miércoles, 31 de diciembre de 2008

¡Feliz 2009!

En estas fechas por donde quieras que mires te encuentras con vestidos de fiesta, en los escaparates, las revistas, en la tele... Me ha parecido ver que se impone un estilo austero, sin muchas florituras, normal en tiempos de crisis, pero la verdad es que no me he fijado mucho porque para mí tienen el mismo interés que un traje de astronauta. Hay tantas posibilidades de que salga de fiesta esta noche como de que embarque en un vuelo no tripulado a Marte.
En cualquier caso, con cotillón o sin él, ¡feliz Año Nuevo!

martes, 23 de diciembre de 2008

Los Reyes son los padres

Ayer mi hijo mayor, seis años cumplidos hace tan sólo un mes y medio, se puso a escribir con mucho empeño su carta a los Reyes Magos. Es el primer año que logra escribirla él solito y se puso a ello muy aplicado. Pero no iba ni por la segunda línea cuando me espetó a traición sin levantar la vista del papel: “De todas maneras, yo ya sé que los Reyes Magos no traen los regalos, que los traen los padres”. Me pilló tan de sorpresa (repito, tiene sólo seis años recién cumplidos) que no supe ni qué responderle, no me esperaba que me viniera tan pronto con esto, y sólo atiné a responderle, sin sonar muy convincente: “Sí, bueno, algunos regalos los traemos los padres, porque los reyes no tienen tiempo de comprarlos todos...”. La verdad es que el tío en ningún momento dijo que no existieran los Reyes, eso se guardó muy mucho de decirlo, por si acaso, que nunca se sabe. Eso no descarta que él siga creyendo en los Reyes Magos porque la mente de los niños se rige, afortunados ellos, por una lógica distinta de la nuestra. Como me dijo una vez una sobrina mía cuando le pregunté qué le había pedido a Papa Noel: "¿Pero tú que te crees que soy tonta? Yo ya sé muy bien que Papa Noel no existe y que los únicos de verdad son los Reyes Magos"
Pero en cualquier caso, lo que me quedó claro es que una no está preparada para asumir que sus hijos van creciendo, se hacen mayores, dejan de creer en los Reyes... ¿No hay algún curso que te prepare para esto?

jueves, 18 de diciembre de 2008

Madre a tiempo completo

Me he tomado el día libre para recrear la ilusión de ser una madre a tiempo completo. Por un día. He vestido con calma a los niños, después de desayunar con calma, todo sin correr. Los he llevado a sus respectivos coles. Sin correr, primero a uno y luego a otro. He vuelto a casa a recoger un poco. Y he ido al cole del mayor a ver la función de Navidad. Todos los de su clase enfundados en túnicas plateadas (por obra y gracia, en nuestro caso, de la abuela misericordiosa), parecían la versión infantil de Abba pero estaban monísimos todos y me he emocionado al oirles cantar (todos los años lloro de la emoción en la función de Navidad, pero esto es lo normal, si algún corazón de pedernal no se emociona que vaya a revisión). Luego he ido a la escuela del pequeño a un taller de postales de Navidad. El enano se ha emocionado al verme aparecer en su clase, se ha abalanzado sobre mí y no me ha soltado un segundo. Sólo para agarrar un pincel con todos sus dedotes y pintar de verde todo lo que se ponía por delante, incluidos los pantalones de su madre. Luego de purpurina, y de estrellitas de colores. Nos hemos convertido prácticamente en árboles de navidad andantes. La postal también quedó bonita. Muy espontánea. Luego le he dejado, amagando un pucherito, que continuara su jornada escolar y yo he seguido mi periplo de madre a tiempo completo. He ido a hacer una compra grande, porque estamos en el límite del desabastecimiento, y llevada por el espíritu navideño me he dejado una fortuna en turrones y panetones. He regresado a casa feliz y satisfecha a esperar que me trajeran el pedido. Y mientras llegaba la hora de recoger a los niños, he hecho galletas de navidad. A las cinco he ido a buscar a los enanos, hemos merendado juntos y he ayudado con calma al mayor a hacer sus deberes y luego hemos leído un libro. Ahora les voy a bañar y les voy a dejar con todos los juguetes que quieran dentro de la bañera.
Un día perfecto de mamá a tiempo completo. Y la verdad que no ha estado nada mal. Prefiero no ponerme a pensar si me haría feliz serlo todos los días.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Pon una -itis en tu vida

Había una época, aunque cueste recordarla, en que la conversación giraba sobre libros, sobre películas, bares y hasta discotecas, que si en que bar pinchan mejor música, cual es el mejor para cerrar la noche, o dónde se puede tomar una copa después de las tres de la mañana un día de diario; ya sé que ahora parece muy lejano pero esos temas ocuparon una vez nuestras conversaciones, que nadie lo niegue.
Pues bien, esos asuntos han dado paso a otro igualmente variado y que da también mucho juego en la vida social: el imperio de la -itis. Que si mi niño tiene otitis, pues el mio gastroenteritis, y ya pasó la faringitis... Yo llevo tres semanas sumida en una sucesión de - itis varias y todavía no veo la luz al final del túnel: el pequeño ha ido enlazando sin piedad gastroenteritis con faringitis y ya para rematar gengivitis (que es lo peor que le puede ocurrir a un tragón). Tres semanas sin dormir ni vivir. Pero eso sí, con mucho tema de conversación, porque hoy en día si no tienes una -itis en tu vida no tienes de qué hablar. Ayer mismo me arrastré a la farmacia a comprar una pomada para las encías sangrantes del enano, y ¿quíen creeis que me aconsejó sobre cómo usarla? la mismísima belén esteban me contó cómo se la da ella con el dedo a su hija y cómo le curaba ella la gengivitis. Así que me volví tan contenta a mi casa, como si me hubiera ocurrido algo emocionante. Decididamente, mi vida es muy aburrida últimamente.
Y a todo esto, hoy estoy en casa fastidiada con sinusitis. Y pensar que aún nos queda la otitis, la cistitis, la gastritis...

domingo, 14 de diciembre de 2008

Martes Azucena

La prensa, siempre tan atenta a detectar las últimas tendencias sociales, publica hoy un reportaje sobre los nombres más extravagantes que los famosos dieron a sus hijos en este 2008 que termina. Me lo he leido con mucha atención por si me inspiraba -seguimos sin novedad sobre el tema, informaré cuando tengamos por lo menos una lista de favoritos-.
La verdad que hay una dura competencia para estar en el podio (sobre todo al ritmo que llevan Angelina Jolie y Brad Pitt teniendo y nombrando hijos), pero entre los destacados está el que puso Nicole Kidman a su pequeña, nacida un domingo de verano: Sunday Rose. Sunday, por el día de la semana, y Rose, por su abuela. Aunque no es de este año, también dio mucho qué hablar el Apple con el que Gwyneth Paltrow llamó a su hijita.
Es una lástima que en España sigamos tan apegados a la tradición y al santoral, porque nos perdemos este tipo de innovaciones. A mí me gustaría tener valor para llamar a mi hija, por ejemplo, Martes Azucena. O Mandarina. ¿Chirimoya tiene quizá más musicalidad?

sábado, 13 de diciembre de 2008

El traje para la función de Navidad

Llevaba varios días, casi semanas, temiéndome esto, que nos encargaran el traje para la fiesta de Navidad en el colegio. Como la fecha se echaba encima y no decían nada, comencé a acariciar, pobre ilusa, la esperanza de que como el mayor ya está en primero de primaria pues que no tuvieran que vestirse, que eso fuera ya algo sólo para los pequeños. Pero cuán equivocada estaba. Ayer llegaron las instrucciones, con boceto y todo: el próximo jueves tiene que llevar una túnica plateada, ancha, de cuello redondo, por la rodilla. Una túnica plateada con mangas anchas, de esas tipo japonesas o de mariposa, que no sé ni cómo se llaman. ¿¿¿¿¿Y de dónde saco yo una túnica plateada en cinco días?????? Porque yo no sé coser, lo reconozco sin avergonzarme. A un botón llego, como mucho a un dobladillo, pero de ahí a cortarle una túnica va un mundo y muchas, muchísimas horas de agonía aguja en mano...
Y me pregunto yo, ¿de qué van a ir vestidos con una túnica plateada? ¿De sacerdotes posmodernos? ¿Cantantes de Abba? ¿Ángeles caidos? Con eso de que en los colegios públicos no se puede caer en símbolos religiosos, cada año piensan en algo que esté relacionado con la navidad, aunque sea remotamente, pero sin ser religioso. Rizando el rizo, el hijo de una amiga mía, en otro colegio, tuvo que disfrazarse de nube unas navidades. Sí, de nube, muy navideño, que en navidades siempre llueve. Y eso sí, siempre van vestidos todos iguales para que no haya favoritismos. El mio ha ido un año de papa noel, otro de muñeco de nieve, y otro de pastor, y esa vez, como iban todos forrados de borreguito, aquello parecía una concentración de reivindicación de la trashumancia. Y este año de sacerdotes galácticos. Ahora que lo pienso, no sé si el chino de la tienda de la esquina estará al tanto, que otros años hizo el agosto con los trajes de papa noel y de zagal. Estoy por pasarle el boceto del cole a ver si aún está a tiempo de encargarlo, que dicen que los chinos trabajan muy bien bajo presión...
Pero por si acaso: Cambio traje de muñeco de nieve por túnica plateada.

