martes 7 de julio de 2009

De paseo con los niños

Hoy me he levantado con ganas de retos y he quedado en ir con los tres niños a casa de una amiga que vive en el otro extremo de la ciudad. Ya desde por la mañana me he puesto a estudiar la manera de llegar hasta su casa. El metro no es una opción, porque es completamente inviable bajar sola cuatro tramos de escalera, y subir luego otros tantos al llegar. Eso sin contar los trasbordos. Por cada tramo de escalera mecánica que hay en el metro, como poco te toca otro sin ella. Eso si funcionan todas, porque con frecuencia hay alguna estropeada, sobre todo de bajada, y cualquiera se pone a bajar por las escaleras normales con la sillita del niño, que una vez lo intenté y casi me arrollan. Es cierto que alguna vez, sólo alguna vez, aparece un alma caritativa que te echa una mano y te ayuda a llevarla, pero sólo de vez en cuando, porque normalmente la gente se limita a mirarte mientras cargas con la silla y se deben de pensar que te estás entrenando para alguna disciplina olímpica, desplazamiento de peso con obstáculos o algo así. Así que no me queda más que el autobús. Ahora por lo menos se puede subir a un autobús con el niño montado en la silla, que hasta el año pasado la regulación vigente decía que tenías que plegar la silla y subir con el niño en brazos. Una vez que me dijo eso un conductor malhumorado le pregunté que si quería también que le hiciera el pino puente o le bailara algo. A mí me parece muy bien que se tenga una opinión muy alta de las madres, pero una cosa es eso y otra, pensar que están (estamos) dotadas para realizar tareas sobrehumanas, porque es físicamente imposible cerrar una sillita de paseo sosteniendo al niño en brazos. Reto a cualquiera a intentarlo. Menos aún si además llevas a otro de la mano. La razón que estaba detrás de esto era que es más seguro para el niño, y para los demás viajeros, que el pequeño vaya en brazos de la madre y el carro plegado. Claro, eso si la madre tuviera cuatro brazos, porque sino a ver cómo iba a evitar que la silla, plegada eso sí, saliera rodando por el pasillo al menor frenazo. Menos mal que ahora, gracias a la magnanimidad de la Empresa Municipal de Transportes (desde aquí le envío mi agradecimiento por su comprensión), ya podemos subir. Eso sí, siempre que no haya ya otra sillita dentro, que un niño por autobús es el máximo legal, y siempre que no vaya muy lleno porque sino la gente te mira como si estuvieras subiendo con un bidón cargado de residuos radioactivos o con una caja de gallinas. Así que si logras subir, ya tienes casi superada la mitad de la prueba. Porque aún queda otro pequeño obstáculo que superar: el descenso del autobús. A pesar de que muchos de los autobuses que circulan en Madrid están dotados de un mecanismo que les permite inclinarse lateralmente e incluso sacar una rampa para facilitar el descenso de las sillas de minusválidos (que para algo es una ciudad moderna, europea, sensible y con aspiraciones olímpicas), aún estoy por ver el momento en que un autobús se incline gentilmente o saque la rampa para hacerme bajar con mi descendencia. El día que un conductor lo haga juro, y aquí adquiero un compromiso por escrito, que le enviaré un chorizo ibérico de mi tierra. Y no sólo eso: por algún extraño mecanismo de la circulación urbana de autobuses, que alguna explicación tiene que haber, estos siempre se paran frente a la parada como a medio metro de la acera. No al lado, ni tampoco un poco más lejos. A medio metro. Es decir, a una distancia insalvable que no permite ni apoyar directamente la silla sobre la acera ni tampoco bajarla directamente a la carretera para después subirla, porque una vez lo hice y se me quedó literalmente encajada entre el autobús y el bordillo. Así que vez tras vez, me toca cargar la silla en brazos y saltar con ella, rezando para que los dos niños sean capaces de bajarse solos sin tropezarse. Lo dicho, que esto debería de ser una disciplina olímpica. A ver si en Madrid 2016 nos reconocen el mérito a las madres.

