nervioso y entonces llama. O porque se ha quedado encajado entre la pared y la barrera protectora, o porque se ha hecho un nudo con las sábanas, o porque se ha caido, no sé cómo, de la cama. O porque quiere el biberón. Yo ahí, o el padre de la criatura, - por riguroso turno-, me levanto, o se levanta, más o menos resignado y dormido, y le busco el chupete, le pongo sobre la almohada, le coloco las sábanas, le doy el biberón (aunque con sus dos años y 16 kilos ya debería de aguantar toda la noche, pero a las tres de la mañana, soy capaz de darle cualquier cosa con tal de que se calle lo antes posible y me deje volver a dormir, sí, ya sé que es una estrategia equivocada y contraproducente pero no soy capaz de asumir sus gritos a estas horas), y regreso a la cama a toda velocidad para tratar de volver a coger el sueño lo antes posible, sin desvelarme, porque si me desvelo, entonces ya me da igual levantarme y ponerme a trabajar, u a ordenar armarios. Como decía, una cosa es eso, y otra, muy diferente, es que, después de haberse tomado el biberón, me vuelva a llamar a grito pelado, con voz insistente y tozuda (hasta 15 minutos lo tuve una vez gritando esperando que se hartara, pero no se hartó y siguió hasta que me levanté por miedo a que despertara a todos los vecinos) para entregarme el biberón vacio. Me lo da, y acto y seguido, se gira y se pone a dormir. Esto del servicio de recogida me parece ya una tomadura de pelo.

Obesidad infantil

Un 21% de los menores de 5 años sufre sobrepeso u obesidad en España. Uno de cada cinco. Oigo las cifras en el telediario mientras recojo la mesa y al principio me sorprenden. Pero luego pienso en lo que ves comer a los niños por la calle, en el parque, en el metro (gusanitos, zumos, bollos con chocolate, meriendas industriales...), y me doy cuenta de que es normal que cada vez haya más niños con sobrepeso. Sale en la tele una madre diciendo que intenta primero que su hijo se coma el bocadillo, y que si se lo come, ya le da despues los gusanitos. Me quedo flipada, intenta que se coma el bocadillo. Yo no es que intente que se coman el bocadillo para merendar, es que es lo que hay. Bocadillo. De jamón. De queso. De nocilla. De chorizo. De lo que toque. Y hay que comérselo, porque sino, no es que no haya gusanitos (que nunca ha habido en casa, sólo los que llegan alguna vez de un cumpleaños, porque lo que es comprar, nunca, nunca he comprado una bolsa de gusanitos), sino que no hay parque, no hay tele, no hay cuento, no hay nada. Se paraliza la vida hasta que el plato queda vacío. Y así con todas las comidas. No hay opción de cambio. Hay lo que hay y se come para pasar al episodio siguiente en este juego continuo en el que estamos inmersos. Otras madres me comentan con frecuencia, sobre todo al ver devorar a los míos, que sus hijos no comen verduras, o legumbres, o ¡incluso frutas!. Imagino que ellas ya lo han asumido y entonces les ponen otra cosa para que coman algo. Yo no lo hago. Les planto el plato del día delante y toca comérselo. Al principio me sentía como una tirana, una especie de gobernanta de un internado del siglo XIX, de esos que salían en las novelas de Charles Dickens. Pero ahora ya me sale completamente natural y no me afectan, casi ni los escucho, los gritos ni los llantos. Y la verdad es que creo que el método ha funcionado: se lo comen todo

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Empieza la guardería

Ahora que está tan de moda lo de los equipos de psicólogos, que en cuanto ocurre algo, hay están dando ánimos a la gente, deberían crear un gabinete de apoyo psicológico para los padres con hijos que empiezan la guardería, perdón, la escuela infantil. Porque una deja al niño por la mañana berreando como si le arrancaran la cabeza, con las lágrimas saliendo a chorros y de verdad que se le desploman todas las certidumbres. ¿Por qué lo llevo a la guardería? ¿por qué trabajo yo? ¿no habría otra solución menos dolorosa para todos? ¿tiene sentido tanto sufrimiento? B. ha empezado a ir a la escuela hace dos semanas, con dos años recién cumplidos. Y no le gusta nada. Sólo el primer día se quedó tranquilo por la novedad de encontrar tantos juguetes nuevos, pero parece ser que a los diez minutos, agotada la novedad, se puso a llorar desconsoladamente y, quitando breves intervalos de descanso para recobrar fuerzas y lágrimas, no paró en toda la mañana. El día después ya ni siquiera eso, en cuanto torcimos la esquina para subir hacia la escuela, empezó a contener los pucheritos, mordiéndose el labio (casi me da más pena eso que los lloros) hasta que se transformaron en un alarido de Mamáaaaaaaaaaaaaaa en cuanto cruzamos la puerta. Me lo tuvo que arrancar la profesora porque se aferraba a mí como un koala a un eucalipto. Y así está siendo todas las mañanas, lo dejo chillando y me voy con el mismo sentimiento de culpa que si lo estuviera vendiendo a una banda de traficantes de órganos. Y como si no bastara con eso, por las tardes, el pequeño enano, que aún no habla, me hace sentir su enfado y su rabia conmigo propinándome incontables bofetones, pellizcos y protagonizando las peores pataletas de sus dos años de vida. ¡Necesito ayuda psicológica!