jueves, 11 de diciembre de 2008

El nombre

La mayoría de las parejas tienen pensado el nombre para su bebé desde el momento incluso de la concepción -algunos incluso desde antes-. Así, en cuanto le dicen el sexo de la criatura, se lo adjudican inmediatamente, prácticamente sin dudarlo, y ya hablan de él, o de ella, con total propiedad: "Rocio nacerá en abril". "Le he comprado ya las primeras deportivas a Pablo..". E incluso, a mí esto me parece casi ciencia ficción, le hablan.:, "Eulalia, deja de dar pataditas, que estás hoy muy revuelta".
Supongo que esas prácticas van creando armonia en la familia y preparan a sus miembros para la llegada del recién nacido. Pero nosotros no lo hacemos. No porque no queramos, nada me gustaría más que tener las cosas tan claras y tanta armonía en mi vida, sino porque no logramos decidir el nombre hasta el último, ultimísimo momento. Yo soy ya de por sí indecisa y esto se me agudiza durante el embarazo, hasta el punto de que soy incapaz de tomar la menor decisión.
Al mayor le pusimos el nombre en la sala de dilatación, entre contracción y contracción, y al segundo cuando le vimos la cara (gorda e hinchada). A pesar de las circunstancias, les pusimos nombres relativamente normales e incluso bonitos, para mi gusto. Con la niña vamos por el mismo camino y eso a la gente le pone muy nerviosa. Todo el mundo nos pregunta: "¿Y cómo se va a llamar?". Y cuando le respondes que no tienes ni idea, te miran con cara de sorpresa y se ponen a sugerirte nombres. Si se te ocurre, grave error, mencionar algunos de los que estás barajando, se darán prisa en asociarlo a algún personaje espantoso -siempre, siempre, incluso con el nombre más bonito y neutro del mundo se puede hacer alguna asociación espeluznante- o hacer alguna broma fácil. Luego también hay que manejar con delicadez y diplomacia el tema de las presiones familiares, de los abuelos y abuelas empeñados en que su nombre, o el de su tio-abuelo respectivo, - como si se tratara de una especie en extinción- perdure en las nuevas generaciones. Pero yo por lo general no me inmuto y sigo dejando que pasen los meses, sin nombre y sin hablarle a la panza, qué le vamos a hacer.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Las delicias del embarazo

Tengo varices en lugares inverosímiles, la tensión tan baja que paso la mitad del día mareada, y cefaleas recurrentes prácticamente a diario. Una delicia. Y sin embargo, estoy contenta de estar embarazada. Contenta, a pesar de las varices, la tensión por los suelos y la cabeza que me estalla. Que no es nada grave, pero sí incómodo, como poco. Y todavía me queda medio embarazo por delante, 20 semanitas de nada en las que los síntomas se irán incrementando. Ya me lo advertido los ginecólogos, en el tercero, los síntomas son más molestos. Normal, si es que está todo ya muy usado; me siento como un coche de segunda mano, que hoy tiene un problemilla por aquí, mañana por acá, nada serio pero cada día algo... Y ya digo, que las hay que están en muchas peores condiciones que yo, con problemas más serios, o en reposo absoluto. Y aún así, están contentas de haberse embarazado. Y también hay muchas que se someten a terribles tratamientos, que podrían ser catalogados como tortura, para alcanzar este estado. Y cuando lo logran, están contentas. ¿Qué adonde quiero llegar? Pues que nos hemos trastornado, porque sólo un trastorno mental, aunque sea transitorio, puede explicar que se pueda estar feliz en esta situación –y lo siento si alguna se da por ofendida-.
Me sorprende que no haya bibliografía sobre el tema.

jueves, 4 de diciembre de 2008

¡Es una niña!

Mi ginecólogo es un hombre muy lacónico, parco en palabras. Pero nada en comparación con el que hace las ecografías de la semana 20. Ese sí que es ya el campeón del laconismo. Debería ser una especialidad: Doctor en ginecología lacónica. A mí no es que me importe mucho, total, a estas alturas, con mi tercer embarazo, tampoco necesito que me anden contando mucho, casi prefiero que vayan al grano. Pero supongo que a las primerizas sí les gustaría que se explayaran un poco más. A estos dos especialistas hay que sacarlas las palabras con sacacorchos; en la primera revisión por no decirme ni siquiera me dijo la fecha probable de parto. Y yo no me atreví a preguntárselo porque me daba vergüenza quedar como una ansiosa o una alarmista, poniéndome ya a pensar en el parto...
Pero la verdad que esta mañana, cuando me han hecho la esperada eco de las 20 semanas me ha dado igual que fuera un campeón mundial del laconismo, porque me ha dicho las palabras más hermosas del mundo: "Parece que está todo bien. Y es una niña". Una niña, una niña!!!!!! A música celestial me ha sonado. Me he tenido que contener para no darle un beso de la emoción!. Y he salido del hospital pensando en lazos rosas, en pendientes, en muñecas, en cocinitas y en vestido de flores! Al traste con la educación igualitaria!

domingo, 30 de noviembre de 2008

Mi vida sin hijos -por una vez-

Imaginaos: dormir hasta las diez de la mañana, remoloneando en la cama. Levantarse con calma, desayunar plácidamente, sin ponerle mantequilla a nadie, ni servir zumos, ni limpiar colacaos derramados, y volver a la cama a leer un rato. Sí, a leer en la cama. Ir a un museo y pasarse dos horas leyendo y releyendo todas las explicaciones y hojeando catálogos en la librería, sin temor a que nadie se rescuelgue de una vitrina y te toque fundirte los ahorros guardados para la entrada del piso en una obra de arte abstracto que ni te va ni te viene. Comer en un restaurante de varios tenedores y varias copas de cristal encima de la mesa, servida con mantel de lino y donde suena música clásica. Volver al hotel para seguir leyendo delante de la chimenea, sin vigilar que nadie se precipite dentro del fuego y se incinere. Cenar, de nuevo con varias copas sobre la mesa, sin tener que estar agarrando el mantel, aunque yo lo sigo agarrando porque ya he cogido la costumbre de agarrar siempre el mantel y las copas mientras como. Y hablar, hablar en voz normal, incluso baja, tan baja que casi ni me oye el camarero, sólo por el placer de hacerlo. Y contarse cosas, es decir, yo te cuento, tú me oyes y me respondes algo relacionado con lo que te he contado, que al principio casi hasta me cuesta hilar una conversación normal sin interrupciones.
¿A qué suena a ciencia ficción? Así ha sido nuestra vida SIN hijos este fin de semana -gentileza de los abuelos, ¡vivan los abuelos de mis hijos y de todos los hijos del mundo!-.
Todo un deleite para los sentidos.

viernes, 28 de noviembre de 2008

¡Duermete, niño!

No sé si será algo que les trasmito durante el embarazo, alguna sustancia que atraviesa la placenta, pero tengo que asumir que mis hijos me salen prácticamente insomnes durante los tres primeros años de vida. Se despiertan continuamente. El mayor tardó dos años y medio en dormir una noche entera (cuando lo hizo, me levanté asustada pensando que le había dado un síncope) y el pequeño va por el mismo camino. Se despierta llorando hasta diez veces por noche.
Como la mayoría de las madres de este país me he leido, estudiado, memorizado, el libro Duermete niño. Con poco éxito, debo confesar. Pero no por ello pierdo fe en el método, que ahora estoy poniendo de nuevo en práctica.
Doctor Estivill, por si alguna vez leyera esto, aprovecho para darle la enhorabuena por el bestseller (todo un filón ha descubierto usted en el insomnio infantil), y con todos mis respetos ¿no ha pensado nunca usted, que tanto se ha preocupado por el bienestar y la armonía de la familia, en abrir una línea de teléfono 24 horas para que le hagamos consultas de emergencia y ya de paso nos desahoguemos y nos acordemos, sólo un poquito y con muy buena educación, de su santa y querida familia?.

martes, 25 de noviembre de 2008

¿Hermanito o hermanita?