miércoles 1 de julio de 2009

Gugu Gaga

Hay un día mágico con cualquier bebé, de esos que marcan un antes y un después: es el momento en que dice su primer gugu o gagá, acontecimiento que ocurre normalmente en torno a los dos o tres meses de vida. Hasta entonces la criatura sólo se ha comunicado llorando (y mucho) pero de repente un buen día, sin previo aviso y como por azar, descubre otra forma de expresarse y en el momento en que le vas a cambiar de lado para darle el otro pecho, te mira fijamente a los ojos y suelta algo parecido a “Gueeee”. Y tú te quedas perpleja, esto te ha pillado totalmente por sorpresa, y le respondes atónita “Guegue”. Y ella .-o él-, como si te entendiera y estuviera explorando un nuevo lenguaje, repite: “Gueeeeee”, aunque esta vez suena más como “Gaaaa”. Y todo esto mirándote muy fijamente, y tú no tienes ninguna duda de que está tratando de decirte algo, naturalmente que te quiere decir algo. Y repites – con la lágrima en el ojo, de la emoción, sobre todo si además al mismo tiempo te regala una de sus primeras sonrisas- “Guegue” para que se sienta comprendida (mejor que este momento no ocurra en un lugar público). Y en ese instante tu hija, o tu hijo, pasa de ser meramente un lindo y diminuto animalito peludo (deliciosamente peludo, estaréis de acuerdo en que no hay nada más maravilloso y más tierno que besar que una frente minúscula recubierta de suave pelusilla, o rozar con la mejilla unos hombros con pelito mientras aspiras ese olor inigualable de los bebés) a convertirse en una personita, diminuta, pero personita, que está tratando, sin ninguna duda, de decirte algo. Y da igual que tengas más hijos que hayan dicho sus guegues y sus gagas hace varios años. Este momento es único e irrepetible. Y cuando estás inmersa en esa conversación, todo cobra sentido y todo se justifica, las noches en blanco, el agotamiento, las ojeras, el dolor de espalda... Todo merece la pena con tal de poder mantener esta charla con una personita diminuta y peluda.

domingo 21 de junio de 2009

Coro de llantos

Por fortuna no ocurre con mucha frecuencia, pero tampoco es inusual que lloren los tres al mismo tiempo y el escándalo que se monta entonces es tan atronador que la comunicación se vuelve completamente imposible; ya no es que no oiga lo que me dicen, o el teléfono, es que no oiría ni la sirena de los bomberos si vinieran a desalojar la casa. A veces pienso que no nos vendría mal al padre de las criaturas y a mí aprender unos rudimentos en lenguaje de signos para podernos decir lo básico: "¿Dónde está el chupete de la niña?" "Ponle el pañal a tal o a cual". o "¿Quién me mandaría a mí?”.
Ya digo que afortunadamente no ocurre a todas horas que coincidan en los lloros los tres angelitos, pero sí una vez al día, por lo general después de las ocho, en ese tramo horario que los padres tememos más que a la peste porcina. Y cuando pasa me quedo desarmada, no sé por dónde empezar, ni a quien calmar ni qué hacer, me quedo paralizada,y más de una vez, de los nervios me entra una incontrolable risa floja. Como el otro día cuando cogimos un taxi la familia numerosa al completo (aún nos cogen a los cinco porque la bebé va en brazos, imagino que cuando sea un poco mayor ya se negarán a meternos en un solo vehículo). Y nada más sentarnos (después de cinco minutos largos que se me hicieron eternos colocando niños y mochila y doblando el cochecito, que siempre se atasca y se niega a plegarse en los momentos más inconvenientes. Debo decir que nunca nunca he logrado plegarlo con la agilidad y gracia que lo hacía la chica de la tienda) se pusieron a llorar los tres. La niña con cólicos, hambre, calor, frio, o vete tú a saber por qué llora un bebé. El del medio, de edad y de de sitio, porque se quería poner en la ventanilla donde estaba el mayor. Y este, naturalmente porque no quería ceder su sitio ni muerto. Si la situación hubiera sido la contraria, habrían discutido igual, siempre quiere uno lo que tiene el otro, sea lo que sea, indistintamente. Yo iba en el asiento de delante y mi marido en el de atrás intentando, sin ningún éxito, calmar a la jauría. Y ante la impotencia de no poder hacer nada sin arriesgarnos a tener un accidente, pues me dio una risa floja tan inoportuna como incontrolable. Por un momento pensé que el taxista iba a parar al borde de la calle y desembarcarnos a todos diciéndome "Ni por todo el oro del mundo le termino yo esta carrera, señora". No lo hizo y desde aquí se lo agradezco, pero con ganas se quedó, de eso no hay duda. Menos mal que con la crisis no están los taxistas para rechazar clientes, pero en cuanto la cosa mejore un poco seguro que van a empezar a pisar el acelerador al ver a una tropa de niños similar parada en la acera esperando un taxi.

