miércoles, 2 de septiembre de 2015

Volviendo a la rutina a marchas forzadas

Ya estamos de vuelta a la vida real. Hemos estado varias semanas fuera, en el campo y en la playa, disfrutando como enanos, rompiendo rutinas, olvidándonos de las obligaciones cotidianas y de muchas de las normas que rigen nuestra vida durante el curso. Dejando atrás también la voz de sargento, qué gusto disfrutar de la maternidad de otra manera, sin tener que ejercer de manera castrense, que casi a veces se me olvida cómo era yo antes de dar órdenes. Lo hemos pasado maravilloso, los cachorros son ya más grandes y las vacaciones han recuperado esa improvisación y espontaneidad que habíamos perdido cuando eran bebés. Y no hay mayor placer que no saber qué te va a deparar un día de vacaciones, en ir improvisando en función del tiempo y las apetencias. En ir a la playa pensando que vas a para un par de horas y acabar quedandote todo el día porque hay unas olas fabulosas y comer todos en un chiringuito. Volvemos a ser personas!
Regresamos el pasado domingo, el 30 de agosto. La víspera de volver al curro y tan solo una semanita antes de la vuelta al cole. Y una vez más me juré que no voy a volver a apurar tanto las vacaciones. Debería estar prohibido volver de vacaciones el día antes de la vuelta al curro, deberían obligarnos a regresar unos días antes para tener algo así como 'un periodo de transición'. Unos días en los que deshacer maletas con calma, en los que poner lavadoras, eliminar la arena de playa de toda la casa, que se tardan varios días en quitar su rastro. Días para saborear con calma los recuerdos de las vacaciones, para descargar las fotos (ay, pobre ilusa, que por soñar no quede), para comentar los momentos más divertidos, para contárselo a los amigos, para ir recuperando progresivamente horarios y rutinas, para abastecer el frigorífico. Y una vez hecho todo eso, empezar a preparar con calma la mochila, los libros de texto, los estuches, la ropa de los niños, los zapatos.... Y volver al trabajo con las lavadoras ya puestas, con la ropa colgada, con el frigorífico lleno. Suena bonito, ¿verdad? Así, supongo yo, se podría enfrentar la vuelta al curro y al cole, la tan temida 'rentrée' con cierta serenidad, con todo preparado. Pero no, me temo que lo estamos haciendo a trompicones, a marchas forzadas, pasando de cero (esa deliciosa velocidad de crucero de vagancia e indolencia vacacional) a mil en un minuto. Y es que no me extraña que nos dé así eso que me llaman síndrome postvacacional, que es como un pasmo ante todo lo que tienes por delante. A mí me dio por adelantado, en los últimos días de vacaciones, en los que me despertaba en mitad de la noche con ataque de ansiedad pensando en todo lo que iba a tener que hacer cuando llegara a casa, con la cabeza como una centrifugadora pensando en las extraescolares, en los libros, en los zapatos... Así que ya os digo, el próximo año, aquí lo dejo por escrito, regresaré antes de las vacaciones, para poder afrontar la vuelta con calma y no dejarme la piel y la salud mental en el intento.

lunes, 17 de agosto de 2015

Loca por el yoga. Testimonio de una neoconversa.

Siempre había pensado que el yoga no era para mí. Lo había descartado, sin siquiera probarlo, porque  me parecía demasiado estático. Soy nerviosa, muy nerviosa, me muevo con rapidez y mi mente, por más que trate de frenarla, va a la velocidad de una centrifugadora. He practicado diferentes deportes y en ninguno de ellos lograba que mi mente estuviera al 100% centrada en lo que estaba haciendo. Haciendo largos en la piscina soy capaz de escribirme mentalmente varios artículos, y montando en bici tiendo a ir haciendo el planning de la semana.  El aerobic, a pesar de que exige concentración, me estresa porque no logro seguir los pasos. El step, que tan de moda se puso en su momento, me resultó imposible, casi me caigo de bruces un día por no saber coordinar los saltitos. Y qué deciros del spinning: me crea un estrés inconmensurable con los gritos del profesor, arriba y abajo del sillín. En una ocasión, buscando la manera de hacer ejercicio con cierta espiritualidad, llegué a practicar taichí, pero me aburrió soberanamente.
Al yoga llegué de pura chiripa, como supongo llegas a las cosas que pueden cambiarte la vida, por casualidad y sin haberlo planificado. Un día me llamaron del centro municipal que está cerca de mi casa. Al inicio del curso escolar me había apuntado a todo lo que tenían, que era poco, yoga y gimnasia de mantenimiento (programación pensada, deduzco, para la tercera edad del barrio). Como estaba todo lleno, me pusieron en lista de espera. Y cuando ya se me había olvidado, a los seis meses, me llamaron a decirme que había una plaza libre en yoga. No tuve  el valor de rechazarlo y allí fui sin ningún convencimiento, convencida de que no duraría más de una clase. Fue el 7 de mayo de 2012, no os digo más de la importancia que tuvo ese día, que hasta lo recuerdo.