Mi hijo mayor no ha asumido todavía lo de que vamos a ampliar la familia -el pequeño ni se entera todavía del tema-. Es como que se resiste a aceptarlo. De hecho, no quiere ni hablar del tema (él, que habla tanto, y de todo). El otro día, por eso de irle familiarizando con la nueva familia, y valga la redundancia, le pregunté si le haría ilusión tener otro hermanito. “Pues no, con uno ya me basta”, fue su categórica respuesta. Entonces le pregunté si preferiría una hermanita. “Pues tampoco, porque entonces habría que comprar todo nuevo, los juguetes, la ropa, así que mejor que no”.
Y no sé qué pensar, si que me ha salido muy austero, o que el ambiente este de pánico por la crisis económica es tal que está calando hasta en los niños...

lunes, 24 de noviembre de 2008

Lunes 'horribilis'

Los lunes no son nunca un buen día. No lo son en circunstancias normales, menos aún cuando anuncian súbito cambio de tiempo, con entrada de frio polar y temporal invernal. Y si a eso le añades que además no has dormido nada en todo el fin de semana, pues ya ni te digo. Porque dormir, lo que se dice dormir, en el sentido de descansar, recuperar fuerzas y enlazar una hora tras hora roncando a pierna suelta, pues no hemos dormido nada. Ni el viernes. Ni el sábado. Y menos todavía el domingo, porque nuestro angelito de dos años, dos meses y 17 kilos se ha empeñado, por alguna extraña razón, en someternos a la tortura –porque esto está clasificado como tal por todos los tratados y convenios internacionales- de despertarnos cada media hora con alaridos, llorando desconsolado como si le fuera la vida en ello. Cada media hora. A las 11. A las 11 y media. A las 11 y cuarentaycinco. A la una. A la una y media, y a las dos.... y así hasta las cinco, cuando el angelito, extenuado, ha cogido por fin el sueño. “Esto no se lo hacen ni a los presos de Guantánamo”, se quejaba su padre esta mañana, hecho un trapo, mientras se afeitaba. Y hecha otro trapo, sólo que con más barriga, me encaminé yo a mi trabajo, en este lunes horribilis, de viento frio y rastro de nieve en el horizonte. Y claro, cuando el lunes empieza así, tan lunes, pues no puede terminarse todo ahí. Y en plena reunión semanal se me ha desplomado la tensión, que hasta estrellitas he empezado a ver mientras hablaban mis compañeras. “No sé cómo te tienes de pie”, me ha dicho la enfermera de la empresa, alucinada al ver que tenía la mínima por el suelo. Y eso digo yo, que no sé cómo me tengo de pie. Pero me tengo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Tiranía nocturna

Ahora mi hijo pequeño ha descubierto que se orienta perfectamente en la oscuridad (debe de tener visión nocturna, como los buhos, porque sino no lo entiendo) y todas las noches, a eso de las tres o las cuatro de la mañana, repta panza abajo por su cama para esquivar el protector, se tira el suelo y atraviesa TODA la casa a oscuras, aporreando las paredes con el chupete hasta que llega a nuestra habitación. El primer día me dio un vuelco el corazón al oir ruido y ver cómo se abría sola la puerta (a él, como es bajito, no le vi), ahora ya me he acostumbrado a su procesión nocturna y cuando oigo sus pasos, ya enciendo la luz para esperarle. Y claro, aquí no hay Duérmete niño que valga, ni otro método de persuasión. Sólo queda plegarse a sus condiciones (como si de un secuestro en alta mar se tratara) para lograr que nos libere y nos deje volver a dormir. Así que, sumisos y avergonzados de nuestra poca autoridad y nuestro escaso éxito, le preparamos con las orejas gachas y el cerebro desconectado un biberón y su padre –a esto yo me he negado por principios- le lee un cuento, ¡escenificando hasta los sonidos de los animales!. ¿Y ante esto, qué podemos hacer? ¿Alguien conoce la manera de inmovilizar a un menor en su cama?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Castigado en el cole

La verdad que no hemos empezado muy bien el cole con el mayor. Ya va a primero de primaria, un año importante, se acabó el cole de los niños pequeños, ahora ya es el cole de los grandes. Así se lo repetimos todo el verano, haciendo una nada sutil labor de operación de cerebro. Empezó las clases con muchas ganas, feliz con su mochila nueva, todos sus libros bien forrados, con su nombre puesto. Y con muchas ganas también ha debido de estar montándola en clase, hasta que un día la profesora nos lo sacó de la mano a la salida para quejarse de que no atiende nada en clase, que revoluciona a todos, y que cuando le castigó poniéndolo de pie en una esquina, se había puesto a tirar las cosas por los aires. Me entró tal ira que tuve que contar hasta diez para lograr hablar con el pequeño rebelde y explicarle que había caído sobre él el Castigo Total: se acaba el parque, el chocolate, la tele y los cuentos hasta nuevo aviso. Hubo lloros y pataletas durante un buen rato. Más lloros y más pataletas (al final, el castigo es, en realidad, para toda la familia) al día siguiente, hasta que empezó a asumir su suerte.
A los tres días de clase, le vi más tranquilo y le pregunté qué tal había ido:
- Mucho mejor
- ¿Ah, sí? ¿Mejor? ¿No te han vuelto a castigar?
- Sí, pero durante el castigo me he portado muy bien, he estado calladito, como hay que estar cuando te castigan.
Y me sonrió muy contento, con cara de no haber roto nunca un plato y, de verdad, que me dejó tan desarmada que no supe ni qué contestarle.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Afonía

Llevo cuatro meses afónica. Me lo dice toda la gente, sobre todo al teléfono: “Uy, qué voz tienes, ¿qué te pasa?”. Al principio, en verano, pensé que se debía al aire acondicionado tan fuerte que hay en mi oficina. Luego lo atribuí a los cambios de temperatura propios del inicio del otoño. Últimamente, a los primeros fríos y los virus que traen inevitablemente. Pero hoy, que hace buenísimo, que no hace frío, que no tengo catarro, y que estoy más ronca que nunca, estoy empezando a pensar que me estoy quedando afónica de tanto gritar en casa. Y no sólo eso, se me está quedando también un cierto tono castrense a la hora de hablar. Es lo que tiene el ejercer la autoridad: “Que te quites el pantalón, que te he dicho que te quites el pantalón que está la bañera lista, que te quites ya el pantalóooooooooooooooooooooooooonnnnnnnnnnnnnnnnnnnn y vengas corriendo!”. “Como vuelvas a pegar a tu hermano te quedas sin postreeeeeeeeeeeeeee!!”. Esta tendencia se incrementa sobre todo por la noche, cuando mis habilidades negociadoras y mi paciencia se están ya agotando: “A lavarse los dientes, hacer un pis, recoger las pinturas y a la cama!. He dicho que ya mismooooooooooooo!”.
Tengo un amigo que trabaja en el ejército; quizás debería preguntarle por un foniatra castrense para que me indique algunos ejercicios porque a este paso me voy a quedar sin voz.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

¿Cuánto puede comer un niño?

Después de dar pena el otro día con nuestros avatares nocturnos, ahora voy a dar envidia con las comidas (sobre todo a ese lector anónimo que me quiere regalar a sus hijos a la hora de comer, quizá podríamos hacer un intercambio: que duerman todos en su casa, donde parece ser que se duerme de un tirón, y que coman todos en la mia, donde se rebaña el plato). A lo que iba: Mis hijos -ya va siendo hora de limpiar un poco el buen nombre de los pobres*- se comen TODO lo que se les pone delante a una velocidad de vértigo. El mayor siempre comió bien, pero el pequeño lo ha superado. En sus 26 meses de vida, nunca ha escupido nada. NADA, ni las medicinas. Se lo traga todo, sin miramientos. Sea lo que sea. Pasó directamente de comer papillas a meterse cebolletas en vinagre en la boca. Hay que tener cuidado con él porque nos quita la comida del plato, ya sean sardinas en escabeche o alcachofas picantes. El otro día les puse delante un plato de pescado delante, me di la vuelta un minuto para responder el teléfono y cuando volví ya estaban sus platos relucientes. Hasta miré debajo de la mesa para ver si los habían vaciado ahí.
Pero esta voracidad troglodita tiene también, aunque cueste creerlo, sus inconvenientes: no se sacian nunca. Siempre quieren comer más. A todas horas. el pequeño se pasaría el día entero ingiriendo alimentos. El año pasado llegué a preocuparme cuando le quitaron la custodia a los abuelos de un niño (en Asturias, creo) porque comía demasiado y estaba obeso. El mio, obeso lo que se dice obeso no está, pero nadie diría que está flaquito. Y claro, a una le surgen dudas: ¿cuánto puede comer un niño? ¿cual es el límite de su estómago?