lunes 15 de junio de 2009

Apología del colecho

Tengo que confesar algo: he sucumbido al colecho. Y no, no es una práctica sexual novedosa (más quisiera yo) sino el hábito de dormir en la misma cama con el bebé, o el bebé en la misma cama que lo que queda de sus padres. Práctica denostada por unos como el inicio de la ‘malcrianza’ y elogiada por otros como la forma más natural de sobrevivir a la lactancia nocturna. Yo, la verdad, no tengo una opinión muy formada al respecto (en mi estado actual de enajenación mental, en realidad, no tengo opinión sobre casi nada, pero eso es otra historia), no sé si es bueno para la criatura, si la estaré malcriando para siempre, si eso marcará sus relaciones, o las nuestras, en el futuro; lo único que tengo claro es que es más cómodo. Con mis otros dos hijos me había resistido, y tras cada toma su padre y yo, por riguroso turno, llevábamos a cabo, resignados a pasar media noche en vela, como androides preprogramados todo el protocolo de sacarle el aire, cambiarle el pañal si había lugar, y proceder a dormirle, lo cual podía durar un buen rato porque con todo el ajetreo anterior la criatura estaba ya completamente despierta y encantada de estar de juerga a esas horas. Pero ahora, será porque estamos más agotados, más pasotas, menos ortodoxos y mucho menos primerizos, hemos decidido dejar a la niña en nuestra cama y reducir al mínimo imprescindible la actividad nocturna. A la menor de cambio colocamos a la niña en la cama y yo me la voy pasando, medio dormida, de un lado a otro para proceder al amamantamiento. Y tengo que reconocer que dormimos mejor. Sobre todo el padre.

jueves 4 de junio de 2009

De viaje con un bebé

Antes de nada quiero decir que estoy completamente a favor de las campañas de la Dirección General de Tráfico para mejorar la seguridad vial y de todos sus esfuerzos y desvelos para que todos y cada uno de nosotros lleguemos sanos y salvos a nuestro destino.
Las reglamentarias sillas de niño me parece un invento estupendo (es más, yo sugeriría que se aconsejara también su uso en el hogar, o el de cualquier otro artefacto similar que permitiera inmovilizar y neutralizar a las fieras durante un periodo razonable de tiempo) que sin duda salva vidas a diario. Y como tal las tengo de todos los tamaños. Pero dicho esto, de verdad, que hay momentos en que añoro aquella época en la que los niños iban sueltos (incluso pegando saltos) y los bebes en los amorosos brazos de sus madres, quienes hasta podían incluso sacarse la teta en marcha (siempre y cuando no estuvieran al volante, naturalmente) para calmar a la criatura. Porque de verdad que no hay nada más desesperante (y en esto todo el mundo coincidirá unánimemente conmigo) que ir en el coche con un bebé bien amarrado en su sillita berreando. Ya no te digo si estás en medio de un atasco y no puedes ni parar, ni bajarte del coche, ni hacer otra cosa que enchufarle el chupete o un biberón de manzanilla, o de leche, si es el caso, pero que con toda probabilidad no logrará tomar del cuajo que se tiene y en ese momento lo único que funciona es enchufarle la teta, pero claro, como no te pongas un alargador de esos de las centrales lecheras, no hay manera de hacerlo. Una amiga me contó que, sentada en un asiento de atrás, era capaz de darle el pecho a su bebé sin sacarlo de su sillita reglamentaria. Me parece toda una proeza. Voy a buscar un curso de contorsionismo circense para ver si yo también lo logro.

