domingo, 26 de octubre de 2008

El día después

Hemos sobrevivido al cumpleaños, que no es poco. Y sin heridos, ni ningún daño irreparable en la casa -nada más empezar el enano lanzó un vaso de batido de chocolate contra la pared, que quedó como un cuadro de Pollock en su primera época, menos mal que la pintura es plástica y se puede lavar-. Así que casi podemos concluir que fue todo un éxito. Los niños se lo pasaron increible, el momento álgido fue cuando tuvieron que comerse una pera colgada del techo sin usar las manos. Al final, son estos juegos tontos de toda la vida los que dan mejores resultados. Varias décadas y varias generaciones de niños los avalan. Los padres (del cumpleañero) y los 'de apoyo', una de otro invitado y una amiga heroica, acabamos cansados y afónicos de tanto poner orden y dirigir a las fieras. Pero supongo que mereció la pena. El próximo año, más.
Y ahora que recapitulo sobre los hechos, debo decir que fue muy útil tener al enano que iba comiéndoselo todo (incluidos los huevos cocidos que usamos para el juego de llevar huevos con cucharas en la boca). Eso facilitó mucho el recoger luego las sobras. Casi no hubo, sólo lo que no se podía comer.

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