*Prometo que esta será la primera y última entrada del estilo "Pero qué bien me come mi niño". Con esto doy por cerrado el tema.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Biberones nocturnos

No podemos seguir así. Nuestra situación nocturna lejos de mejorar, empeora. El pequeño ha retomado la costumbre de pedir un biberón a la una o las dos de la mañana, con lo cual, entre el que se toma después de cenar y el que pedirá a las seis o las siete de la mañana, se mete tres biberones, más de 600 ml., en diez horas. Y con sus dos años y sus 17 kilos pues bien podría aguantar un poco más. Así que anoche decidí que hasta aquí habíamos llegado. Esto no se lo conté al padre de las criaturas, que se fue a dormir muy tranquilo, pobre inocente, ajeno a lo que le/nos esperaba. A la una y media, exactamente, y 35 empezó la fiesta. "¡Mamá. Mamáaaa –aaaa. Mamá!". A los pocos gritos, tras cerciorarme de que no era un grito aislado en sueños, me levanté a tranquilizarle, y a explicarle muy calmada y pedagógicamente que era muy pronto para el biberón del desayuno y que tenía que seguir durmiendo. Mi explicación, lejos de convencerle, le provocó un ataque de rabia y retomó sus gritos. "¡Mamáaaa. Mamá. MAMAAAAAAAA!". Y así en todas las variantes, modalidades y tonos que un niño que aún no habla es capaz de lograr. A la media hora, ininterrumpida, volví a explicárselo de nuevo, ya un poco menos calmada y menos pedagógica. Aumentó su rabia y retomó sus gritos aún más altos. Así nos dieron las dos y media. Y las tres. Y las tres y media. Yo trataba de explicarle al padre que todo esto lo estaba haciendo por nuestro bien, que era cuestión de un par de días, tres a lo sumo, el quitarle la costumbre. A las tres y media, con el niño ya casi afónico, mi marido furioso mascullando y un sospechoso ruido de pasos, luces y de cisternas en las casas de mis vecinos, me levanté (normalmente hacemos turnos el padre y yo, pero hoy me sentía yo responsable de la situación), me tragué mis principios, mi pedagogía y mis buenos propósitos con un vaso de leche con galletas y le llevé el biberón a la fiera.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mi reino por un 'gimlet'

Hoy por fin he amanecido sin nauseas. ¡Aleluya! Pensaba ya que mi vida iba a ser un mareo continuo y crónico, eternamente subida a un carrusel de feria. Y hoy, por fin me siento normal. Estoy tan feliz que casi ni me importa tener tripa. Y ahora, para celebrarlo, el cuerpo me pediría tomarme una copa, un gimlet para ser exactos (mi cocktail favorito, quién no lo conozca ya tiene algo que hacer esta noche). Pero que no cunda el pánico que no voy a hacerlo, hasta ahí llega mi responsabilidad de madre. Me tendré que conformar con una cervecita o una copita de vino con la cena, porque eso sí, confieso - aún a riesgo de quedar como una total irresponsable y de perder lectores escandalizados- que durante los embarazos no me he privado nunca de tomarme media cervecita o media copita de buen vino con la comida (menos mal que este blog es completamente anónimo y es imposible rastrear a su autora, porque sino seguro que habría alguien que me denunciaría para que me quitaran la custodia del bebé en camino y hasta de mis otros dos hijos!!).

viernes, 7 de noviembre de 2008

Reunión del cole

Ayer tuvimos reunión en la escuela del mayor. Era la primera reunión del trimestre y era importante, porque nos iban a explicar cómo están funcionando ahora que son ya niños mayores y van a primaria, y tienen libros y hasta deberes. Estábamos 35 progenitores. 35, de los cuales 33 eramos madres y tres, padres. O sea, una proporción inferior a uno a diez (mejor aún que en la de guardería, a la que asistimos sólo 14 madres). De las que estábamos allí, había madres de todas las modalidades: unas que no trabajan fuera de casa, otras que tienen un trabajo a tiempo parcial y que les deja más tiempo para estar con los niños (elección que nunca toman los hombres, por cierto), y otras que trabajamos a tiempo completo, como nuestros maridos, y nos pasamos el día corriendo con la lengua fuera para tratar de estar en todas partes. Pero el caso es que eramos casi todas madres haciendo un esfuerzo para estar al tanto la vida escolar de nuestros hijos.. ¿Y los padres? Supongo que su trabajo sigue siendo más importante que el nuestro, o eso les parece a ellos, o les resulta más difícil escaparse para ir a la reunión o lo que sea, pero el caso es que sigue recayendo sobre nuestras espaldas de madres el seguimiento diario de los hijos. Y me imagino que lo mismo ocurre en tantas otras reuniones de colegios. A ver, quién haya asistido a una reunión con mayoría de padres, por favor, que me lo cuente ya mismo que necesito recuperar la fe en la implicación masculina.
Anda que no nos queda camino por recorrer hasta alcanzar esa pregonada corresponsabilidad en el hogar y en la familia.... Ay, qué seria me pongo cuando hablo de estos temas, pero es que no puedo evitarlo...

jueves, 6 de noviembre de 2008

Fuimos al cine. Sí, al cine.

Con tanto hablar de penalidades y desvelos se me pasó por alto reseñar el mes pasado un hecho destacadísimo: El padre de las criaturas y yo fuimos al cine con unos amigos. Sí, al cine, esa sala oscura donde, previo pago de una entrada, se proyecta una película mientras todo el mundo mira en silencio y, a veces, come palomitas (se lo recuerdo a quienes, como casi me ocurre a mí, se hayan olvidado de lo que era), y donde la película no se puede parar para preparar un biberón ni para colocar un chupete ni para chillar "¡que te duermas ya, que es más que hora de estar dormido”.
Fue todo un acontecimiento. Reconozco que se me hizo raro ver toda la película de un tirón, sin pausas, he perdido la costumbre de hacerlo así. Llevábamos exactamente año y ocho meses sin ir. Lo recuerdo perfectamente porque no me había incorporado yo todavía a trabajar tras el permiso de maternidad. Así que ha llovido bastante desde entonces y por eso tenía mucha importancia la elección de la película, ya que para una vez que vas, por lo menos ver algo que merezca la pena (la última fue Little Miss Sunshine, un fiasco). Tras muchas dudas, nos decidimos por El Che. Y nos gustó muchísimo, pero creo que mi estado de ánimo era de tal euforia que hasta habría disfrutado con un promocional de Marina d´Or. Y desde ese día aprovecho cualquier oportunidad para comentar, venga al caso o no, la excelente actuación de Benicio del Toro, las fantásticas localizaciones y el buen guión. Y la verdad que me siento como que vuelvo a formar parte de esta sociedad. Simple que es una, que con poquita cosa se conforma.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Nauseas tardías

Llevo cinco días con nauseas. De la mañana a la noche. Me acuesto con arcadas y me despierto igual de madrugada. No debería quejarme porque nunca antes me había ocurrido, sí, ya sé que hay gente que se pasa así meses e incluso hasta todo el embarazo. Pero a mí nunca me había pasado y no logro entender por qué me pongo así ahora en el cuarto mes. Me dice la gente -ya se sabe que hay mucha sabiduría popular al respecto- que será que va a ser niña, porque dan peores embarazos. Ya, ¿pero por qué sólo ahora? ¿Será que el feto ha decidido cambiar de sexo a estas alturas?
Y la verdad que entra nausea y nausea no puedo parar de pensar que quién me mandará a mí meterme, de nuevo, en este lío...

lunes, 3 de noviembre de 2008

Embarazada en el metro

Hoy me han dejado sitio en el metro. Ha sido la primera vez en este embarazo. Y es que para estar sólo de cuatro meses tengo una barriga bastante llamativa –esta todo ya muy usado y dado de sí-. Hoy una chica se levantó y me dejó sentar. Se lo agradecí en el alma porque lo paso fatal de pié. Así que ya soy a todos los efectos una “embarazada a la que hay que dejar sitio en el metro” y eso te coloca en una situación que para mí resulta bastante incómoda porque me siento como si fuera con la tripa por delante exigiendo que los demás viajeros se levanten. Y la verdad que la gente no es que se precipita precisamente al ver una embarazada ni se pega por dejarla sentar. La mayoría se enfrascan en sus periódicos y les puedes golpear la cara con la panza que no se dan por aludidos. Y a mí la verdad que la situación me incomoda tanto que para evitar sentir una vergüenza absurda porque no me dejen sitio me cubro la panza con la bufanda y los periódicos y trato de pasar inadvertida.