miércoles 27 de mayo de 2009

Agujeros mentales

Me pasó ya cuando nacieron los otros dos niños: empecé a tener agujeros en el cerebro, que progresivamente se fueron convirtiendo en socavones. Todo empieza un día cuando no recuerdas una palabra, la tienes en la punta de la lengua pero no logras decirla, se te ha ido, y cada vez van siendo más las que se te escapan de la cabeza. Y no hablo de términos complicadísimos, porque tampoco se puede decir que entable yo ahora conversaciones de gran calado intelectual, sino palabras cotidianas que desaparecen como por arte de magia. Y así vas viendo como tu conversación se empobrece y se reduce, y supongo que eso es sólo un síntoma, el más obvio, de tu deterioro mental y de la reducción progresiva e inexorable de tu coeficiente intelectual. Ese empobrecimiento del vocabulario va unido naturalmente al de los temas de conversación, que nadie me pregunte mi opinión sobre el nuevo gobierno vasco, o las medidas necesarias para atajar la crisis, o sobre el uso de energías renovables porque corro el riesgo de sufrir un cortocircuito neuronal.
A esto se unen unos lapsos de memoria descomunales, hasta el punto de que se me llega a olvidar si acabo de darle el pecho o no a la niña.
Aprovecho ya mismo para pedir disculpas y pedir comprensión y paciencia si alguien se ha dado ya cuenta leyendo este blog de que me patinan las neuronas (la neurona, en el mejor de los casos) al ver que confundo unas palabras con otras o que repito incongruencias. Con mi segundo hijo llegué incluso a preocuparme por nivel de “entontamiento”, porque llegué incluso a tener problemas para expresarme, que se agudizaban sospechosamente al final del día, cuando ya me costaba hasta expresarme con claridad. Y es que el pequeño –ahora mediano- nos tuvo más de dos años sin dormir una noche de un tirón, en realidad empezó a dormir la noche entera un mes antes de que naciera su hermana, con lo cual casi ni hemos notado el cambio con la llegada de un bebé. Estábamos ya programados para dormir en tandas de dos o tres horas. Pero claro, ¿a qué precio?
He contado muchas veces, no me canso de repetirlo, es más me aferro a sus palabras como a un clavo ardiendo porque no hay mucho más escrito sobre el tema, que Margaret Atwood ha contado que cuando nació su hija temió haberse quedado sin cerebro, pero que lo recuperó al cabo de tres años. Eso quiere decir que yo no lo había recuperado todavía después del nacimiento de mi segundo hijo, y ahora ese deterioro se va a agudizar aún más. Oh Dios Mio, quién sabe si no me quedarán secuelas de esto….

miércoles 20 de mayo de 2009

El pacificador

Al final no ha hecho falta que le metiera yo el chupete de su hermana pequeña (y confieso que tentada he estado de hacerlo más de una vez durante las noches que ha estado llorando desesperando extrañando este artefacto que no por nada en inglés se llama "pacificador"). Se lo ha puesto él solito. El otro día me sorprendió que estuviera tan callado, fui a ver qué estaba tramando y ahí estaba sentando muy satisfecho con el chupete de su hermana bien encajado. "Quiero ormir con tete", me dijo. "Muy bien", le respondí yo, casi aliviada de que hubiera tomado él la iniciativa porque así no me siento yo culpable de haber instigado esta regresión. Y es que de verdad no me siento capaz de tener tantos frentes abiertos. Además, ya dejará el chupete cuando se eche novia.

miércoles 13 de mayo de 2009

Chupeteadicción

Lo bueno de tener varios hijos es que puedes empezar a establecer patrones de comportamiento: los flacos y morenos, como el mayor, me salen llorones, mientras que los gorditos y rubios, como el segundo, son más tranquilos. En mi caso se repite esta secuencia: flaco y moreno llorón-rubiogordotranquilo-flacamorenallorona. Una pena que justo el repetido sea el llorón… Y es que mucho me temo que la niña, con su mes y una semana, ya no es la que era en las primeras semanas; su verdadera personalidad se ha descubierto, clavadita a la de su hermano mayor, y llora como si estuviera entrenando para un campeonato. Las primeras semanas, cuando aún me tenía engañada pensando que era buena y tranquila me resistí a ponerle chupete porque ese artefacto es un arma de doble filo: les calma momentáneamente pero luego se enrrabietan cuando en medio de la noche se les sale de la boca. Así que pensaba que iba a poder prescindir de él, hasta ayer, cuando, después de dos horas llorando, en la que ni comer, ni salir a la calle, ni bailar en brazos, logró calmarla, entré en una farmacia a comprarlo. Y de verdad que me sentí como si estuviera capitulando.
Para aliviar mi sentimiento de culpa por la dependencia del chupete convencí a su hermano mediano, aún chupeteadicto, para que tirara su chupete a la basura en un acto de renuncia voluntario, eso sí, a cambio de dejarle una raqueta de tenis de niño supermayor. Así que la noche ha sido movida, por un lado la niña lloraba porque se le caía su chupete nuevo, y por otro, el gordo lloraba porque echaba de menos el suyo viejo… no sé si no he cometido una doble equivocación. A punto he estado de meterle al enano el chupete de su hermana…

