miércoles, 10 de junio de 2015

Instrucciones para sobrevivir al fin del curso escolar

El mes de junio es algo así como el ultramaratón de la maternidad, una prueba de fondo donde se pone a prueba la resistencia. Es algo para que lo que llevamos ensayando todo el año, pero siempre te pilla desprevenido y desfondado.
Si tienes un hijo quizás puedas afrontarlo, con mayor o menor deportividad, haciendo malabares con el trabajo para lograr ir a todas las funciones, entregas de diplomas, y demostración de todo tipo de habilidades, individuales y colectivas, que hará tu retoño. Si eres medianamente apañada y pelín insomne no tendrás muchas problemas para prepararle los diferentes atuendos, meriendas y contribuciones a regalos. Si tienes dos hijos, la cosa se empieza a poner emocionante y exige ya cierto nivel de logística, forma física, para llegar a tiempo de un sitio a otro, flexibilidad horaria en el curro, o cierta comprensión por parte de tu jefatura. Tendrás ya que robar horas al sueño para preparar las indumentarias y deberás hacer acopio de alimentación susceptible de ser llevada a fiesta infantil, por si las moscas. Y si tienes tres, o más. Ay, pobre de ti, si tienes tres o más. Deberás tener una forma física digna de las Olimpiadas. Y un equilibrio mental digno de Ghandi. Más te vale haber empezado a practicar, meses antes, técnicas para controlar el estrés y poner a raya la ansiedad. Tendrás que hacerte una hoja excel y rezar para que no te coincidan, o quizás, para que sí te coincidan porque así tendrás una excusa razonable para no ir a todas. Deberás pedirte días libres de vacaciones, o arriesgarte a perder el empleo. Tendrás que robar horas al sueño, o directamente no dormir, para tener a punto cada día el traje necesario, que siempre hay que añadir una fruslería en el último minuto, un borde de pasamanería a un sombrero, unas puntillas a un cuello, un dibujo a una camiseta. Tendrás que hacer una compra de refrescos y patatas fritas como para dar una fiesta para 500 niños. Y sobrevivirás. Y todo saldrá bien. Y tú disfrutarás sentada en primera fila (o en la última porque habrás llegado tarde). Aquí os doy unos consejitos para triunfar en el intento:
- vayan con la cara lavada. O, como mucho, con maquillaje waterproof, es decir a prueba de lágrimas. Porque cuánto se llora, madre del amor hermoso, en las actuaciones escolares. Yo veo un hijo mio cantando, o moviendo la boca haciendo playback, y ya me sorbo los mocos llorando, que no lo puedo evitar. Y si ya se les ocurre, como ha sido hoy el caso, ponerme fotos de cuando entraron en el colegio y de cómo han ido creciendo, ahí ya corro el riesgo de deshidratación severa.
- llévense kleenex, siempre. para limpiarse con elegancia, que una cosa no quita lo otro.
- dedíquese la noche antes de cada evento, o sea una noche sí y otra no, a vaciar el móvil para tener espacio para hacer fotos nuevas. y videos. y de todo.
- haga una lista bien grande y cuélguela en un lugar visible del evento de cada día y la ropa necesaria. Si le ha sido concedida la gracia divina de ser una mujer organizada y previsora, aprovechelo y al inicio de cada semana tenga ya limpios y planchados todos los atuendos. Se evitará noches en vela.
- tenga bien presente qué día exacto tiene actuación cada hijo, para ir, si puede. Pero también, en caso de no poder ir, para preguntarle qué tal le ha ido esa misma tarde, no a los tres días.
- disfrute. a pesar de todo, disfrute, que esto de la infancia es un suspiro y se pasa volando. 

martes, 9 de junio de 2015

¡Acabo de dar a luz!