jueves, 30 de octubre de 2008

Celos

Parece que mi hijo mayor, que fue el primer hijo, el primer nieto y el primer sobrino, ha superado por fin los celos. Creo. Dicen que es mejor que un niño verbalice lo que le pasa. Que así irá superando los traumas. Si eso es cierto, a él no le ha debido de quedar absolutamente ningún trauma, porque su principal problema justamente es que verbaliza demasiado bien: “Pues estábamos mucho mejor los tres solitos antes de que llegara este gordo peludo que no sabe hacer más que llorar”. O “He cambiado de idea, hubiera sido mucho mejor que hubiéramos encargado un perrito en vez de un hermanito. ¿Ya no lo podemos cambiar?”. Y es que fue él quien empezó con poco más de tres años a reclamar un hermanito, de hecho, un día en el parque hizo llorar a una de sus amigas porque se empeñó en llevarse a su hermanita pequeña, mientras gritaba ¿por qué yo no puedo tener un hermanito?. Pero ese ansia se le pasó en cuanto vio que el hermanito estaba en casa todo el día y que, a pesar de ser pequeño y completamente inútil, reclamaba atenciones continuamente y no tenía ninguna intención de irse por dónde había venido.
De verbalizar su preocupación por la pérdida de la atención exclusiva de sus padres, tíos y abuelos y por la invasión de su espacio vital, pasó a la defensa física del mismo, a bofetón limpio o lanzándole cajas llenas de juguetes a la cabeza. Ahora que su hermano ya camina y juega, se ha dado cuenta de que le puede ser útil tener un pequeño esclavito que corretea detrás haciendo todo lo que le dice y riéndole todas las gracias. No ha vuelto a pedir que lo devolvamos o lo cambiemos por un pequinés.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Que se ha puesto malo el niño

A pesar de que el enano ya va a la guardería, hemos decidido ajustarnos un poco más el cinturón y seguir teniendo chica todo el día, porque sino el cielo se desploma sobre nuestras cabezas cada día que uno de los dos amanece con fiebre, o con vómitos, o con granos rojos, o con diarrea, o con conjutivitis como hoy el mayor... o con cualquiera de los síntomas de los diversos virus que circulan a lo largo de un curso por una clase infantil. El año pasado, después de seis semanas perdí la cuenta de los días que el mayor faltó al cole porque estaba malito. Los días que además estuvo malo el pequeño, -que nunca coinciden, normalmente se pone malo cuando el otro ya se ha curado- ni me molesté en contarlos. Y como no tenemos familia en Madrid - ninguna abuela a mano haciendo méritos para la santidad como tantas miles de abuelas en este país que tanto favorece el camino al cielo a la tercera edad con esa multitud de nietos desamparados- no nos queda más remedio que seguir pagando a la chica -de ahora en adelante EME (En sus Manos Estamos) o EVP (Enviada por la Providencia)- para que venga a casa por si alguno se pone malo. El primer año de cole no tuvimos a nadie por la mañana en casa. Sólo una chica que lo recogía por la tarde del colegio. Así que por la mañana, si el niño no podía ir a clase, o si iba y luego te llamaban (horror) para decirte que se había puesto malo o se había hecho pis ( "el colegio no es una guardería y aquí no tenemos personal para cambiarlo, así que si se hace pis tiene que venir usted o su marido, o una persona que usted designe para cambiar al niño") pues se venía a pique nuestro precario equilibrio vital-laboral y nos tocaba atravesarnos media ciudad corriendo. Recuerdo con horror aquellas madrugadas en que se despertaba con fiebre y yo me lo comía a besos para ver si se me pegaba a mí también y podía quedarme en casa, o me ponía a dar indisimulados botes de alegría si su padre se despertaba también enfermo.
Las comparaciones son odiosas, pero en Noruega, todo padre-madre tiene hasta dos semanas para poderse quedar en casa con el niño. Así, sin más. Llamas, y dices, que está enfermo el enano. Y te quedas ejerciendo de enfermero, preparando zumitos y leyendo cuentos, sin que te corroa la culpabilidad, la mala conciencia y el pánico de estarte jugando el curro. Así de sencillo.

martes, 28 de octubre de 2008

Aún no se sabe

Hoy he tenido revisión y ecografía. Iba nerviosísima pensando que a lo mejor se iba a saber ya lo que era, y deseando que no se viera nada, porque a estas alturas (semana 15), si se ve algo, iba a ser un pito. Pero estaba sentado. O sentada. Con las piernas bien juntas y no se veía nada. Así que a todos los efectos sigue siendo un alien asexuado, con una cabeza enorme. De verdad que parecía uno de esas criaturas de las películas de ciencia ficción. Impresionante. Sólo cuando se llevó una manita minúscula delante del cabezón adquirió aspecto humano. Y casi hasta me emocioné al verlo. O verla.

lunes, 27 de octubre de 2008

Quiero una niña

Voy a reconocerlo de una vez por todas: quiero una niña. Y no tengo ningún reparo en admitirlo. Naturalmente quiero que venga sano, que todo esté bien y esas cosas tan políticamente correctas que se dicen. Pero también que sea una niña. Cualquiera que conozca a mis dos fieras, tan muchachotes ellos, me entendería perfectamente. Quiero una niña cursi, para ponerle coletas, lazos, comprarle muñecas y no regalarle nunca más nada que bote ni tenga ruedas, a no ser un cochecito para sus muñecas. Al traste se van todos mis principios sobre la educación igualitaria.

domingo, 26 de octubre de 2008

El día después

Hemos sobrevivido al cumpleaños, que no es poco. Y sin heridos, ni ningún daño irreparable en la casa -nada más empezar el enano lanzó un vaso de batido de chocolate contra la pared, que quedó como un cuadro de Pollock en su primera época, menos mal que la pintura es plástica y se puede lavar-. Así que casi podemos concluir que fue todo un éxito. Los niños se lo pasaron increible, el momento álgido fue cuando tuvieron que comerse una pera colgada del techo sin usar las manos. Al final, son estos juegos tontos de toda la vida los que dan mejores resultados. Varias décadas y varias generaciones de niños los avalan. Los padres (del cumpleañero) y los 'de apoyo', una de otro invitado y una amiga heroica, acabamos cansados y afónicos de tanto poner orden y dirigir a las fieras. Pero supongo que mereció la pena. El próximo año, más.
Y ahora que recapitulo sobre los hechos, debo decir que fue muy útil tener al enano que iba comiéndoselo todo (incluidos los huevos cocidos que usamos para el juego de llevar huevos con cucharas en la boca). Eso facilitó mucho el recoger luego las sobras. Casi no hubo, sólo lo que no se podía comer.

jueves, 23 de octubre de 2008

Llegó el esperado día del cumpleaños

Hoy es el día. Tenemos fiesta de cumpleaños. Después de muchas y largas negociaciones, al final hemos acordado por unanimidad (en honor a la verdad, reconoceré que ha sido una unanimidad dirigida) celebrar el cumpleaños en casa. A mí darle dinero al Burguer King no me hacía mucha gracia, y tampoco pasar la tarde en uno de esos desfogaderos para enanos llenos de bolas. Así que la única opción posible –sobre todo en estas fechas de finales de octubre con el tiempo tan inestable- era celebrarlo en casa. Hemos logrado cerrar una lista con seis invitados, que unidos a mis dos fieras, hacen ocho criaturas en estado salvaje. Ocho, en setenta metros cuadrados. No sé si estaré aún a tiempo de contratar algún seguro especial “a todo riesgo”. El padre y yo hemos previsto paliar la falta de espacio con ingenio. Mucho ingenio. Muchísimo. Tenemos preparados una serie de juegos para ir acumulando puntos. Y al final habrá un premio. Acabo de sacar del horno la tarta (porque la tarta del cumple siempre la hago yo, faltaría más, es la favorita de mi hijo, con natillas). Y anoche terminamos de preparar la piñata, que es también hecha en casa, que para algo este es una especie de cumpleaños alternativo, anti-sistema. La idea fue del propio cumpleañero, quien, después de pintar las invitaciones, me dijo muy serio “Mamá, la piñata no hace falta comprarla, podemos usar una caja de galletas vacía y llenarla con las chuches que me dieron en el cumple de la semana pasada, que no me dejaste comer y las tienes guardadas en el armario de la cocina”. Debo reconocer que me enternecí y fui corriendo al supermercado a comprar, cosa que no hago nunca, chocolatinas y huevos Kinder para rellenar la caja.

