domingo, 21 de septiembre de 2008

Sin vuelta atrás

No sé en qué momento me di cuenta, después de tener a mi hijo mayor en 2002, de que por primera vez en mi vida había hecho algo que no tenía marcha atrás. Todo lo anterior (estudiar una cosa u otra, mudarme de ciudad, viajar, salir con uno, con otro e incluso casarme) era revocable. Podía dejar de hacerlo. Podía cambiar de trabajo, de casa, de país y hasta de marido. Pero ya no podía volverme atrás en lo de tener un hijo. Ser madre era la única cosa que no iba a dejar de ser ya en toda mi vida. Ahora que hago memoria, creo que a esta conclusión llegué una de las muchas, muchísimas noches que A.–que en sus primeros meses de vida podría haber batido el record mundial de lloro a pulmón libre en cualquier categoría- se pasó llorando, desencajado. Y mientras lo miraba, sin saber muy bien qué hacer para calmarlo, pues nada parecía consolarle, pensé con angustia que ya no lo podía devolver, que me lo tenía que quedar. Para siempre. Y me dieron ganas de meterme en su cuna, a su lado y ponerme a llorar yo también. Ese fue probablemente mi último momento de lucidez. A partir de entonces he ido experimentando una demencia progresiva, una pérdida de mis facultades mentales directamente proporcional al desarrollo de eso que se llama instinto maternal. ¿De qué otra forma puede sino explicarse que una mujer, educada desde la infancia para desarrollarse profesionalmente, en pleno control de sus facultades mentales, se lance gozosamente a esta carrera reproductiva?

2 comentarios:

  1. jajajaja, excelente!!!, no sabes cuanto te entiendo

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  2. ... gracias por "decir en voz alta" lo que muchas madres sienten a veces pero que no se atreven a decir, entre otras cosas porque "no está bien visto" que una madre piense que quiere dejar de serlo.

    Devolver un hijo no es possible, por eso creo que se dan cosas como el "abandono emocional, la desatención, ..."

    Si todas pudiéramos hablar con sinceridad, con naturalidad, sin tener que parecer que somos unas madres sacrificadísimas; si pudiéramos hablar con libertad de todo lo bueno y lo malo que significa tener un hijo, sin que se nos enjuicie como "buenas o malas", sería algo muy bueno para nosotras y para la gente que nos rodea.

    Un abrazo

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