Queridos míos, acabo de dar a luz. No, no se trata de mi cuarto hijo (virgencita, virgencita, que me quede como estoy), sino de mi tercer libro. Acaba de salir de imprenta y estoy que lo tengo que contar al mundo. Me he lanzado a la ficción. Con una amiga. También madre de familia numerosa. No sé si es más que una coincidencia. Probablemente las madres de familia numerosa estamos tratando de huir, en nuestro caso a través de la ficción, otras corren maratones, puede que haya un tema de estudio ahí, señores estudiosos de la psicología femenina.
Es la primera incursión que hago en la ficción. También la primera vez que escribo algo a cuatro manos. No la primera vez que hago algo a medias, eso muchas veces, por no decir casi siempre. A medias todo. Y corriendo. La hemos escrito de madrugada. A medianoche. En esas horas robadas al sueño que a las madres nos cunden tanto. Se llama 'Quién es Patricia Luna'. Queríamos hablar de una mujer de hoy, madre, naturalmente, como ya sabéis la maternidad es mi grandísima fuente de inspiración ( ¡gracias, cachorros! ¡qué sería de mí sin vosotros!). Es una ilustradora. De vida caótica. Que llega malamente a fin de mes. Con dos hijos, cada uno de una pareja.  Y actualmente sin ingresos fijos, ni en su cuenta corriente, ni en su cama (como cuenta ella misma en su blog la chica con lapizque llevamos unos meses escribiendo de incógnito) Hasta que le encargan ilustrar el que va a ser el próximo bestseller erótico. Encerrada cinco semanas en una nave industrial con el resto del equipo. Y ahí ocurrirán muchas cosas que cambiarán su vida.
Sale a la venta la próxima semana. En su librería más cercana. Espero que os guste. Que os riáis con él, que os identifiquéis con Patricia. Y por favor hacednos llegar vuestros comentarios, aquí o en el blog de Patricia (Luna)


domingo, 7 de junio de 2015

La difícil tarea de no convertirse en un padre helicóptero

Nuestra misión fundamental como padres es ir criando personitas que poco a poco se irán enfrentando, cada vez más, por si solas a la vida. Hay una frase que me gusta mucho, que no sé dónde leí , que resume bien esta díficil misión que tenemos los padres:  "darles alas para volar solos y unas raices para volver". Por mucho que nos empeñemos en protegerles, tenemos que darles las herramientas para que peleen solos, y advertirles de que, ahí afuera, en el mundo exterior, puede hacer frio y los golpes te pueden venir de donde menos te lo esperan. A nosotros, los padres, nos gustaría abrigarles bien para que no sintieran esos frios y, estoy segura, que también preferiríamos ir parando nosotros los golpes, aún a costa de llevárnoslo nosotros, para librarles a ellos. Pero flaco favor les estaríamos haciendo. Nos estaríamos convirtiendo en unos padres helicópteros, que sobrevuelan continuamente la vida de sus hijos, o apisonadoras, que les van despejando el camino que tienen por delante, o guardaespaldas, que les protegen de todo, como se contaba muy bien en este artículo de El Mundo. Pero todas estas actitudes acaban siendo perjudiciales para nuestros hijos. Lo ha explicado muy bien la psicóloga Silvia Álava, autora del libro Queremos hijos felices: "Los niños con padres sobreprotectores desarrollan menos competencias emocionales y a la larga son más inseguros"

Mientras son pequeños, podemos tenerlos protegidos en casa, van con nosotros a todas partes, y viven en un mundo, por llamarlo de alguna manera, bastante acolchado. Pero a medida que se van haciendo mayores, pongamos a partir de los 11 o 12 años, cuando ya deben empezar a ir solos a algún sitio y lidiar sus propias batallas en el colegio, en el equipo en el que juegan, con sus amigos, con sus compañeros de clase... pues ahí empieza el sufrimiento para los padres. Sufrimos porque vemos que ellos sufren, porque se enfrentan a situaciones injustas, porque el mundo NO es justo. Y un profesor le tendrá manía, y un amigo se enfadará con él, o se peleará con los compañeros, o se quedará fuera de su equipo de baloncesto, o no tendrá las notas que esperaba en el colegio, o alguien le hablará mal por la calle, o... tantas cosas mucho peores que pueden ocurrir.
Y habrá momentos en que estaremos tentados de coger el teléfono y hacer alguna llamada para solucionar algo, o decirle algo al entrenador, o hablar con los profesores, o con sus amigos.... Y quizás tendremos que pensarlo dos veces. Y considerar si estamos a punto de convertirnos en un helicóptero. Tendremos que frenarnos y meditar si debemos entrometernos o sería mejor que dejáramos que nuestro hijo se enfrente por si solo, aunque sufra y le cueste, a tal problema, porque es la única manera de que aprenda a gestionar el mundo exterior, a mesurar sus fuerzas, a encauzar sus emociones. Y en momentos así, pues no me queda otra que contenerme. Y, a cambio, mientras me muerdo las uñas, escribirles a ustedes este post. Gracias por escucharme. ¿Cómo gestionais vosotros este dilema?


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