El cerebro de Margaret Atwood

Ahora que acaba de llegar a España Margaret Atwood para recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras recuerdo algo que le escuché decir una vez en una entrevista. Contaba con su gracia habitual que cuando nació su hija le costó muchísimo escribir durante dos o tres años. "Tenía la sensación de que mi cerebro no funcionaba, aunque con el tiempo volvió, le costó, pero funcionó de nuevo". Cualquiera que tenga un hijo pequeño que no duerma sentirá un consuelo enorme al leer esta confesión, hecha por una mujer que ha llegado tan lejos como Atwood. Yo aún estoy esperando que mi cerebro vuelva a funcionar, pero tengo fe en que, como le pasó a Atwood, volverá a hacerlo.

Diez razones para tener un tercer hijo

1- Fe ciega y profunda convicción de que Dios, algún dios, sabe perfectamente los hijos que cada persona debe/puede tener.
2- Preocupación por la financiación de la Seguridad Social y las pensiones de los que ahora están trabajando.
3- Tendencia inconfensable al sadomasoquismo.
4- Amor a la infancia, a su inocencia y su pureza.
5- Horror vacui, o en otras palabras, cuantos más, mejor.
6- Miedo a la soledad.
7- Los 2.500 euros de Zapatero.
8- Síndrome del flautista de Hamelin (te encanta hacerte seguir por seres inferiores).
9- Te sobra el dinero, el espacio y el tiempo.
10- Transtorno mental transitorio causado por una descompensación hormonal o un problema de riego cerebral.

No se me ocurren más razones, llevo un rato dándole vueltas y de verdad que no se me ocurren más. Y en mi caso, sólo podría alegar la décima.

miércoles, 22 de octubre de 2008

¿Lo habeis pensado bien?

Ahora que ya hemos empezado a divulgar la noticia del embarazo la gente nos pregunta, con un tono entre estupor y extrañeza, si lo hemos pensado bien. Claro que no, ni bien ni mal. No lo hemos pensado, porque si lo piensas más de un minuto seguido, naturalmente no te metes en esto. También mucha gente me dice que qué valiente soy, y, de verdad, que casi me dan ganas de llorar cuando lo oigo, porque yo, de todo, menos valiente. Quizás una temeraria y una insensata.

martes, 21 de octubre de 2008

¿Dónde celebramos el cumple?

La celebración del cumpleaños de cada niño es una fecha temida que inexorablemente llega cada año. Ya desde varios meses antes, la misma pregunta comienza a rondarte la cabeza, sobre todo de madrugada cuando ataca el insomnio: ¿dónde lo vamos a celebrar?. ¿Dónde?. Y panza arriba mirando al techo, normalmente mientras tu pareja ronca armoniosamente, comienzas a barajar las distintas opciones. Y por tu mente van pasando imágenes a cual más atroz, de niños chillando en inmensas piscinas de bolas, de las que no hay manera de sacarlos cuando llega la hora de marcharse y de donde salen en un estado tal de hiperexcitación que una vez casi tengo que llevarlo a urgencias a que le inyectaran un tranquilizante. O de los sótanos de algún Burger King convertido en improvisado campo de batalla o de entrenamiento de fierecillas. O, peor aún, de aquella fiesta que se te ocurrió celebrar en casa y que casi acaba en tragedia cuando uno de los encantadores amigos de tu hijo, en el momento en que ibais a soplar las velas, cámara en mano, encendió una cerilla, aprovechando la oscuridad, y la tiró, asustado, a la alfombra, justo cuando otro encantador amiguito se precipitaba del aparador al que nadie le había visto subir y al que nadie pensó nunca que se pudiera subir un niño y menos aún tirarse de cabeza cuando íbamos a soplar las velas. Que cuando por fin despediste a todo el mundo, comprobando uno por uno que no hubiera ningún lesionado, te temblaban todavía las piernas todavía del susto.
Y todos estos recuerdos se intensifican a medida que se acerca la fecha temida. En nuestro caso, concretamente el 24 de octubre, cuando el mayor cumplirá seis años. Y ahí estamos negociando a varias bandas las diferentes posibilidades. En mi fuero interno confieso que casi estoy deseando que monte alguna en casa o en el cole para poder castigarlo anulando la fiesta del cumple.

Todavía no habla

Mi hijo pequeño, que tiene ya 25 meses y medio, sigue sin hablar. Sólo pronuncia palabras bisílabas de una sola consonante. Ese es su límite. Manzana es ana. Yogur es ul. Tata mí significa galletas para mí. Y poco más. Pero por el momento no me preocupa, la verdad. Casi hasta agradezco que empiece a hablar un poco más tarde. Su hermano empezó a hacerlo como un señor, con frases completas, al año y medio, y desde entonces se ha convertido en la banda sonora permanente de mi vida. No calla un segundo y yo no he vuelto a poner la radio. Así que no me preocupo por el otro. Una de sus palabras favoritas es ulo. Se pasa el día señalando el idem de sus peluches, de los dibujos, de las fotos, de la tele, de las estatuas en los parques y de las señoras por la calle. Pero tampoco me voy a preocupar por su fijación por esta parte de la anatomía.

lunes, 20 de octubre de 2008

¿Para qué sirve esto?

Los niños, como todo el mundo sabe, tienen obsesión por las explicaciones. Para ordenar su mundo necesitan saber por qué ocurre TODO y para qué sirve TODO. Cuando tu hijo te pregunta algo que no tienes ni la menor idea de cómo responder (algo que ocurre con inusitada frecuencia, como poco varias veces al día), como "para qué sirven estos picos que tiene en el medio esta tijera tan grande", tienes dos opciones. La primera, salir por la tangente y replicarle, sin inmutarte, la primera demencia que te viene a la cabeza, como "para descuartizar partículas emergentes" o "para desescamar tiburones blancos cuando los tienen de oferta en la pescadería del mercado". Claro, con que esta opción corres el riesgo de desencadenar una secuencia infinito de preguntas: "¿Y cómo las descuartizas?" ?Y cuanto pesa un tiburón blanco?" "¿Lo venden con dientes o sin dientes?". Así que hay que sopesarlo bien antes de lanzarse por esa vía. Pero claro, la otra opción también tiene sus riesgos. Puedes decirle directamente "No lo sé", con cara de sinceridad. Pero ni aún así habrás zanjado el tema. Eso pensé yo el otro día cuando, agotada y sin ganas de iniciar una conversación, lo confieso, le aseguré que no tenía la menor idea de para qué servían esos DICHOSOS picos en la tijera, pensando, pobre ingenua que así zanjaría el tema. Y mi hijo mayor replicó con tono de reproche y desilusión: "Pues deberías saberlo, porque tú eres ya mayor y deberías de saber TODAS las cosas, no como yo, que todavía soy pequeño". Ahí sí que no supe qué contestarle.

domingo, 19 de octubre de 2008

El ataque del virus mutante

Lo siento por T.S. Elliot, pero el mes más cruel no es abril. Es octubre. Y tengo pruebas contundentes para respaldar esta afirmación. Desde que tengo hijos, he pasado todos los festivos del 12 de octubre en la cama, atacada por la última generación de virus mutantes.
Todo empieza siempre de la manera más tonta. Un día un niño tose, parece algo inofensivo y no le das más importancia. Pero al día siguiente el otro tiene diarrea, y a mí me empieza a doler la garganta. Cuando se me están empezando a quitar las placas gracias a los antibióticos, el pequeño ha dejado de devolver, y el mayor ya no tiene otitis, entonces empiezo yo con diarrea, el enano amanece con 40 de fiebre, y el padre de las criaturas se queja de dolor de estómago. Así solemos pasar dos o tres semanas. Muy entretenidos, limpiando vómitos, cambiando pañales cada cinco minutos, buscando el termómetro, que siempre se pierde, contando las horas que pasaron desde el último chute de apiretal, cocinando arroz blanco y preparando leche caliente con miel y limón, que ya tomamos todos por precaución y porque está muy rica.Así que lo siento, poeta, pero es octubre.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Lo normal