Creo que no llevaba ni media hora de clase cuando me di cuenta de que había encontrado la disciplina adecuada para mí. Para realizar las posturas de yoga necesitas usar todos los músculos de tu cuerpo, pero también tu mente. Si no te concentras plenamente en lo que estás haciendo no lograrás mantener la postura. Esa conexión entre cuerpo y mente es lo que me ha enganchado del yoga. Mi coco, que por lo general está a varias horas por delante o a varios kilómetros de distancia de mi cuerpo, es obligado a focalizarse en el aquí y en el ahora.  No puede pensar en listas de compra, en artículos, en trabajo, en niños, en cumpleaños, en menús para las cenas. Y esa fusión de mente y cuerpo me ofrece una paz y una concentración que desconocía. Estar con una pata en alto y los brazos por encima de la cabeza, en la postura del árbol, me proporciona una serenidad que no había experimentado nunca antes. Supongo que en eso consiste el mindfulness que se ha puesto tan de moda últimamente: en ser plenamente consciente del momento presente, en no huir de dónde estamos, en dejar que la mente se concentre en lo que está haciendo el cuerpo.

Además tuve que reconocer que el yoga de estático no tiene nada, es un ejercicio fabuloso que tonifica y proporciona muchísima elasticidad. Soy consciente de que hablo como si hubiera sido captada por una secta. No os digo más que estoy soñando con irme a un retiro de yoga. Ya os contaré. 

lunes, 20 de julio de 2015

Cómo elegir el biquini perfecto

Con estos calores -me vais a disculpar pero con la ola de calor crónica que se ha instalado sobre nuestras vidas me he vuelto absolutamente monotemática, no logro salir de la conversación que tendría en un ascensor- solo se puede pensar en remojarse. Bien sea de manera doméstica en ducha o bañera, mediante aspersor, manguera, globo de agua o caceroladas  (todo vale cuando la temperatura se instala en los 40 grados) . O, preferiblemente, mediante inmersión completa en agua dulce o salada. Aquí entra en cuestión un tema peliagudo, el biquini o bañador. Yo soy del club del biquini, porque me cuesta encontrar bañador de una pieza que me valga bien de largo a la par que de ancho. El biquini, al tener parte de arriba y abajo, me resulta más fácil de encajar, sobre todo desde que, oh, albricias, gracias, grandes cadenas de la moda y el glamour, se puede comprar cada parte de una talla diferente (ni muerta revelaré cuál de cada, que una tiene su dignidad).
A lo que iba, que toca elegir biquini, porque los dos que tienes, uno incluso se remonta a la época lactante con lo que eso destroza la ropa, están con las gomas flojas y no hay nada peor que un biquini con las gomas flojas, porque además seguro que también se está empezando a desintegrar -que un biquini se desintegra todo al mismo tiempo, llega la fecha de la obsolescencia, programada o sin programar, y se desintegra todo él- y el día menos pensado sales del agua y te encuentras con el culo al aire. Entonces tú, muy decidida y determinada, te vas a la tienda, a una de esas cadenas que proliferan en todas nuestras ciudades y centros comerciales, y te encuentras con que hay como poco 500 biquinis diferentes, a cual más maravilloso. Y tú, que tienes exactamente cuatro minutos para efectuar la compra antes de recoger a uno de tus hijos, te dices, 'de aquí no salgo sin un biquini . Uno de estos me tiene que valer fijo'. Y ahí empieza la sesión de pruebas, coges como cuatro partes de abajo y unas cuatro de arriba, y te vale una de cada, pero no del mismo modelo. Te asomas por detrás de la cortina y, para no tener que vestirte, le pides a la dependienta, que te traiga un par de tallas más de una parte y dos menos de otra. Y sigues probando, hasta que por fin parece que te sirve y no te sale nada y te diriges a la caja a pagarlo, mirando nerviosamente el reloj. Pues bien, este es el momento clave, en el que siempre se falla, en el que cometes un error del que te puedes arrepentir TODO el verano. ¿Que cuál es? Pues que tú te pruebas el biquini en posición estática. Parada frente al espejo. Como mucho te giras de perfil, con suavidad, para ver cómo te queda el trasero. Es decir, no te echas a correr, ni levantas una pierna, ni te sientas y te levantas a la carrera, ni tratas de levantar peso, ni te tiras a bomba de ningún lado. En realidad, no deberías estar comprándote el biquini en una de esas tiendas tan llenas de biquinis ideales y tan sexis, destinados a ninfas virginales que se dedican a tomar el sol lánguidamente al borde de la piscina dando sorbitos a un cóctel mientras hojean revistas o incluso libros. Tú, como toda madre con hijos menores de edad deberías estar en una tienda de deporte, grande o pequeña, comprándote un biquini de competición, de esos tan poco sexys, tan carentes de sex appeal, pero que recogen absolutamente todas tus carnes y te permiten realizar cualquier esfuerzo físico que tu rol de 'madre vigilante al borde del agua' requiera. Solo así ataviada, de esta guisa,  podrás afrontar los desafios que el verano te puede deparar. Yo no lo hice, caí en la tentación de comprarme un biquini ideal, y de repente me encontré saltando con mi hija en la piscina con las tetas al aire, hasta que la niña se dio cuenta y me lo dijo, muerta de vergüenza. Ya os digo, ese biquini debería venir con etiqueta, no apto para madres. Advertidas están ustedes. 

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