martes, 23 de septiembre de 2008

La primera vez en un Burger King

Mi hijo mayor nunca ha estado en un Burger King. Tiene cinco años y once meses. Y nunca ha estado en uno. ¿Soy una madre cruel y déspota que priva a su hijo de las esencias de la civilización occidental? ¿Le estoy condenando al ostracismo social por no saber qué es una hamburguesa? En su colegio se ha puesto de moda celebrar ahí todos los cumpleaños. Afortunadamente hasta ahora nos habíamos librado de ir a todos. Pero hoy ya no hay escapatoria. Ha salido del colegio nervioso, preguntando si ya por fin era martes, se ha dejado poner colonia, peinar, cambiar los zapatos. Y de la mano nos hemos ido. Tras un rato de saludos y conversación de madres-y-padres-del-colegio le he dejado con sus amigos correteando. A la hora y media vuelvo a buscarlo y lo encuentro completamente sudado, con manchas de ketchup por todo el cuerpo y en estado de hiperexcitación. La madre de la cumpleañera me dice extrañada que mi hijo casi ha vomitado cuando le han dado un vaso de coca cola. “La primera vez que lo veo, un niño que no le gusta, dice que no la ha bebido nunca”. “No, nunca”, respondo yo, sintiendo cómo una especie de orgullo estúpido e irracional me crece por dentro. “No le gusta”. Me toca arrastrarlo fuera del local. Y ahí empieza: ¿Verdad, mamá, que el buge kin es un sitio precioso? Verdad mamá, ¿a que tú no te imaginabas que iba a ser tan bonito? ¿Verdad que era mucho mejor de lo que tú pensabas? ¿Verdad que las buguesas están muy ricas y que se puede comer mas de una si tienes mucha hambre? Y continúa durante la cena, y durante el baño, y mientras le pongo el pijama, y mientras se duerme. ¿Verdad que era pero mucho más precioso? ¿verdad que te ha sorprendido lo bonito que era?, sigue preguntado con la voz ya pastosa por el sueño. Y cuando se está quedando dormido, cuando me agarro al periódico, pensando que ya por fin tendré un momento de paz, llega la pregunta que me estaba temiendo: ¿Mamá, y cuánto falta para mi cumple? ¿verdad que voy a poder celebrarlo en el buge kin?

lunes, 22 de septiembre de 2008

A por el tercero

Ahora estoy embarazada de mi tercer hijo. Quiero aclarar antes de nada que no nos sobra el dinero y mucho menos el espacio. En el apartamento en el que vivimos ya casi no cabemos los cuatro, así que con uno menos vamos a entrar ya en una situación de hacinamiento. Tampoco sé si en el coche podremos poner una sillita más; sinceramente todavía no he tenido el valor de mirarlo. Este tercer embarazo confirma definitivamente que me he demenciado. Yo lo atribuyo a las hormonas producidas por el embarazo y las sucesivas lactancias, una explosiva combinación de endorfinas, oxitocinas y otras –inas que atacan inexorablemente la capacidad de raciocinio femenina a la vez que potencian esa parte animal y mamífero que todas llevamos dentro. Y es que tener más de dos hijos va en contra de toda lógica y todo sentido común. Es una temeridad, una inconsciencia, y, según el día, también lo veo como un acto de rebeldía contra el determinismo de las estadísticas (1,37 hijos por española en edad fértil), contra las leyes de la física y la biología (tenemos dos manos y dos ojos, con tres hijos ya no puedes ni verlos ni agarrarlos a todos) y contra esta sociedad que nos lo ha puesto todo tan difícil.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Sin vuelta atrás

No sé en qué momento me di cuenta, después de tener a mi hijo mayor en 2002, de que por primera vez en mi vida había hecho algo que no tenía marcha atrás. Todo lo anterior (estudiar una cosa u otra, mudarme de ciudad, viajar, salir con uno, con otro e incluso casarme) era revocable. Podía dejar de hacerlo. Podía cambiar de trabajo, de casa, de país y hasta de marido. Pero ya no podía volverme atrás en lo de tener un hijo. Ser madre era la única cosa que no iba a dejar de ser ya en toda mi vida. Ahora que hago memoria, creo que a esta conclusión llegué una de las muchas, muchísimas noches que A.–que en sus primeros meses de vida podría haber batido el record mundial de lloro a pulmón libre en cualquier categoría- se pasó llorando, desencajado. Y mientras lo miraba, sin saber muy bien qué hacer para calmarlo, pues nada parecía consolarle, pensé con angustia que ya no lo podía devolver, que me lo tenía que quedar. Para siempre. Y me dieron ganas de meterme en su cuna, a su lado y ponerme a llorar yo también. Ese fue probablemente mi último momento de lucidez. A partir de entonces he ido experimentando una demencia progresiva, una pérdida de mis facultades mentales directamente proporcional al desarrollo de eso que se llama instinto maternal. ¿De qué otra forma puede sino explicarse que una mujer, educada desde la infancia para desarrollarse profesionalmente, en pleno control de sus facultades mentales, se lance gozosamente a esta carrera reproductiva?

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