El libro que falta por comprar, de inglés. Lo que ha comido uno en el cole. Lo que ha comido el otro en la guarde (perdón, la escuela infantil). Lo que pueden cenar. Si cenan tortilla, uno hoy repite huevo, pero no tengo otra cosa y tampoco pasa nada. Cenarán huevo y luego hacemos abstinencia ovícola durante unos días. La camiseta grande que tiene que llevar mañana el pequeño a la guarde (perdón, a la escuela infantil) para la pintura con dedos. Y los pañales, que se le han acabado. Sobre todo que no se me olviden los pañales que tiene diarrea. El cinturón nuevo de karate. Que ya ha pasado al amarillo-blanco y si sigue llevando el blanco un solo día más le va a dar algo. El adelanto que me ha pedido la chica. La transferencia para la cuenta de los gastos, que está en números rojos. Los garbanzos que tengo que poner en remojo para mañana. La goma para el chándal de uno, que lo pierde. Y la cinta para marcar el abrigo nuevo del otro, que sino se lo extravían. El permiso para la excursión de mañana. El regalo para el cumpleaños de un amiguito, que es también mañana por la tarde. Y las hojas caídas, menos mal que ha hecho viento y hay muchas hojas por la calle, y así las podrá llevar a la guarde.
Todo esto tengo ahora en la cabeza, cuando son las ocho de la tarde y las tiendas están a punto de cerrar y acabo de terminar de volver a casa tras el trabajo. Porque además, está el lío que tenemos estos días en el trabajo, pero eso, visto ahora con dos fieras que se me tiran encima gritando sus exigencias al mismo tiempo, me parece casi hasta un hobby. Y luego me extraño de que me duela tanto la cabeza. “¿Tiene usted muchas tensiones?”, me preguntó el otro día el médico cuando fui a la consulta por lo de las migrañas. “Pues, lo normal”, le respondí, tras dudar unos segundos.

martes, 14 de octubre de 2008

Volumen creciente

Este es mi tercer embarazo y, aún así, a pesar de la experiencia acumulada en estos trances, no logro acostumbrarme a los volúmenes crecientes. No soporto los reportajes del tipo “Disfruta tu embarazo”. El título en sí es ya una contradicción conceptual. ¿Cómo se puede disfrutar esto? Me parece una experiencia horripilante ir viendo cómo tu cuerpo se deforma. En el primer embarazo me sentía como Sigourney Weaver en Alien: poseída por un ser extraño. Quise incluso ponerme una faja, menos mal que una amiga logró evitarlo. Nunca he logrado emocionarme, como les pasa algunas amigas mías, al ver que “vas engordando porque eso significa que tu hijo va creciendo”. No, lo siento mucho, pero yo lo único que siento es que mi cuerpo se deforma de manera imparable y lo único que puedo hacer es aceptarlo lo más resignadamente posible. No comparto en absoluto la visión lírico-poética del embarazo, para mí esto es un trance que preferiría evitar (sí, la adopción hubiera sido una opción, lo sé, quizá la única factible, porque lo de las madres de alquiler son ilegales en nuestro país y la gestación extrauterina aún no se ha desarrollado. ¿En qué piensa la ciencia???).

jueves, 9 de octubre de 2008

Permiso de maternidad europeo

La Comisión Europea quiere ampliar el permiso de maternidad en toda Europa. Se han dado cuenta de que no están naciendo suficientes niños y les ha entrado pavor. Así que proponen unificar un permiso de maternidad de, al menos, 18 semanas. O sea, dos más de las que tenemos en España. Tampoco cambia tanto. Y no han dicho una palabra de ampliar el permiso de paternidad, así que seguimos las mujeres asumiendo todo el peso de traer los niños al mundo. Es como si nos pusieran un cartel fosforecente que dijera "Ten cuidado conmigo, que me puedo coger 18 semanas de baja a la menor de cambio". ¿Y los padres? ¿No pintan nada en todo esto? ¿No puede ser lo de los niños un negocio compartido por los dos sexos? Está claro que hay determinadas funciones (biología obliga) que sólo podemos hacer nosotras, pero ¿y el resto? Y de todas semanas, a las 18 semanas, ¿qué? Por el momento hace falta mucho más que quince días extras para quedarse con el bebé para que la gente se anime a procrear alegremente. ¿Necesitan ideas? Escuelas infantiles, fórmulas de trabajo flexible, días para cuidar a los niños enfermos... Pero no voy a seguir que me estoy poniendo muy seria.

viernes, 3 de octubre de 2008

La crisis y los hijos

Leo en una revista francesa que es curioso cómo, a pesar de la crisis y de la falta de optimismo generalizada, los franceses se han lanzado a tener hijos y han superado incluso la barrera esa de los dos hijos por mujer, que es la que garantiza la renovación de la población y de la que estamos aún tan lejos en España con nuestro modesto 1,37. El autor lo justifica diciendo que, en época de crisis y de desánimo social, la gente busca consuelo y refugio en el ámbito privado. Lo llama concretamente, -cómo son los franceses para filosofar sobre todo- “la individualización de la felicidad”, vamos, que se montan la fiesta en casa.
Y mira tú que una, sin saberlo ni sospecharlo, forma parte de esa corriente existencial que individualiza la felicidad para hacer frente a la crisis. Mientras todo el país se preocupa del Euribor, de la subida del IPC, del paro, de la congelación de la venta de casas, de la crisis financiera mundial y de los depósitos bancarios, una se dedica a aumentar el número de compañeros de juegos para sus hijos y para ella misma. Total, que he recortado el artículo y desde que lo he leído ya estoy mas animada. Simple que es una. Claro que lo mío, aunque está mal que yo lo diga, tiene mucho más mérito que lo de los franceses porque yo, quitando los 2.500 euros que me darán cuando nazca la criatura -gracias de todas maneras, Zapatero-y los 100 que cobraré al mes durante tres años, no voy a ver tener ninguna otra ayuda, mientras que en Francia las ayudas fiscales y familiares suponen el 3% del PIB. Ahí es nada, así cualquiera. Vive la grandeur.

miércoles, 1 de octubre de 2008

He confesado

Ya he cantado en el trabajo. Se acabó el fingir y el meter tripa. Llevaba varias semanas llevando ropa holgada, paseándome siempre con periódicos o fotocopias delante, o metiendo tripa, que luego por la noche llegaba a casa con unos dolores tremendos y un sentimiento de culpa horrible. El otro día casi me provoco un aborto con unos vaqueros demasiado apretados. Así que ayer me armé de valor, respiré hondo y entré en el despacho de mi jefa a soltarle la noticia. Por lo menos hizo como que se alegraba. Y yo salí ya más tranquila, sacando tripa y respirando más relajada.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Biberón vacío

Una cosa es que el enano me llame a las dos o las tres de la mañana porque ha perdido el chupete, de tanto dar vueltas en la cama, y no lo encuentra, se pone nervioso y entonces llama. O porque se ha quedado encajado entre la pared y la barrera protectora, o porque se ha hecho un nudo con las sábanas, o porque se ha caido, no sé cómo, de la cama. O porque quiere el biberón. Yo ahí, o el padre de la criatura, - por riguroso turno-, me levanto, o se levanta, más o menos resignado y dormido, y le busco el chupete, le pongo sobre la almohada, le coloco las sábanas, le doy el biberón (aunque con sus dos años y 16 kilos ya debería de aguantar toda la noche, pero a las tres de la mañana, soy capaz de darle cualquier cosa con tal de que se calle lo antes posible y me deje volver a dormir, sí, ya sé que es una estrategia equivocada y contraproducente pero no soy capaz de asumir sus gritos a estas horas), y regreso a la cama a toda velocidad para tratar de volver a coger el sueño lo antes posible, sin desvelarme, porque si me desvelo, entonces ya me da igual levantarme y ponerme a trabajar, u a ordenar armarios. Como decía, una cosa es eso, y otra, muy diferente, es que, después de haberse tomado el biberón, me vuelva a llamar a grito pelado, con voz insistente y tozuda (hasta 15 minutos lo tuve una vez gritando esperando que se hartara, pero no se hartó y siguió hasta que me levanté por miedo a que despertara a todos los vecinos) para entregarme el biberón vacio. Me lo da, y acto y seguido, se gira y se pone a dormir. Esto del servicio de recogida me parece ya una tomadura de pelo.

