domingo, 30 de noviembre de 2008

Mi vida sin hijos -por una vez-

Imaginaos: dormir hasta las diez de la mañana, remoloneando en la cama. Levantarse con calma, desayunar plácidamente, sin ponerle mantequilla a nadie, ni servir zumos, ni limpiar colacaos derramados, y volver a la cama a leer un rato. Sí, a leer en la cama. Ir a un museo y pasarse dos horas leyendo y releyendo todas las explicaciones y hojeando catálogos en la librería, sin temor a que nadie se rescuelgue de una vitrina y te toque fundirte los ahorros guardados para la entrada del piso en una obra de arte abstracto que ni te va ni te viene. Comer en un restaurante de varios tenedores y varias copas de cristal encima de la mesa, servida con mantel de lino y donde suena música clásica. Volver al hotel para seguir leyendo delante de la chimenea, sin vigilar que nadie se precipite dentro del fuego y se incinere. Cenar, de nuevo con varias copas sobre la mesa, sin tener que estar agarrando el mantel, aunque yo lo sigo agarrando porque ya he cogido la costumbre de agarrar siempre el mantel y las copas mientras como. Y hablar, hablar en voz normal, incluso baja, tan baja que casi ni me oye el camarero, sólo por el placer de hacerlo. Y contarse cosas, es decir, yo te cuento, tú me oyes y me respondes algo relacionado con lo que te he contado, que al principio casi hasta me cuesta hilar una conversación normal sin interrupciones.
¿A qué suena a ciencia ficción? Así ha sido nuestra vida SIN hijos este fin de semana -gentileza de los abuelos, ¡vivan los abuelos de mis hijos y de todos los hijos del mundo!-.
Todo un deleite para los sentidos.

3 comentarios:

  1. uffff, te comprendo!!! Para mi aniversario de boda le regalé a mi marido una noche en un antiguo balneario reconvertido en hotel en la orilla de la playa, en Valencia. Era una sorpresa que dejó de serlo cuando descubrí que él pretendía regalarme.... una cafetera!!!!!! así que se lo conté y él cambió su regalo por una reserva en un restaurante delicioso. En realidad, el regalo nos lo hizo mi madre, que se quedó con la fiera, y pudimos volver a ser un hombre y una mujer y no un padre y una madre..., un hombre y una mujer que pudieron pasear, cenar bien, beber vino, hacer el amor tranquilamente... qué seríamos sin las abuelas!!!!

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  2. … sí, sí… todo eso está muy bien, pero como casi todo en esta vida, hasta el placer tiene sus contraindicaciones; por lo pronto esos fines de semana de los que hablas suelen dejar una lacra que tarda en curar…, me refiero a esa extraña mueca que se te pone en la cara cuando el viernes por la tarde, cogidito de la mano de tu mujer, sí, sí, de la mano… y descubres que llevas más de dos años sin tomarle cariñosamente la mano a nadie que no sea el descerebrado de tu hijo que a toda costa y en lo único que piensa es en librarse de tu mano para poder escapar, el muy canalla, …cual prófugo de la Justicia…y bajáis a cargar el maletero del coche, eso sí, por una vez sin bugabús, ni mclarens, ni triciclos, ni espadas de plástico, ni balones, ni muñecos, ni un montón de otras cosas que luego los locos bajitos nunca utilizan.
    Entonces esa extraña mueca comienza a adueñarse de la expresión de tu rostro y sus efectos secundarios a hacerse notar: los labios se tonifican y comienzan a regalar una sonrisa tonta permanente, los ojos recobran el fulgor de antaño y hasta te encuentras más amable y risueño con el mundo y cuando vas camino de tu anhelado destino de fin de semana no vas despotricando por la ventana del coche contra el resto de la Humanidad que, por supuesto, conduce muchísimo peor que tú, sino que vas relajado, feliz, tranquilo, despreocupado…
    Lo problemático de todo esto te lo encuentras a la vuelta; tras dos días levitando en el séptimo cielo, el domingo, de vuelta a casa, según abres la puerta, oyes al “Atila particular” de dos años que dejaste en casa el viernes y del que no te habías vuelto a acordar, y entonces, repentinamente, aquella mueca amable y embobada que te había acompañado todo el fin de semana desaparece instantáneamente dejando, claro está, una profunda huella en el corazón, que sólo curará el siguiente fin de semana que consigas “librarte” de tus hijos.

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  3. Yo no estoy de acuerdo contigo Pablo....

    Entiendo que a veces es necesario tener un fin de semana con tu esposa/o, pero realmente no es "librarse" de los niños lo que lo hace diferente, sino más bien es tomar un nuevo aire para valorar aún más la presencia de esas criaturitas hermosas que te alegran la vida cada vez que te llaman "mami" o "papi".

    Yo no sé tú o Caro, pero en mi caso, cuando salgo sola con mi esposo, disfrutamos, pero no igual que disfrutábamos cuando no teníamos niños, porque aún cuando se les deja en casa bien cuidados, siempre está ese sentimiento de padres responsables, que nos hace pensar en qué estarán haciendo, si nos extrañarán, y además, lo más hermoso de todo, en esperar el reencuentro y cómo seremos recibidos después de nuestra ausencia.

    Claro que existe una parte de nosotros que se contenta cuando no hay que salir con coches, pañales, chupones y juguetes. Pero otra parte la extraña y hasta la disfruta cuando no está allí.

    Yo al menos quiero vivir intensamente la infancia de mis hijos, porque constantemente escucho padres de adolescentes y de hijos adultos, que rememoran con tristeza los años que se fueron y que no volverán. Aquéllos tiempos en los que sabes que tus hijos se quedan en casa y duermen mientras tú también duermes, y cuando el desgaste es físico y no tanto mental, pensando en todos los peligros que los pueden acechar en la calle.

    Sí, es bueno, es sano, es hermoso alejarse por un tiempo y recordar cómo era nuestra vida sin hijos...pero creo que lo más lindo es regresar con ellos y valorar la bendición que representan para nuestra vida en familia. Muchas parejas tienen todos sus fines de semana como el que describes, sin pequeños guerreros que no los dejen dormir, pero darían cualquier cosa por vivir aunque fuera un poco, de lo que a nosotros nos sobra...

    Que vivan los niños!!!!

    Marissia

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