miércoles 6 de mayo de 2009

Control de la natalidad

“Ahora ya os cortareis la coleta, ¿no?” “Os plantareis aquí, ¿verdad?”. “Ahora ya a frenarse”. “Os quedareis con tres”. “No se os ocurrirá ir a por más”, “Con la niña cerrareis el grifo”. “El cuarto ni soñarlo, verdad’”. “Ahora a poner medios”. Todos estos comentarios he tenido que escuchar en las últimas semanas. La gente te lo suelta a bocajarro, prácticamente después de darte la enhorabuena, con esa sutileza tan pero tan nuestra. Y no sólo personas con la que tienes confianza, sino también muchas con las que has hablado dos veces en tu vida, como la vecina de tus padres.
Y digo yo, ¿a qué viene toda esta preocupación por el control de mi fertilidad? ¿Por qué esta presión anticonceptiva? Yo tengo bien claro, clarísimo, que no voy a tener más hijos, pero si quisiera y hubiera decidido continuar trayendo criaturas al mundo, ¿¿a quién le importa???
Esta intromisión en mi vida reproductiva me desconcierta enormemente: parece como si la gente creyera que, ahora que me he sacado la criatura de la panza, la primera cosa que voy a hacer es correr a asaltar a mi marido. Entre toma y toma, a las tres de la mañana, por ejemplo. De verdad, que no sé si soy la única en pensar así, puede que yo tenga un problema y el resto del mundo experimente un aumento de la líbido en el posparto, pero a mí humilde y personalmente el sexo tras el parto –sobre todo tras un parto, no sé si me explico, quizás con la cesárea, que no afecta a esa zona, la situación es diferente- me parece algo de ciencia ficción. Es más, cuando oigo casos de mujeres que se quedan embarazadas poco después de dar a luz, es de las únicas veces en que pienso en la posibilidad de que exista verdaderamente el Espíritu Santo.

lunes 27 de abril de 2009

Los hermanos de 'la tita'

Contra todo pronóstico, los dos muchachotes de la casa, que hasta el mismo día del parto no querían ni oír hablar de la inminente ampliación de la familia, han acogido con verdadero entusiasmo a su hermanita. Casi diría yo que hasta con demasiado, sobre todo el pequeño, al que para evitar que se sintiera destronado y sufriera celos durante los días que estuvimos en el hospital le convencieron tías y abuelos de que la hermanita era sólo suya, exclusivamente suya.
La estrategia funcionó: el tío está como loco con su 'tita' (como la llama con su lengua de trapo, la palabra hermanita es todo un trabalenguas para él) pero el método –advierto por si alguien tiene la tentación de copiárnoslo- tiene efectos colaterales: a su hermano mayor no le deja que se acerque a la niña, es más, le empuja y, en su exceso de celo, hasta le da patadas para evitar que se ponga cerca de ella.
Su grito de guerra es: 'la tita e mia!', y la defiende cual guardia pretoriana. Y por el momento, por más que hemos tratado de razonar, explicarle y hasta tratar de comprarle con chocolate, no hemos podido convencerle de lo contrario. Y como también le hemos explicado muy bien que con la niña hay que ser muy cuidadosos y que sólo se le pueden dar besitos y caricias, ahora cada vez que quiere conseguir algo alardea de sus nuevos méritos: 'No pego a la tita, sólo beso'. Y cualquiera se lo rebate...
Así que, para evitar que el mayor se sienta marginado, me encierro con él y la niña, sin guardaespaldas, en otra habitación para que me ayude a cambiarla, porque él también está entusiasmado con la hermanita, a pesar de que antes no le hacía ninguna ilusión su llegada ("mejor que no fuera niña, mamá, porque va a tocar comprarle todo nuevo, la ropa y los juguetes, y va a costar mucho", me soltó cuando le dije que iba a ser una nena, este discurso de la crisis está calando hasta en los peques, bien está frenar el consumismo, pero esta preocupación por el gasto me parece ya excesiva).
Así que, por el momento, hemos superado la primera prueba con los hermanos. Eso sí, habrá que ver qué pasa el primer día que nos montemos todos en el coche, porque la niña va a tener que ir encajonada en el asiento del medio (único lugar en el que cabe en nuestro coche, que no está pensado para una familia numerosa), a merced de sus dos hermanos. Nos vendría bien una mampara protectora, algo así como una capota de lluvia blindada, ¿alguien sabe si se comercializa algo parecido?