Obesidad infantil

Un 21% de los menores de 5 años sufre sobrepeso u obesidad en España. Uno de cada cinco. Oigo las cifras en el telediario mientras recojo la mesa y al principio me sorprenden. Pero luego pienso en lo que ves comer a los niños por la calle, en el parque, en el metro (gusanitos, zumos, bollos con chocolate, meriendas industriales...), y me doy cuenta de que es normal que cada vez haya más niños con sobrepeso. Sale en la tele una madre diciendo que intenta primero que su hijo se coma el bocadillo, y que si se lo come, ya le da despues los gusanitos. Me quedo flipada, intenta que se coma el bocadillo. Yo no es que intente que se coman el bocadillo para merendar, es que es lo que hay. Bocadillo. De jamón. De queso. De nocilla. De chorizo. De lo que toque. Y hay que comérselo, porque sino, no es que no haya gusanitos (que nunca ha habido en casa, sólo los que llegan alguna vez de un cumpleaños, porque lo que es comprar, nunca, nunca he comprado una bolsa de gusanitos), sino que no hay parque, no hay tele, no hay cuento, no hay nada. Se paraliza la vida hasta que el plato queda vacío. Y así con todas las comidas. No hay opción de cambio. Hay lo que hay y se come para pasar al episodio siguiente en este juego continuo en el que estamos inmersos. Otras madres me comentan con frecuencia, sobre todo al ver devorar a los míos, que sus hijos no comen verduras, o legumbres, o ¡incluso frutas!. Imagino que ellas ya lo han asumido y entonces les ponen otra cosa para que coman algo. Yo no lo hago. Les planto el plato del día delante y toca comérselo. Al principio me sentía como una tirana, una especie de gobernanta de un internado del siglo XIX, de esos que salían en las novelas de Charles Dickens. Pero ahora ya me sale completamente natural y no me afectan, casi ni los escucho, los gritos ni los llantos. Y la verdad es que creo que el método ha funcionado: se lo comen todo

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Empieza la guardería

Ahora que está tan de moda lo de los equipos de psicólogos, que en cuanto ocurre algo, hay están dando ánimos a la gente, deberían crear un gabinete de apoyo psicológico para los padres con hijos que empiezan la guardería, perdón, la escuela infantil. Porque una deja al niño por la mañana berreando como si le arrancaran la cabeza, con las lágrimas saliendo a chorros y de verdad que se le desploman todas las certidumbres. ¿Por qué lo llevo a la guardería? ¿por qué trabajo yo? ¿no habría otra solución menos dolorosa para todos? ¿tiene sentido tanto sufrimiento? B. ha empezado a ir a la escuela hace dos semanas, con dos años recién cumplidos. Y no le gusta nada. Sólo el primer día se quedó tranquilo por la novedad de encontrar tantos juguetes nuevos, pero parece ser que a los diez minutos, agotada la novedad, se puso a llorar desconsoladamente y, quitando breves intervalos de descanso para recobrar fuerzas y lágrimas, no paró en toda la mañana. El día después ya ni siquiera eso, en cuanto torcimos la esquina para subir hacia la escuela, empezó a contener los pucheritos, mordiéndose el labio (casi me da más pena eso que los lloros) hasta que se transformaron en un alarido de Mamáaaaaaaaaaaaaaa en cuanto cruzamos la puerta. Me lo tuvo que arrancar la profesora porque se aferraba a mí como un koala a un eucalipto. Y así está siendo todas las mañanas, lo dejo chillando y me voy con el mismo sentimiento de culpa que si lo estuviera vendiendo a una banda de traficantes de órganos. Y como si no bastara con eso, por las tardes, el pequeño enano, que aún no habla, me hace sentir su enfado y su rabia conmigo propinándome incontables bofetones, pellizcos y protagonizando las peores pataletas de sus dos años de vida. ¡Necesito ayuda psicológica!

martes, 23 de septiembre de 2008

La primera vez en un Burger King

Mi hijo mayor nunca ha estado en un Burger King. Tiene cinco años y once meses. Y nunca ha estado en uno. ¿Soy una madre cruel y déspota que priva a su hijo de las esencias de la civilización occidental? ¿Le estoy condenando al ostracismo social por no saber qué es una hamburguesa? En su colegio se ha puesto de moda celebrar ahí todos los cumpleaños. Afortunadamente hasta ahora nos habíamos librado de ir a todos. Pero hoy ya no hay escapatoria. Ha salido del colegio nervioso, preguntando si ya por fin era martes, se ha dejado poner colonia, peinar, cambiar los zapatos. Y de la mano nos hemos ido. Tras un rato de saludos y conversación de madres-y-padres-del-colegio le he dejado con sus amigos correteando. A la hora y media vuelvo a buscarlo y lo encuentro completamente sudado, con manchas de ketchup por todo el cuerpo y en estado de hiperexcitación. La madre de la cumpleañera me dice extrañada que mi hijo casi ha vomitado cuando le han dado un vaso de coca cola. “La primera vez que lo veo, un niño que no le gusta, dice que no la ha bebido nunca”. “No, nunca”, respondo yo, sintiendo cómo una especie de orgullo estúpido e irracional me crece por dentro. “No le gusta”. Me toca arrastrarlo fuera del local. Y ahí empieza: ¿Verdad, mamá, que el buge kin es un sitio precioso? Verdad mamá, ¿a que tú no te imaginabas que iba a ser tan bonito? ¿Verdad que era mucho mejor de lo que tú pensabas? ¿Verdad que las buguesas están muy ricas y que se puede comer mas de una si tienes mucha hambre? Y continúa durante la cena, y durante el baño, y mientras le pongo el pijama, y mientras se duerme. ¿Verdad que era pero mucho más precioso? ¿verdad que te ha sorprendido lo bonito que era?, sigue preguntado con la voz ya pastosa por el sueño. Y cuando se está quedando dormido, cuando me agarro al periódico, pensando que ya por fin tendré un momento de paz, llega la pregunta que me estaba temiendo: ¿Mamá, y cuánto falta para mi cumple? ¿verdad que voy a poder celebrarlo en el buge kin?

lunes, 22 de septiembre de 2008

A por el tercero

Ahora estoy embarazada de mi tercer hijo. Quiero aclarar antes de nada que no nos sobra el dinero y mucho menos el espacio. En el apartamento en el que vivimos ya casi no cabemos los cuatro, así que con uno menos vamos a entrar ya en una situación de hacinamiento. Tampoco sé si en el coche podremos poner una sillita más; sinceramente todavía no he tenido el valor de mirarlo. Este tercer embarazo confirma definitivamente que me he demenciado. Yo lo atribuyo a las hormonas producidas por el embarazo y las sucesivas lactancias, una explosiva combinación de endorfinas, oxitocinas y otras –inas que atacan inexorablemente la capacidad de raciocinio femenina a la vez que potencian esa parte animal y mamífero que todas llevamos dentro. Y es que tener más de dos hijos va en contra de toda lógica y todo sentido común. Es una temeridad, una inconsciencia, y, según el día, también lo veo como un acto de rebeldía contra el determinismo de las estadísticas (1,37 hijos por española en edad fértil), contra las leyes de la física y la biología (tenemos dos manos y dos ojos, con tres hijos ya no puedes ni verlos ni agarrarlos a todos) y contra esta sociedad que nos lo ha puesto todo tan difícil.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Sin vuelta atrás

No sé en qué momento me di cuenta, después de tener a mi hijo mayor en 2002, de que por primera vez en mi vida había hecho algo que no tenía marcha atrás. Todo lo anterior (estudiar una cosa u otra, mudarme de ciudad, viajar, salir con uno, con otro e incluso casarme) era revocable. Podía dejar de hacerlo. Podía cambiar de trabajo, de casa, de país y hasta de marido. Pero ya no podía volverme atrás en lo de tener un hijo. Ser madre era la única cosa que no iba a dejar de ser ya en toda mi vida. Ahora que hago memoria, creo que a esta conclusión llegué una de las muchas, muchísimas noches que A.–que en sus primeros meses de vida podría haber batido el record mundial de lloro a pulmón libre en cualquier categoría- se pasó llorando, desencajado. Y mientras lo miraba, sin saber muy bien qué hacer para calmarlo, pues nada parecía consolarle, pensé con angustia que ya no lo podía devolver, que me lo tenía que quedar. Para siempre. Y me dieron ganas de meterme en su cuna, a su lado y ponerme a llorar yo también. Ese fue probablemente mi último momento de lucidez. A partir de entonces he ido experimentando una demencia progresiva, una pérdida de mis facultades mentales directamente proporcional al desarrollo de eso que se llama instinto maternal. ¿De qué otra forma puede sino explicarse que una mujer, educada desde la infancia para desarrollarse profesionalmente, en pleno control de sus facultades mentales, se lance gozosamente a esta carrera reproductiva?

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